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En el centenario de Delibes: 'Las oreanas de Pumares'

En el centenario de Delibes: 'Las oreanas de Pumares'

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Fotografía de las buscadoras de oro en el Sil que ilustraba el artículo de Delibes en La Vanguardia en el año 1986. Ampliar imagen Fotografía de las buscadoras de oro en el Sil que ilustraba el artículo de Delibes en La Vanguardia en el año 1986.
Miguel Delibes | 18/10/2020 A A
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En el centenario de Delibes: 'Las oreanas de Pumares'
Literatura Artículo de Miguel Delibes publicado en La Vanguardia en 1986. Miguel Delibes (17 de octubre de 1920-2010), El escritor vallisoletano tiene varios textos de temática leonesa en ‘Mis amigas las truchas’ o sobre los gallos de pluma
Nadie coincide; no hay acuerdo a la hora de bautizar a las buscadoras de oro de la zona alta del Bierzo. Sánchez Palencia las llama aureanas, otros les dicen lavadoras o bateadoras, pero ellas se denominan a sí mismas «oreanas». El caso es que el beneficio del mineral de oro en los ríos gallegos (Sil, Miño, Lor) y leoneses (Duerna, Eria, Cúa) viene de Roma. Marín habla de esta actividad en la época medieval. Para Becerro de Bengoa la producción anual en el valle del Sil en el primer tercio del siglo XIX llegaba a los siete kilos. Sea como quiera, las aureanas todavía están ahí, vivitas y coleando, y el viajero puede encontrarlas en el pueblo de Pumares, a caballo entre las provincias de Orense y León, después de franquear el jugoso paisaje del Bierzo, camino del Barco de Valdeorras, y charlas tranquilamente con ellas junto a Ovidio Alejandre, gran pontífice del coloquio, están su señora, María Encarnación Marinas, y Delfina Fernández Blanco, ambas aureanas durante muchos anos y hasta época reciente. Son gentes locuaces que hablan de su viejo oficio con una suerte de candor y nostalgia, de tal manera que el cronista nunca sabe a punto fijo si menosprecian o añoran su pasado. Cualquier vecino de Pumares que haya cumplido treinta años puede recordarlas en plena actividad, abriendo calicatas o orillas del Sil, las faldas arremangadas, lavando luego en el rio las arenillas depositadas por la avenida. María Encarnación Marinas tiene la voz meliflua y cadenciosa:

– El río ha arrastrado oro de siempre, que yo tenga noticia, hace más de cien años que mi bisabuela lo lavaba. El que nos llamara esto o lo otro y lo de más allá, poca importancia tiene, digo yo, no íbamos a reñir por eso, pero entre nosotros y en los pueblos vecinos, nos han dicho siempre las oreanas y, por mi parte, yo le puedo decir a usted que he estado lavando oro toda mi vida o, si mejor lo prefiere, media vida, que ya va para treinta años que lo dejamos. ¿Acabarse? No señor, no es que se haya acabado, que haberlo haylo, pero en el pueblo salieron mejores proporciones, luego después vino el embalse y todo cambió. Oreanas, que yo sepa, sólo hubo aquí en Pumares, que en los pueblos de al lado nunca les dio por estos del oro, no me pregunten por qué. De manera que nosotras íbamos aguas arriba por Quereña, Penarrubia, Vegas, Toral hasta Villafranca del Bierzo, en la parte de León, y, aguas abajo, ya en la provincia de Orense por San Clodio, Quiroga, Peñamala, Montefurado y Covas. ¡Todo el río nuestro! allí no había competencia!

Pumares es una aldea sosegada, con olor a heno y gemidos de chirriones, a la que se accede sin más que atravesar el adarve del muro de la presa. Atrás quedaba el ruido, la polución, el motor, todo lo que comporta la civilización mecánica. A pocos kilómetros, ya en la provincia de León, están Las Medulas, fantasmal topografía, donde los romanos demolieron montes enteros y construyeron acequias, en una tentativa de explotación demuestra, como confirma una de las tertulianas del cronista. Delfina Fernández Blanco, que «toda esta parte de la vega era muy orífica». Delfina y María Encarnación van engarzando sus respuestas mientras Ovidio Alejandre puntualiza de vez en cuando algún extremo:

– Los lavaderos se encontraban en los remansos, nosotras los conocíamos bien y, allí donde topábamos con una lameira, nos deteníamos, cavábamos, echábamos unos puños de tierra al cuenco, nos remangábamos las sagas y al río a lavarla. Cavar, echábamos con un sacho, en la ribera, si señor, echábamos agua al cuenco y le dábamos vueltas y vueltas pasta que quedaba en el fondo una arenita, finita, que volcábamos en una lata grande de sardinas, de uno seiscientos. Y a la noche la azogábamos, vueltinas, vueltinas, hasta que se formaba una bolita negra, la echábamos en un plato con unas brasas de torgo o encina y se quemaba: se le quitaba la costra oscura del mercurio y quedaba una bolita amarilla y brillante, oro puro y a ver, en bruto, pero oro puro, sí señor.

