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¡Existe! La maldad existe

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15/11/2017 A A
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¡Existe! La maldad existe
Historia y presente están afónicos de afirmarlo: la maldad existe. Existe y no es una enfermedad mental. Existe y no sólo está en los otros, sino en cada uno de nosotros; nos habita y la podemos ejercer contra los demás y hacia nosotros mismos.

Con la edad, vengo constatando cómo teorías, acertadas o no, nos sobran para todo y cómo muchas nos las sabemos, digamos, de carrerilla; así como que lo que normalmente nos sorprende es la falta de práctica –¡Ay, lejana juventud! ¡Ay, viejo problema de la teoría y praxis!– de aquellas que tenemos por más ajustadas a nuestro mejor querer ser. Y ser, somos, afirmo una vez más, nuestros actos. Lo demás… teorías.

Recuerdo la existencia de la maldad porque estoy harto de que se recurra –tanto en medios de comunicación como en conversaciones privadas– a la presunta «locura», transitoria o no, para la simple explicación de actos cuya comisión no obedece más que a la maldad de su ejecutor. Acaso sea miedo a reconocerla consustancial, por fortuna, junto a la bondad –¡Ah, apasionante libertad individual!–. Pero así, se sigue injustamente atribuyendo una mayor peligrosidad a los enfermos mentales, extremo falso y también vejatorio para todas esas personas con historial médico psiquiátrico e incluso psicológico.

La sinrazón de los terroristas no fue ni es consecuencia de una posible condición psicopatológica, no. Fue y es maldad calculada a fin de producir el mayor daño a quien se tenga por enemigo. Quien descerraja cinco tiros a su expareja ante su hijo no tiene que sufrir enfermedad mental alguna, tan sólo en su escala de valores no reconoce la dignidad del otro y ejerce su creída superioridad, calculadamente y con maldad. Quien corrompe y se corrompe, quien mete la mano en la caja ajena, pública o privada, no sufre de cleptomanía, no; ante la posibilidad de robar, opta por saltarse toda ley, moral y ética y lo hace.

Cierto, nos habita, por origen, cierto primitivismo, pero nos hizo seres humanos el raciocinio, el uso de la razón para conocer, juzgar y decidir nuestros actos. Así, sin duda, deberíamos educar y educarnos mejor en el reconocimiento del otro como igual, en la práctica del no. Interiorizar que un no, es un no. Nos lo digan o nos lo digamos. Y en la reflexión de nuestros actos. Porque si la maldad existe, también existen la conciencia, la ley, la moral, la ética y, sobre todo, la libertad individual, el libre albedrío, de decidir nuestros actos. Es más, ¿no será ceder a la maldad no ser lo mejor que podamos cada día?
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