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Empresarios

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12/11/2017 A A
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Empresarios
Siete días después del homenaje que los empresarios de nuestra provincia se tributaron en la gala del Círculo Empresarial Leonés, se cumple un siglo de la fecha que se señala como la del nacimiento práctico del comunismo, uno de cuyos fundamentos es, precisamente, la negación de la existencia misma del empresario.

En la gala del CEL hubo, como es natural, escasas referencias políticas. Tan sólo rendidos agradecimientos a los representantes políticos presentes y una crítica alta y clara al separatismo catalán por parte del presidente, Julio César Álvarez. Nadie se acordó de la efeméride bolchevique, como tampoco lo hará seguramente ninguna organización patronal a lo largo de la semana que empieza. No viene a cuento, sencillamente porque es una evidencia aplastante que cien años después de la revolución que pretendió acabar para siempre con la empresa, resulta que la organización económica del mundo entero bascula precisamente sobre ella. Podría decírsele a Marx aquello de «los muertos que vos matáis gozan de buena salud», de no ser porque su extravío liquidó en menos de un siglo más de 100 millones de vidas humanas.

Tan indefendible como la negación de la empresa y de la propiedad privada, es la ideología que sostiene que el bien común se identifica absolutamente con el del empresario, y que este ha de buscar la maximización de su beneficio sin límites ni restricciones de ninguna clase, puesto que a la postre siempre revertirá en creación de riqueza y de empleo. El comunismo y la ideología radical capitalista son dos errores de consecuencias criminales, como tantas veces explicó Juan Pablo II, aunque tan pocas se le quisiera entender. Las naciones necesitan empresarios que dispongan de oportunidades y de libertad, pero también Estados sólidos y decentes que impidan que se imponga la ley de la selva siempre a favor del económicamente más fuerte. Y en la búsqueda de este complicadísimo equilibrio se desarrolla la política económica posterior a la caída del muro.

Cabe preguntarse a qué distancia se encuentra España de ese equilibrio ideal. La enorme presión fiscal que soporta la empresa –entre otras cosas para financiar una Administración agigantada y artificialmente multiplicada– la hipertrofia normativa, que hace que el laberinto regulatorio sea inescrutable, la inseguridad jurídica y, más recientemente, la inestabilidad política, hacen que sacar el dinero de donde esté e invertirlo en la creación de una empresa sea una decisión heroica. Y las sociedades no pueden vivir siempre de héroes.
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