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Fidel Casas: una vida dedicada a los cofrades y al sonido del órgano

Fidel Casas: una vida dedicada a los cofrades y al sonido del órgano

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Julio Cayón | 14/07/2021 A A
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Fidel Casas: una vida dedicada a los cofrades y al sonido del órgano
Obituario Fallece el que fuera abad de la cofradía de Minerva y Vera Cruz y organista de la iglesia de San Martín
Eran las primeras horas del lunes 12 de julio. Y la noticia caía como una bomba en los ambientes cofrades. Y hasta en la calle misma, entre los leoneses, se escuchó como si se tratase de un eco desbordado. Como si se alargara el retumbo de una explosión incontrolada. Nadie quería dar crédito. Ni siquiera los suyos, por sangre y por lazos. Parecía imposible. Absurdo. Pero era verdad. La detestable y trágica verdad de cuando alguien, joven y vital, da el último paso de su vida. Y él lo había dado casi a escondidas. Moría Fidel, el hombre pacífico y el papón reposado, que había hecho del barrio de San Martín su segunda casa. Y su segunda piel. Y de la iglesia parroquial y de su coro, ambrosía y pentagrama honrando a la eucaristía, que para eso había sido abad de la cofradía de Minerva y Vera Cruz, enaltecida con el acrecentado de sacramental y real.

Y no sería justo dejar de invocar, a estas horas de su eclipse cósmico, cuando lo intangible y lo espacial abriga para los restos su cuerpo y su espíritu, que Fidel jamás supo lo que era un doblez y para qué demonios servía. Al contrario. Le habían nacido liso, como el horizonte de una paramera, y delicado y humilde, como una cascada mansa acariciando la desgastada piedra. Por eso, por esas condiciones virtuosas, que le adornaban como un haz de luz -mitad ordenadas y mitad legas- siempre ponía el alma por delante en cuanto hacía.

Y en su caso, al posar los dedos sobre las negras y las blancas del órgano de San Martín –su confesada e irrenunciable pasión- se sabía enérgico y perfeccionista. Y, a la vez, enfervorizado y sutil, si las notas le hablaban de tú a tú. Para entonces ejecutaba -con pulso cierto y esmerado- la partitura que tenía antes sus ojos. Que, a veces, tampoco le era necesario. Leía la música en la cabeza –la tenía en la cabeza-, cual memorística permanente y fotográfica. Era su forma de vida. Y su alivio y sensibilidad. A media mañana se refugiaba en el templo de la calle de la Plegaria, junto a la Plaza Mayor, para fundirse y refundirse con la composición que interpretaba deleitoso. Ensimismado. Para hacerla suya. Previo a ello, de dos zancadas –quizá tres o tal vez cuatro- había rendido las pindias escaleras de la balconada coral de la iglesia, y, frente al altar, licuado con la altura desde donde el templo cabe en la retina, el armonio cobraba vida con sus manos, en perfecta alianza. Como en la Biblia. Y, así, un día tras otro. Sin titubeos. Para dar cumplimiento a su permanente compromiso y a su indestructible seña de identidad.

Fidel era el paradigma –hasta cierto punto desconcertante por escaso, en este valle de lágrimas, que reza la Salve virginal- de esas personas tocadas por el dedo de Dios –que para eso era, además, creyente catequético y católico convencido-, a las que quiere todo el mundo. Y admira. Sin ambages. Sin rozaduras ni retorcimientos. Sin enmienda alguna. Y eso que él -alma cándida donde las hubiera y que jamás alardeara de cosa alguna- no era consciente de su campechanía primaveral y acorazada, de su bondad tan infinita como innata, de su generosidad indeleble… de tender la mano, abierta y alargada, para quien la necesitara. Nunca decepcionó a nadie durante su provechosa e indulgente andadura. Lo llevaba bordado en su interior. En el alma. En su corazón de hombre bienaventurado. La sexta evangélica, “bienaventurados los limpios de corazón…” le identificaba de pleno. Y le acompañaba en cada hora del día.

Su faceta de papón se había cumplido con creces en febrero de 2014, al coger la tutela abacial de Minerva, la vara de mando de la penitencial y sacramental de la capa blanca y el capirote morado. Antes, había servido como seise de la Virgen de la Piedad, santo y seña de la cofradía; y antes, como bracero. Y antes como hermano de cruz y filas. Y siempre, cofrade de Minerva con su emblema por bandera: el cáliz de la vida, que iguala a los hermanos –en el genérico se suma el femenino- cada atardecida de Viernes Santo. Y cada jornada del año.

Se ha muerto Fidel. Y la triste explosión de su óbito, en ocres y amarillos fulminantes, se oyó en toda la ciudad. Como si no fuera a quedar piedra sobre piedra. Y fue tal y de tal magnitud porque, efectivamente, Fidel era un bomba santa en sí mismo. Una bomba de amor, como persona y como cofrade. Como era Fidel y tan difícil es serlo. Y, a veces, entenderlo.
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