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Escrito a lapicero

Escrito a lapicero

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Toño Morala | 19/11/2018 A A
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Escrito a lapicero
Reportajes Lapiceros, gomas, afilapuntas... los elementos más repetidos y añorados de nuestra infancia escolar, de las viejas escuelas con escasez de medios, modestos pero indespensables
Doña Maruja… ¿puede afilarme el lápiz que se me ha acabado? Previo a eso, los chavales tenían que levantar la mano para pedir permiso, y luego se acercaban a la mesa donde estaba sujeto el afilapuntas o tajalápiz de manivela, y despacio, el maestro iba sacando las virutillas y algo de mina… lo menos posible, pues los lapiceros no abundaban en aquellos años, y menos los de color. En muchas escuelas se enseñó con pizarrín, tiza, por llamarlo de alguna manera, y un trapín para ir borrando, e iban quedando las cuatro reglas en las pequeñas cabezas, y algún repaso del hermano mayor que lo habían enviado al seminario, y de vez en cuando aparecía en el coche de línea con los soplidos de las orejas al viento y el pelo al cero. También hubo muchos chavales que tenían que ayudar en casa, e iban poco a la escuela; pero esa es otra historia. Y quién no recuerda al abuelo o padre con la navaja de Taramundi que cortaba un pelo en el aire, con gran paciencia, el afilar los lapiceros; los dejaban maqueados, mucho mejor que el afilapuntas… luego iban desgastando algo la mina sobre cualquier papel para que los chavales al escribir o dibujar, no rompieran la mina nada más empezar. Y si hablamos de aquellos cuadernos pautados de renglones, que en ellos aparecían las cuentas de cualquier manera al principio… y las primeras letras… y cuando llegaron aquellos cuadernos Rubio, menudo adelanto, en ellos sí salían las cosas más derechas; pero nos avisaban tanto los maestros como los padres, que no apretáramos mucho con los lapiceros, pues luego se borraba y valían para otro hermano más pequeño, primo, vecino. Qué tiempos donde se aprovechaba todo, donde todo tenía su sitio, su saber estar en aquellos silencios que metían miedo, con aquellas bombillas cimbreantes a 125 voltios en la cocina; y a un lado del escaño, el más cercano al calor del hogar, se hacían los deberes entre mocos… venía la abuela o la madre y te los quitaba y te dejaba la nariz roja, metía el “pañuelo” en el bolso del mandil o en la manga de la chaqueta, y a otra cosa. Tiempos de escasez y grandes necesidades, y mira que han salido algunos listos de narices, que han estudiado en las escuelas de los pueblos, que eran muy buenas en términos generales, y donde se solucionaban las cosas en las casas y delante de toda la familia, y no hicieron másteres, ni cursos intensivos, ni titulitis aguda, y fueron los que a fuerza de mucho trabajo y el lápiz sobre la oreja, en muchos casos, sacaron a este país adelante, y miren ahora la de lapiceros que tenemos y miren de qué han servido en muchos casos.

En muchas escuelas se enseñó con pizarrín, tiza, por llamarlo de alguna manera, y un trapín para ir borrando Estos inventos tan necesarios, apenas si tienen historia, son de esas cosas que asombran a los más curiosos, y que casi nadie se pregunta el origen, la forma de los primeros lapiceros, el cómo se escribía y dibujaba con ellos; en fin, que están aquí como si siempre hubieran existido y andan por los cajones y botes a montones, y si vas al Ikea, te los regalan a manos llenas, son cortos de tamaño, pero valen de maravilla para tomar notas cuando andas por el campo buscando eso que algunos llaman inspiración, pero los que ya venimos de vuelta, eso de la inspiración lo dejamos en la observación y cierta sensibilidad hacia la… pongamos, la vida natural. Y curiosidades que tiene este gran invento, entre ellas, pues que un lapicero normal mide unos 18 cm. de largo, puedes escribir con él más de 45.000 palabras, y puedes hacer una línea de unos 55 km. de largo, y además puede sobrevivir a unos 18 afilados con el afilapuntas. Tiene mina la cosa. Y si escribimos sobre minas, nada mejor para este caso que aquella que se descubrió en Borrowdale, Cumberland, (Inglaterra), en 1564 llena de grafito. En aquel entonces se pensó que era algún tipo de plomo desconocido; algunos pastores de la comarca comenzaron a marcar a sus ovejas con aquel nuevo mineral. Así se originó una incipiente industria en Inglaterra con el grafito. Pero fue el artesano y aficionado a la química, Kaspar Faber de Baviera, el que mezcló grafito con polvo de azufre, antimonio y resinas, y dio con una masa espesa y viscosa que convertida en varilla, se conservaba más firme que el grafito puro; eso ocurrió en 1760. Y cómo no, la necesidad agudiza el ingenio, y de parte de Napoleón Bonaparte, el químico e inventor francés Jacques Conté en 1790, se dedicó a hacer “lapiceros” a toda pastilla, pues la escasez a causa de la guerra con Inglaterra era obvia. Y este buen hombre, a sus 40 años, patentó en 1795 un lapicero hecho de grafito, mezclado con ciertas arcillas, y horneaba las barritas en recipientes de cerámica. El valor del grafito pronto pasó a ser enorme, principalmente porque podría ser utilizado para alinear los moldes para las bolas de cañón, y el control de las minas fue asumido y resguardado por la Corona británica.

