Érase una vez

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OPINIóN IR

14/02/2021 A A
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Érase una vez
Un emperador romano que cambió el rumbo de la historia un día como hoy del año 270. El sol brillaba sobre Roma, sonaban los cornus y la caballería de Claudio II se abría paso entre unas multitudes que poco a poco se disolvían. El mandatario –más conocido como ‘el gótico’ – enunció una nueva orden que debería aplicarse sobre el vasto imperio que lideraba y, posteriormente, puso rumbo a su palacio donde le esperaba un gran buffet con uvas, queso y miel. Sin embargo, el ansiado regreso se vio truncado por una noticia: un hombre había desobedecido sus órdenes reiteradamente. Era Valentín de Roma, un sacerdote que unía en matrimonio a parejas de forma clandestina saltándose la prohibición de Claudio II, quien consideraba que los jóvenes sin hijos eran mejores soldados. El emperador, furioso, mandó detenerle y, posteriormente, ejecutarle. De este modo, con mayor o menor rigor histórico, surgió la leyenda de San Valentín.

Símbolo del amor universal y la afectividad en sus orígenes y con tintes materialistas en la actualidad, el catorce de febrero es un día en el que todos –solteros o emparejados– podemos celebrar el amor. Quien estableció que ha de celebrarse en pareja, limitó infinitamente el concepto al ámbito romántico y se olvidó de las demás vertientes: la familia, los amigos, los profesionales que nos rodean y, por último, pero no menos importante, nosotros mismos. El amor es respeto, es dar y recibir, es confianza y honestidad, es saber elegir –quizá sea una indirecta que hoy se celebren las elecciones catalanas y lo estemos pasando por alto–, es igualdad y es felicidad. Todo ello ha de empezar en nuestra mente y nuestro cuerpo, cuidándonos, respetándonos y queriéndonos a nosotros como haríamos a cualquier otra persona. Ser consciente de esto conlleva no aceptar un amor –provenga de quien provenga– inferior al que tú te das; no se trata de querer mucho, sino de querer bien. Quizá la historia deba ser replanteada: la mayor muestra de amor de Valentín de Roma no fue concertar matrimonios clandestinos, sino arriesgarse a ello manteniendo, hasta las últimas consecuencias, el convencimiento de que lo importante era, ante todo, preservar el amor.
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