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Evaristo García, el niño que no podía subir en el ascensor porque olía a pescado

Evaristo García, el niño que no podía subir en el ascensor porque olía a pescado

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Fulgencio Fernández | 01/03/2020 A A
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Evaristo García, el niño que no podía subir en el ascensor porque olía a pescado
Los inolvidables Palabra de Maragato es la expresión que acuñó el leonés de Combarros, fallecido esta semana, para inspirar confianza en sus clientes y empleados del ‘imperio’ que creó en Madrid, primero con las famosas Pescaderías Coruñesas y también cuatro de los restaurantes más famosos de la capital
La provincia de León es un vivero infinito de biografía irrepetibles, inolvidables, en los campos más diversos. Un buen ejemplo puede ser esta misma semana, en la que nos han dejados, entre otros, tres personajes de esos que calan muy hondo entre sus gentes: En esta misma sección de inolvidables está Ángela Losada, una biografía muy dura, marcada por la guerra; a esta segunda cita llega la biografía de éxito —fruto de un enorme trabajo— del maragato Evaristo García y algún día tendremos que recordar a otro fallecido ya hace unas semanas, Arsenio Marcos, de Sabero, Seni, el hombre que trajo a España a Frank Sinatra para el único concierto que ofreció pese a que ‘La Voz’ había amenazado con que jamás actuaría en este país. Y ésa es solo una de las facetas del singular saberense.

Con solo seis años abandonó su Combarros natal y a los nueve años ya trabajaba repartiendo por Madrid cestas de la pescadería de sus padres, La Astorgana  Pero ‘el inolvidable’ es Evaristo García, un nombre ligado a una gran empresa, Pescaderías Coruñesas, pero con mucho más recorrido; por ejemplo, en el mundo del fútbol son habituales las noticias de que el presidente del Real Madrid se reúne con alguno de sus jugadores o que firmó un contrato «en el exclusivo restaurante madrileño O Pazo», otro nombre gallego detrás del que se esconde un maragato de Combarros, Evaristo García, creador de dos lemas directos: Palabra de maragato y la frase que puso en la fachada de su marisquería: «El mejor puerto de mar en la capital de España».

Pero éste es el final de una historia que arranca lejos en el tiempo y en la geografía, con un descendiente de aquellos arrieros maragatos que después fueron pescaderos y apadrinaron un lema que era su orgullo: «El precio del pescado en el mercado de Madrid se pone en Astorga» (por ponerle un nombre a la Maragatería leonesa).
Evaristo García jamás renegó de sus orígenes en Combarros, como quedó patente incluso en su muerte pues sus esquelas anuncian una misa de funeral dentro de unas semanas en la Iglesia Parroquial de Combarros, en cuya restauración colaboró.

Jamás olvidó que siendo un niño que casi no podía con las cestas "en muchos edificios del barrio de Salamanca no me dejaban coger el ascensor porque dejaba olor a pescado"  Nunca olvidaba en las entrevistas y en su libro autobiográfico a su pueblo natal; del que salió con tan solo seis años y con nueve ya empezó a trabajar en la pescadería de sus padres en Madrid, llamada La Astorgana. Así habla de aquella etapa en su biografía: «Era un niño menudo que ya cargaba con las cestas de pescado y marisco para llevárselas a las gentes de la alta sociedad madrileña, vecinos del barrio de Salamanca». Y de aquella etapa tiene un recuerdo que jamás olvidó y que, aseguraba, fue una gran lección para el trato que en el futuro iba a mantener con los trabajadores de sus empresas de pescadería u hostelería. Por cierto, siempre tuvo en ellas a muchos leoneses, especialmente maragatos. «No hay encargados como ellos, nunca te fallan», solía repetir.

La anécdota citada es que como llegaba cargado de pescado, pese a que era todavía un niño que casi no podía con las cestas, «en muchos edificios no me dejaban coger el ascensor porque olía a pescado. Jamás lo olvidé, no el olor a pescado sino lo que significaba el hecho, me ayudó a tener siempre un profundo respeto por los trabajadores».

Mantenía Evaristo García la teoría de que el hecho de que un elevado número de pescaderos en Madrid fueran de origen leonés, especialmente de la Maragatería y Cabrera, era precisamente por su capacidad de trabajo, por venir de unas tierras en las que el sacrificio era consustancial a la vida; y lo ilustraba con los horarios que él mismo encontró cuando empezó su temprana vida laboral. «Fueron muchos años levantándome a las cinco de la mañana y no terminar el trabajo del día hasta las once de la noche, con una hora para comer, habitualmente un bocadillo, que muchas veces lo hacía de pie, algunas sentado, claro».

Fueron muchos años levantándome a las cinco de la mañana y no terminar la jornada hasta las once de la noche, con una hora para comer el bocadillo, a veces de pie  Ya sé que la historia de éxito empresarial empieza después, cuando en 1956 compra las Pescaderías Coruñesas y pasa de 8 a 100 empleados, cuando vende camiones de marisco fresco en Nochebuena, cuando saca los puestos a la calle en Navidad y los madrileños acuden a ser aquel famoso atún de 350 kilos, cuando la gran Marisol (hoy Pepa Flores) se hace fotos con los empleados, cuando abre los restaurantes —O Pazo, Filandón, El Pescador, Albada—, cuando, en definitiva, es un triunfador y un empresario de éxito. Pero al mirar su esquela y ver que él miró hacia Combarros es bueno recordar aquello que él nunca olvidó: «La capacidad de trabajo y la seriedad en el trato la heredé de mi abuelo, que era arriero maragato; por eso quise titular mi biografía ‘Palabra de Maragato’, que es el lema de todas mis empresas».

Y de toda su vida.
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