Y en otro orden de cosas, algunos dicen que los mejores lapiceros se fabrican con grafito de Siberia y madera de cedro americana, casi nada… y también, cuenta la historia que el 30 de marzo de 1858, Hymen Lipman, patentó el pegar un borrador al extremo de un lápiz. La goma de borrar tan necesaria para borrar los errores escritos o de dibujo, no faltan de las escuelas, oficinas; existen gomas con extracto de pumita para dibujo técnico… algunas de estas gomas contienen plásticos. Originariamente, la materia prima de las gomas de borrar era extraída de un árbol de la selva virgen de Brasil, llamado árbol del caucho o seringueira. Hay gomas moldeables, de caucho, de plástico duro y la goma de borrar tinta. Aún recuerdo aquellas gomas de Nata, que olían de maravilla, y que incluso algunos las mordisqueaban, sería para pasar el tiempo. Y cerramos con un artilugio que siempre me ha llamado la atención; el afilapuntas, sacapuntas, tajalápiz, afilador… servían y sirven para afilar la madera y la punta de grafito cuando al lapicero se le acaba la mina o se engrosa o rompe por apretar mucho. Existen sacapuntas de varios tipos y tamaños que corresponden con el grosor de los diferentes tipos de lápices. Siempre se afilaban a navaja, y los carpinteros, el suyo, lo siguen afilando por su forma ovalada. Pero fue un matemático francés, Bernard Lassimone, quien se llevó la patente para el sacapuntas en 1828; pero también llegó en 1847 el invento de los afilapuntas manuales de la mano de Therry des Estwaux, cuentan las crónicas. El tajalápiz portátil de mano mide unos 25 milímetros de largo y no tiene ninguna pieza móvil. Solo tiene una cuchilla atornillada al pequeño armazón de plástico o metálico, y algunos, la excentricidad de recoger las virutillas. También los hay con doble entrada para dos grosores diferentes. Pero sin lugar a dudas, el gran invento fue el afilapuntas de manivela; normalmente estaba fijado al escritorio o mesa del maestro, y constaba de unas sencillas cuchillas cilíndricas, una carcasa metálica en sus primeros tiempos y un recogedor de viruta… y a darle a la manivela a motor de garbanzos en sentido de las mancillas del reloj, y cuidado que había que ser finos para no desgastar rápido los lapiceros. Estos sacapuntas afilan muy uniformemente, en forma cónica perfecta, la parte de madera del lápiz, dando así mucha mayor comodidad a la escritura o dibujo. También uno recuerda aquellos lapiceros que eran de dos colores, azul por un lado, y rojo o negro por el otro, y dependiendo del trabajo que te mandaba el maestro, se utilizaban para varias cosas. Y así acabamos hoy, con la memoria de estas cosinas simples y humildes, pero necesarias… con el lápiz, la goma, el sacapuntas y un papelín cualquiera, se puede crear multitud de inventos, anotar ideas para literatura, o simplemente dibujar la cara de tío Gilito rodeado de su gran fortuna… y para otra ocasión escribiremos sobre los clips, que tienen mucha alambre.
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