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"En Valbuena no había tele, pero había dos ríos"

"En Valbuena no había tele, pero había dos ríos"

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José Pedro Pedreira firma en ‘Al aire libros’ | CRISTINA PEDREIRA Ampliar imagen José Pedro Pedreira firma en ‘Al aire libros’ | CRISTINA PEDREIRA
Fulgencio Fernández | 08/07/2020 A A
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"En Valbuena no había tele, pero había dos ríos"
LNC Verano JP Pedreira va y viene por la literatura; ha regresado, a la poesía, con un libro dedicado a Valbuena de la Encomienda, el pueblo de su infancia y su abuela
José Pedro Pedreira (Brañuelas, 1953) es uno de esos guadianas de la literatura leonesa que siempre regresa. Lo he hecho otra vez, su libro se llama ‘Recuerdos y memoria’. Este miércoles firma ejemplares en la terraza de la Librería Universitaria (19.15 horas).

–¿Qué recuerdos y qué memoria?
–Los recuerdos de mi infancia y la memoria de aquellos años en Valbuena de la Encomienda.

–¿Pero no eres de Brañuelas?
–Sí. Pero si te digo que Valbuena era el pueblo de mi abuela lo entiendes todo y que debido a que soy el mayor de los hermanos y que mi hermano Manolo nació poco después que yo, me pasé buena parte de mi infancia con ella.

–¿Y qué tenía Valbuena para que le hagas un libro?
–Era un lugar donde todo era natural, vivo, hermoso e incluso un poco salvaje. Allí no había automóviles ni televisión. Los primeros años no había ni luz. Pero había dos ríos, un reguero, muchos árboles y montañas, perros, caballos y terneros. Vivíamos en la calle y con total libertad.

–¿El paraíso?
–Al menos una infancia rodeado de animales, de vegetación y unos paisajes realmente hermosos.

–La patria es la infancia.
–Los mejores recuerdos y por tanto la memoria con la que mejor nos encontramos y reencontramos es la que nos conduce a la infancia.

–Eso decía Rilke.
–Y Baudelaire o escritores más cercanos como Delibes que siempre concedieron una importancia especial a los años que vivieron en la niñez o incluso a los personajes infantiles.

–¿Queda algo de aquella infancia?
–La memoria .

–El tiempo suaviza los recuerdos.
–Hoy soy consciente de que labores como la siega de la hierba, la trilla o el simple riego por turnos de las huertas para los mayores era su trabajo pero para mí eran actividades alegres y divertidas que prácticamente no contemplaba en un Brañuelas que vivía mirando al ferrocarril y el carbón.

–Una vida dura.
–Seguro, pero nunca he visto adultos más felices y satisfechos. Por las noches nos juntábamos en la casa de algún primo y alguno de esos mayores que se había levantado con el alba y nos contaban historias que nos divertían o nos cantaban canciones que acompañaban con la música de las famosas botellas de anís mientras nosotros bailábamos...).

–Si le sumas los brazos atentos de la abuela.
–Cierto. Allí vivía como «hijo único» lejos de mis hermanos y la abuela Sofía dedicada por entero a mí, me sentía un príncipe. Pocas cosas recuerdo con más tristeza que cuando veía a mi padre llegar para llevarme de regreso a Brañuelas.

–Lo local, lo cercano... ¿y sin embargo universal?
–No lo dudes. Ya hace muchos años escribí (puede que fuera en La Crónica) sobre el carácter universal de la obra de Luis Mateo Díez gracias precisamente a su localismo y la comparaba con la de Faulkner en ese sentido de arraigo en lo local que es lo que les confiere una mayor trascendencia, y cuando un día me encontré con nuestro autor leonés me comentó lo mucho que le había agradado ese artículo cuya opinión compartía.

–Le haces un poema a la casa de la abuela.
–Pocas cosas hay más evocadoras que una casa de hace más de cien años, con horno, panera, y aledaño un corral y una cuadra para los animales. Así era la casa en la que yo vivía con mi abuela.

–¿Qué queda de aquel Valbuena?
–El Valbuena de entonces con no más de 30 habitantes yo lo recuerdo con nostalgia pero con satisfacción. Era un pueblo con vida y alegría en las calles y en las casas. Hoy, como muchos pequeños pueblos de León ha ido quedando prácticamente vacío aunque sigo conservando toda su autenticidad y su belleza. Atodos nos gusta regresar a nuestro Valbuena.
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