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EL BIERZO IR

Fe. | CASIMIRO MARTÍNFERRE Ampliar imagen Fe. | CASIMIRO MARTÍNFERRE
Casimiro Martínferre | 05/04/2015 A A
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Territorio. Capítulo 27 «Seguí errando en busca de un nombre, de una historia. Las calles, desiertas. Resuena Bunbury en la cabeza»
Cada vez que veo la fotografía, y puede transcurrir una década sin que ocurra, rememoro las colosales sombras de las montañas subiendo hasta ahogar el paisaje, mientras de esa inmensidad surge victoriosa una pequeña mujer. Veinticinco años después de tomar «Fe», noto como si quedara algo por resolver. Ignoro todo sobre aquella romera, anónima heroína. Es lo malo de las fotografías y el paso del tiempo, suelen traer recuerdos irreversibles.

Llegué a Tremor para entrevistarla, o al menos obtener una biografía de segunda mano. Cuando la conocí ya juntaba bastantes tacos, lo más probable sería que ya no existiera. En este pueblecito hubo gran actividad, gracias a la minería del carbón. La mejor medida del auge la establecieron sus 22 bares. Hoy sólo queda uno. Tras mucho callejear, por fin tropecé una informante, estilosa rubia cargada de joyas, de profesión prejubilada, o sea esposa de prejubilado. Nada le dijo el aspecto de la retratada.

Decepcionado, seguí errando en busca de un nombre, de una historia. Las calles, desiertas. Resuena Bunbury en la cabeza, Las calles desiertas del olvido. En un banco de Plaza la Libertad, varias marujas despatarradas como lagartijas, al solecito de un junio boreal. El retrato les sonaba a chino, «Pregúntele a esas dos hermanas que vienen por ahí, tienen bastantes más años que nosotras».
Las viejitas, de andares salerosos, regresaban del huerto. Enfundadas en mandil y pañoleta, una portaba la azada, otra el hacha, componiendo la viva estampa de un cartel de propaganda soviética, muy a propósito en un ayuntamiento comunista.

A la pregunta de si conocerían a la individua, respondieron probándose las diferentes gafas de las marujas. Hocicaron el papel con interés, bebieron ansiosas los vientos de plata. Una de ellas sentenció, con adorable voz de pito «Sagrario, vas a ser tú, rapaza, vas a ser tú». «Sí Antonia, eso parece, y la chaqueta que entonces llevaba es la misma que te regalé y en este momento llevas». Efectivamente, después de un cuarto de siglo, aquella nariz aguileña me refrescó la retentiva. El reencuentro fue festejado, por mi parte con un baile profano, por la otra entonando una canción en gratitud a los manes propiciatorios, «Virgencita de la Casa, flor de las montañas altas. Virgen de Peñafurada, bajaste del alto cielo, y para mayor consuelo fijaste aquí tu morada».

Doña Sagrario conserva memoria prodigiosa. Ilustra secuencias perdidas bajo tres dedos de polvo. Describe cómo disparé la cámara, tumbado a ras de suelo. Aventura si todavía resido en el barrio de la estación y si aún incurro en faltar a misa. Da pelos y señales: «Y yo, cuando pasé de la Madera, vi a un fulano terrible junto a la ermita de la Casa y dije: ahora qué hago, Virgencita por dónde escapo. Porque en el fondo soy muy miedosa. Desde niña fui pastora de cabras allá en la Campa el Aguilar, y una ocasión me encontré con cuatro lobos, y otras muchas con los maquis, y en la Devesona pasaba a menudo entre las tumbas de las Trampas, aunque nada de eso me asustó tanto como aquel criminal de luto. Pero mira qué curioso: al irme acercando, el tipo siniestro fue convirtiéndose en mozo rubio».

Desgrana al punto nuestra conversación de entonces.
-Dígame, señora, si no es impertinencia, ¿cómo se atreve sin compañía por semejante despoblado?
-He venido a rezar. Le tengo mucha fe a la Virgen. Y te advierto que no estoy sola por si pretendes algún entuerto: ella me ampara. ¿Rapaz, qué andas maquinando tan a hurtadillas? ¿Serás tú quien sopla el cepillo?
-Busco osos, águilas reales, y pinturas rupestres. ¿Sabe algo de una osa que mataron cobardemente los escopeteros aquí hace poco?
- Debe tratarse de una infamia, en el pueblo sólo hay gente gallarda…
-Explíquemelo bien, ¿para musitar simples letanías, apechuga tal caminata? (El mozo -que no era tal aunque lo pareciese, sino realmente la primera impresión diabólica de la cristiana-, aún no comprendía o no toleraba el desvalimiento en cuestiones espirituales, la zozobra de la persona frente al incomprensible abuso de un dios sanguinario).

«Al final, aquel diablo de mala sombra que en la distancia daba tanto miedo pero de cerca tenía cabellos de ángel y aún alas, acompañó de vuelta a esta pobre devota para protegerla de los percances, la dejó salva en casa. La Virgen de Peñafurada es muy milagrosa».

Tremor de Arriba, mayo de 1987
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