Delfina Fernández Blanco saca una bolita negra bien arropada en un trapo blanco y la muestra al cronista con sacrosanto resto: «Vea –dice–, así quedaba el oro después de azogarlo» . Por su parte, Ovidio Alejandre sube de la bodega con un gran cuenco –la batea–, un cono hueco, muy abierto, de madera negra, parcheado de hojalatas, y lo pasea ante los ojos de la concurrencia:

– Ve, aquí tiene el cunco, el cuenco, o el plato como le dicen otros. Es de castaño, pero no se piense que de madera de castaño, sino de unas verrugas muy grandes que salen al pie de este árbol. Si fuera de madera pura se abriría, a ver, no aguantaría la humedad.

Luego hubo una época, cuando el wolfram, en que no había platos de castaño, los hicimos de zinc, pero el oro resbalaba y se salía y cuando lo azogábamos parece como que el mercurio quisiera pegarse al fondo de forma que no hicimos vida de ellos. María Encarnación Marinas vuelve a tomar la palabra:

– Mire usted, el oro estaba invariable en los mismos lugares. Después de una crecida, la corriente dejaba la tierra en este recodo, en el otro y en el de mas allá, inclusive siempre en las mismas grietas. El río inundaba invariablemente las mismas praderas y allí había que buscarlo. O sea, que este era oficio de verano, con aguas someras y lameiras al descubierto. Buscar oro era un segundo trabajo para ayudar al marido y ganar un duro, ¿comprende usted? Y era cosa de mujeres, que los hombres con atender al ganado y a la tierra ya tenían bastante. Eso sí, en verano, tan pronto las aguas mermaban, ya estábamos en el río. Y a lo mejor nos tirábamos ocho días allí, no crea usted que volvíamos por el pueblo. Dormíamos donde se terciaba, al sereno o en casa de algún conocido y así íbamos pasando el verano. Quiá, no señor, no cargábamos con 1a arena, solo faltaría, llevábamos el mercurio y lo azogábamos en el río, de modo que volvíamos con el oro limpio a casa. A veces en las juntas de las penas, salían pepitas. Pero no eran pepitas redondas sino aplastadas, muy finitas, como la linaza, para que se haga una idea. Pesar, pesar, podían pesar medio gramo, un gramo, aunque una vez me recuerdo que salio una de tres gramos y medio. Pero nadie se hizo rico con esto, créame. Aquí lo ordinario era sacar al día un gramo o dos, y si bajábamos a una lameira virgen ponga usted cinco, y con mucha suerte ocho o diez, pero por termino medio no llegaría a tres, por más que una vez la Asunción, una muchacha de aquí, sacó en el hueco de una peña treinta y cinco gramos de una platada. Delfina Fernández completa la información de su compañera:

– En los años 30, el gramo de oro iba a dos pesetas y media, no se pagaba más; y en los últimos que sacamos, allá por el 56, me parece que se pagaron a 75. Como verá, esta nuestra era una profesión muy aventurera pero si hacíamos un verano de ochenta duros, buenos eran, mire usted, máxime en una época en que el jornal de un hombre yo no se si llegaría a las tres pesetas. Vender el oro era muy sencillo, venía por aquí un señor una vez al mes y nos visitaba a las oreanas casa por casa. La cuadrilla de Pumares nunca paso de catorce mujeres, hombres no había, ni tampoco niños, y, según dicen, del otro lado del monte, de la parte de La Cabrera, había otras cuadrillas pero nosotros no las conocimos. También oí decir que había una mina de oro allá, por Ambasmestas, pero lo cierto es que nunca dimos con ella, a saber si no sería cosa de la imaginación. Nuevamente tercia Ovidio Alejandre, con su afán puntilloso, clarificador. Según él es imposible calcular la cantidad de oro que extrajeron las oreanas del Sil en los últimos treinta años de actividad, pero fuera de este río, apenas si encontraron algo en el Cúa, en Villafranca del Bierzo. Admite que los romanos disolvieron montes enteros en Las Médulas, como si fueran azucarillos, pero también explotaron los yacimientos del Sil mediante procedimientos industriales:

– A kilómetro y medio de aquí, entre la vía y el río, montaron los romanos una draga para sacar oro, que luego se hundió con toda la herramienta dentro y qué se yo las penas que tuvieron que pasar aquellos hombres para ponerla a flote. Pero yo le oí contar a mi abuela, que en paz descanse, que, antes de construirse la vía, lavaron oro los romanos ahí y entre esto y Las Médulas sabe Dios la fortuna que debió llevarse para su pueblo aquella gente. ¿Explotarlo hoy a gran escala? Quite de ahí, no señor, ya se sabe que esto no es productivo, o sea, no hay un buen filón de tierra orífica que lo justifique y, para más, la gente que construyó el embalse sacó la arena para la obra de las lameiras y, luego, las cubrió de agua, de manera que ya me dirá usted donde van a ir a buscarlo. Hoy día, con decirles que ni los chiquillos se arriman al río, esta dicho todo. Lo de las oreanas, para bien o para mal, es asunto terminado.
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