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Esperanza

Esperanza

OPINIóN IR

31/01/2021 A A
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Esperanza
Admito que la mayoría de las columnas que vengo entregando desde hace meses han versado sobre la pandemia, una obsesión que llevó a mi hija a lanzarme el reto de abordar otros temas, bajo sanción económica: me comprometí a meter diez euros en una hucha cada vez que hablase del covid, a modo de fondo para un futuro nieto. Ha tenido que traerlo al mundo para verme en la situación de abonar la deuda contraída.

Ser abuelo, a diferencia de otras épocas, parece suscitar un contagioso sentimiento de complicidad: la gente da por hecho que has adquirido un rango que te permitirá disfrutar de una experiencia maravillosa. Algo indiscutible. Salvo ese asunto del paso del tiempo que acarrea tu nueva condición: de repente te preguntas cómo es posible que aquella niña que cogías en brazos, se haya convertido en madre. ‘Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra’, el tiempo se escapa como una nube, como las naves, como una sombra, murmuran en el Libro de Job. Te llega el mensaje anunciándote que eres abuelo y el resto del día vas caminando, precisamente, en una nube. Enfilas rumbo a casa y ves a tu nieto en el carrito que guía una chica, en el niño que salta desde un muro (¡ten cuidado!), incluso, dando un brinco temporal, en ese adolescente que abraza cariñosamente a una muchacha de pelo moreno y lacio: mira el bribón cómo se lo monta, llegas a pensar, imaginando por un segundo que se trata de tu propio nieto en sus primeros escarceos sentimentales. Y antes de llegar al portal, ves a Charo dándole la mano, explicándole que los árboles que flanquean la avenida no siempre estarán desnudos, que marzo los inflamará con yemas que darán paso a hojas verdosas y relucientes. Ahí es nada, en un santiamén este abuelo sagaz que aún frisa los cincuenta, se ve convertido en un varón de pelo canoso y, esperemos, mirada serena y afable (siempre tenemos la posibilidad remota de no convertirnos en unos cascarrabias).

Cierro este artículo pidiéndoles disculpas por haber sacado a colación un tema personal: creo que solo pretendía dar esquinazo al maldito covid (vaya, más dinero para la hucha). Tampoco pretende ser un desahogo ni una reflexión profunda. Pero nada nos puede arrebatar la idea de vernos en el futuro paseando de la mano de un niño por un parque, percibiendo con extrañeza lo que nos depara la vida: sufrimiento, nostalgia, belleza y, por supuesto, esperanza y amor.
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