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En Cayo Largo

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01/07/2018 A A
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En Cayo Largo
Que las fiestas de San Juan y San Pedro se remojen no es una novedad, o al menos no lo era hasta que se cubrió la plaza de toros, momento a partir del cual la lluvia no volvió a hacer acto de presencia en los días en que se celebra nuestra feria taurina. Este año no ha sido una excepción, el agua esperó a que terminasen los festejos para aparecer con más fuerza a machacar los conciertos de la tarde noche. Tres de los que con más ilusión esperaba, el de Los Modernos, el de El Método y el que iba a presentar en León el nuevo disco de Cooper, se van a celebrar hoy, si el tiempo no lo impide.

Pero aunque la lluvia en esta época no sea una novedad, las tormentas apocalípticas de estos días sí nos han pillado de sorpresa. Permanecer en casa durante tantas noches mientras el cielo rugía sin parar y la lluvia, el granizo y el viento golpeaban los cristales, me ha hecho sentir como Humphrey Bogart en Cayo Largo, aquella película de John Huston en la que los protagonistas se veían obligados a pasar una tormenta tropical encerrados en un pequeño hotel como rehenes de una banda de violentos gánsteres. Bogart interpreta al comandante Frank McCloud, el único capaz de enfrentarse al jefe de la banda, pero parece hastiado y sin ganas de luchar. Combate en la Segunda Guerra Mundial, libera Europa de los nazis, para acabar siendo abofeteado por un macarra que impone su ley en un hotel de Florida (soberbia escena, por cierto).

Como Frank McCloud, encerrado y en mitad de la tormenta, recibí la bofetada del acercamiento de presos golpistas a Cataluña, donde un gobierno en rebeldía les espera con su flamante competencia en prisiones, la bofetada del acercamiento de asesinos e infanticidas etarras a las Vascongadas, donde sus amigos del PNV les aguardan reclamando la misma transferencia, la bofetada del aquelarre rojo que se prepara en el Valle de los Caídos, la bofetada de la televisión pública que Sánchez quiere regalar a la extrema izquierda. Son muchas bofetadas a las víctimas del terrorismo, a los que durante el golpe sacaron la bandera y dieron un paso al frente en favor de la legalidad constitucional, al millón de personas que, enfrentándose a la dictadura del nacionalismo, salió a la calle en Barcelona, y en general a los ciudadanos, que en las últimas elecciones dieron al actual Presidente del Gobierno el peor y más minoritario resultado de la historia de su partido.

Pero las tormentas pasan, y a veces, como le pasó a Frank McCloud en Cayo Largo, hace falta una bofetada para salir de la apatía.
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