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Ensimismado con el poder de una pompa de jabón

Ensimismado con el poder de una pompa de jabón

EL LEóN DESCONOCIDO IR

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Gregorio Fernández Castañón | 25/07/2022 A A
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Ensimismado con el poder de una pompa de jabón
El León desconocido Un adulto y unos niños jugaban entusiasmados al mismo juego en la calle Ancha
Desde que la calle Ancha (en León) es insuficientemente… ancha para dar cabida a tantos peatones juntos no la suelo frecuentar, salvo excepciones. Rectifico: para empaparme de sus singulares edificios y de su sabor añejo, esta calle, siendo una de mis favoritas fotogénicamente hablando, me encanta visitarla cuando el sol hace su aparición por La Candamia y cuando la luna va perdiendo por el asfalto sus girones de plata. Reconozco que es entonces cuando el aire circula por ella sin mayores impedimentos para estrellarse libremente en mis cuatro canas. No sé si me entendéis.

El caso es que lo que sí hago un día sí y otro también es atravesarla: desde el Barrio Húmedo a la calle del autor de ‘El Quijote’ (y viceversa). Y lo hago deprisa, manteniendo la respiración, para disfrutar del romanticismo de los dos barrios vecinos: el que te lleva a la Real Colegiata de San Isidoro y el que te acerca hasta las viejas murallas del Arco de la Cárcel. Barrios por los que, con mayor intensidad, respiro, ahora sí, la máxima frescura y percibo, al mismo tiempo, el pulso histórico de una vieja ciudad, tanto de corte real como de especiales sombras romanas, todavía visibles.

El caso es que un buen día, de regreso de mis correrías socioculturales, me detuve justo a la vera de esta calle por un motivo muy especial: un adulto y unos niños jugaban entusiasmados al mismo juego. El adulto lo hacía de forma metódica e incansable y era dueño de un hilo grueso, dos palos y un cubo de plástico rojo. Vestía una sudadera azul en la que se leía ‘Punta de flecha’ y sonreía con cada intervención, invitando a los peques a ser ‘más altos’ para alcanzar y explotar aquel paraíso de agua y jabón que les ofrecía. Y lograba su objetivo, claro que sí, recibiendo a cambio los gritos, las carrerillas y los saltos infantiles como un premio a su acción nada lucrativa. En ambos bandos, por lo tanto, descubrí que la unión hace la fuerza, sin tener en cuenta la edad, y que la vida tiene un mayor sentido lúdico si se saben descubrir los sencillos y económicos secretos de una buena y sana diversión. Como aquella que, alejada de cualquier juguete caro, eléctrico, mecánico o electrónico, nos salpicaba a los espectadores adultos de la orilla, disfrutando, también, con nuestra particular visión. Yo –lo confieso– volví a ser el niño, del siglo pasado, que jamás quiso dejar de serlo. ¿Lo veis?

Era yo y eras tú, mi pequeña y admirada amiga. Éramos los dos atrapados momentáneamente en aquella gran burbuja transparente. Miré a un lado y al otro y miré a lo alto. Y lo que vi no me disgustó en absoluto: dentro y en la piel exterior de la pomposa esfera, con la rapidez de un rayo y con azúcar de colores, alguien, en perspectiva perfecta, había dibujado una parte de la calle Ancha que yo quería comer para alimentar la risa.

Os lo dije, y no miento: quiero mantener en mi sangre el espíritu creativo de los niños. Lo deseo con todas mis fuerzas, porque solo ellos son capaces de ver en una pompa de jabón la fuente de la que emana el milagro de la felicidad.
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