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Enganchados al anís

Enganchados al anís

OPINIóN IR

29/03/2021 A A
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Enganchados al anís
Samuel Mallo, policía retirado, protagonista de ‘El animal piadoso’ de nuestro Luis Mateo Díez, vive ‘enganchado’ al anís. Lo contaba el autor a la entrevistadora de TVE, cuando salió la novela, y añadía: escribí el libro para conocer a Samuel y no lo he conseguido. Escribe para conocer a otros. Mientras los demás mortales, enganchados a la soledad, vivimos para conocer al Coronavirus y sin conseguirlo. No sabemos nada de él. Se nos pega y nos destruye, se reproduce, se transforma, se esconde. Huye y se queda. Se deja manejar por la vacuna pero no responde siempre. Samuel, como el ser humano (Mateo dixit) es complejo y contradictorio.

Se vuelve uno escéptico. Uno, como escribe Pérez Reverte en su Patente de Corso titulado ‘Aquí, mojándome’ termina perdiendo hasta la fe. «Aunque como español ya solo tengo fe en el jamón ibérico, en Miguel de Cervantes y en la Guardia Civil». Otro enganchado al anís. Solo nos falta que nuestra señora esposa, se nos embuta en unos Leggings push-up pedidos a Amazon por el móvil para que comencemos a ver visiones.

Enganchados a Proust vivíamos en mi juventud cuando buscábamos el tiempo perdido, y ahora seguimos igual por culpa de la publicación de sus inéditos (‘Marcel Proust. El remitente misterioso y otros relatos inéditos’. Lumen) en los que campea al anís de la sexualidad a principios de siglo y por culpa de la sororidad entre las mujeres vivían algunos en un sinvivir al llegar la primavera e ir a la playa a poner en la balanza de la imaginación los cuerpos de los muchachos y las muchachas en flor. «Querida mía: te prohíbo que vuelvas caminando».

Y enganchados al anís vivían, en aquel Cármenes propicio a las naufragios AnGLillo, el sabio lugareño, y su entrañable compañero de fatigas, el Arcipreste (también conocido por Hipoteca porque al mus perdía siempre) los cuales le pedían al cantinero con un gran alarde de aspavientos y con una frecuencia recurrente: «Otras dos de anís Viriato». Y Sidoro les acercaba la botella de cristal labrado de Anís de la Asturiana. «Otro que tal baila» susurraba el maestro AnGLillo, y el discípulo, Arcipreste, asentía con una sonrisa porque ya había perdido el don del habla.

Enganchadas al anís cantaban aquellas mozas de la montaña: «Un cazador cazando perdió el pañuelo, y una moza en el baile lo lleva al cuello. Eso sería, madre, eso sería.…». Y después venía «Un cazador cazando, cazó dos ciervos, y a la mujer le trajo los cuatro cuernos. Y la mujer le dice: cacho ignorante; con los que yo te pongo tienes bastante». Ellas cantaban para conocerse.
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