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Fiestas

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OPINIóN IR

04/11/2020 A A
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Fiestas
No pienses en un elefante. Y la cabeza, como un salón decorado por Banksy, se te llena con un elefante incongruente. Prohibidas las fiestas. Decretan las Autoridades. Y todos tus anhelos son esa fiesta que no celebrarás, fiesta a la que, de no estar prohibida, seguramente no hubieras celebrado. La fiesta es consecuencia directa de la condición humana y de la relación que establecemos con el entorno, con el mundo. Dos han sido los motivos inspiradores de las fiestas en su origen y durante milenios: agradecer y propiciar. Se derramaba vino, se ofrendaban cien bueyes, se danzaba con giros hasta la extenuación para agradecer el trato favorable de los dioses en la batalla contra los enemigos, el triunfo de la vida en primavera. Se propiciaba la futura cosecha, los frutos generosos, quizás regando con la sangre de un extranjero incauto los campos apenas sembrados.

Sin manual de antropología que me cubra las espaldas, agradecer y propiciar me sugieren la sensación de precariedad, de dependencia de otro, incluso de fragilidad. Y es precisamente este temor ante lo incierto, esta insignificancia frente a los elementos lo que yo veo en el origen de las fiestas. Fiestas que fueron expresión de la comunidad, nunca del individuo, pues era la comunidad la que agradecía la protección y para la comunidad se buscaba propiciar un porvenir benévolo.

A lo largo de la Historia ha habido momentos en los que este desvalimiento de los seres humanos se ha hecho más patente, terriblemente más intenso, cuando las pestes asolaban y diezmaban, por ejemplo, o cuando el fin de los tiempos era pronto a cumplirse. Sucede entonces que las fiestas son más que nunca exceso y desenfreno. Cuando se toma conciencia del desastre y no se ve salida, cuando no se puede soportar ni un minuto más el miedo, entonces sale de muy dentro del hombre ese grito que es revancha y epitafio: ¡Qué nos quiten lo bailao! Y se pone patas arriba el orden social, las jerarquías.

Hemos ido perdiendo este sentido primigenio de las fiestas. Nos sentimos seguros y creemos que nada tenemos que agradecer. Lo tenemos todo y no sentimos la necesidad de propiciar. Hemos olvidado el espíritu comunitario y festeja cada uno por su cuenta. No quiero pensar que hemos dejado de merecer las fiestas, que eran deber más que derecho.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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