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Estampas

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OPINIóN IR

17/10/2021 A A
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Estampas
Cuando se nace en un punto tan recogido que podría llamarse de la España profunda, donde el aislamiento hace que las costumbres se conserven más tiempo que en otros lugares, uno tiene la sensación de que los recuerdos de la más tierna infancia, de tan ancestrales, no se vivieron realmente. Que fueron estampas.

Tan difusas resultan aquellas mujeres, casi siempre enlutadas y con un hijo amarrado a la espalda, cavando la tierra o sembrando patatas, que parecen sacadas de un cuadro de Vela Zanetti. Tan ocres son los recuerdos en los que segaban el trigo, hacían gavillas y domaban el pelo con pañoletas, que podrían haber sido las musas de paja, alpargatas y olor a centeno de un lienzo de Millet, aunque sus espigadoras solo recolectaban los restos del cereal diseminado que el amo les permitía coger y las de mis recuerdos recogían los frutos de su propia tierra, a pesar de habitar el Valle del Hambre. Ya no sé si fueron de óleo aquellas mujeres de botijo, caldero y balde de ropa apoyado en la cadera, dirección a la fuente o al rio, o fueron mozas de acuarela y agua, de tendales blancos y olor a manzanas, moldeadas por el pincel de Sorolla. Si no fuera que nos meció el cansancio real de sus brazos tras escardar la tierra y cardar la lana, acarrear leña y matar la penumbra con lumbres, diría que todas esas escenas como arañadas fueron obra de Van Gogh, que la memoria me está jugando una mala pasada y, efectivamente, solo fueron estampas. Hay una generación, aún no extinguida, de mujeres rurales que no fueron conscientes de serlo porque nunca pensaron que hubiese vida más allá de los montes que las cercaban. Mujeres que fueron pilares creyéndose nada. Ganaderas, agricultoras, hilanderas, matronas, madres... Mujeres agachadas. Siempre tan agachadas como fueron pintadas y la tarea exigía para inseminar la tierra con sus propias manos. Después, ya firmes, espiaban al cielo durante meses, pendientes de las cosechas, la suya y la de los campos porque en muchos casos, estaban tan preñadas como los surcos. Y llegado el momento, ejercían de madres y matronas casi al mismo tiempo y a golpe de hoz, cortaban el cordón umbilical que separa el pan de la tierra. El hijo propio se llamaría como al abuelo y al otro lo llamaban trigo, lo cogían en brazos como se coge a recién nacido, lo tendían en la era, lo mecían en la criba y ya triturado, lo amasaban y se lo ofrecían al fuego. Así nace el pan del mundo y los que tuvimos la suerte de verlo, comprendemos la antigua costumbre de besarlo. Y ya, con las hogazas dormidas en el arcón y el niño en la cuna, colmados los pajares y renovados los colchones de lana, sus manos se suavizaban como por ensalmo y llegaban las tardes de vainicas y charla reposada, de pimientos y manzanas perfumando la casa. Y noches de lumbre, de rosario en la mano y oración en los labios. Así eran ellas.

Hoy, tras un acto dedicado a la Mujer Rural en el Ciami de Villaquilambre, uno se da cuenta del giro que han dado las cosas. De la lucha no oída de las mujeres rurales actuales que, conociendo la vida a ambos lados de los montes, eligen el pueblo a pesar de que al hándicap de ser mujer se le sume el adjetivo rural. Un placer ver el entusiasmo con que Carmen Fernández, Agente de Igualdad, explicaba su andadura durante años por los pueblos del Sur de nuestra provincia, en un intento de retener allí a las mujeres porque donde ellas estén, estarán sus hijos o lo que es lo mismo, estará el futuro. Una lucha desigual en la que personas como ella ayudaban a esas mujeres a reinventarse, creando pequeños negocios o puestos de trabajo que, en muchos casos, vieron morir a medida que moría el pueblo. Y eso ya está en otras manos.

Lo cierto es que a pesar del esfuerzo de profesionales como Carmen y el apoyo de entidades como Amulemer, ‘Cooperativ@As’, Asociación Zurdinas… los datos amargan. De los seis millones de trabajadoras del campo, sólo un 12 % son propietarias o copropietarias de la tierra que trabajan, con acceso a los recursos y a los medios de producción, aunque las típicas trabas burocráticas, para ellas sean trabas, vallas y portilleras. Las demás ocupan las posiciones inferiores en el rango laboral y si la brecha salarial en la ciudad es grande, en los trabajos del campo, son barrancos. Nada nuevo bajo el sol. A pesar de todo, cada vez hay más mujeres intentándolo, convirtiendo en futuro toda materia prima a su alcance. Por poner un ejemplo, ahí está el agroturismo en el que, del perfecto maridaje mujer-tierra y de la agricultura y ganadería de manos pequeñas, nacen mermeladas, dulces, mieles, quesos y todo tipo de productos convertidos en pecado más que venial, para cualquier paladar.

Mi homenaje a las Mujeres Rurales. A las de hoy y a las de ayer, ésas que ya son brochazos en los que los elementos se mezclan haciendo justicia. Ya son mujeres de piedra y agua. Mujeres de nieve y olor a roble. Mujeres de lana con olor a hogaza. Mujeres de pan y barro con olor a madre. Mujeres de tierra… Estampas.
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