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Espino

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OPINIóN IR

12/12/2021 A A
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Espino
Mientras Joan Manuel Serrat anunciaba su inminente abandono de los escenarios, yo volvía a subir hasta el cementerio del Espino por segunda vez después de cuarenta y cinco años. En cierto modo, el culpable de la primera visita fue el propio cantante, cuya versión musicada de la obra de Antonio Machado traía por la calle de la amargura a unos adolescentes que no cesaron de insistir en el internado hasta conseguir que los llevaran a tierras sorianas. Fue aquel un viaje iniciático en verdad, nada que ver con esos viajes mundanos que se hacen hoy en día a lugares exóticos para festejar todo tipo de graduaciones. Esta segunda visita, la de diciembre de 2021, nada ha tenido que ver con aquélla ni con el aparente final de la carrera de Serrat. Pura coincidencia que embellece el camino sin más. O que lo ensancha en su significado, pues al fin y al cabo, llegados a cierta edad, todos andamos ya de clausuras.

Y sí, allí, a la vera del muro del cementerio, permanece el olmo, o su fósil, al que dudosamente podrán salirle ya algunas hojas verdes con las lluvias de abril y el sol de mayo. Y en su interior, como entonces, aparcada en un lateral abigarrado de panteones viejos, sigue, claro, la tumba de Leonor Izquierdo. Más desnuda hoy que años atrás, cuando pétalos, ramilletes y hojas de papel ajadas con poemas manuscritos la adornaban. Quizá el aire que soplaba esa mañana desde el Moncayo lo habría impedido y, como la hojarasca, todo ello se amontonase en un rincón del recinto o de la memoria. No se sabe. Pocos lugares hay como el alto Espino para encontrarse con la desnudez y con la belleza. Mayores serían aún si asomarse al Duero pudieran. Y si no los amenazaran proyectos urbanísticos en el entorno que depredan hasta lo más sagrado.

Bajé después tranquilamente hasta San Juan de Duero y diome por recordar otros versos: «la España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía…» Miré alrededor, escuché conversaciones, leí noticias y pareciera como que no hubiese pasado el tiempo.
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