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El turismo, ¡qué gran invento!

El turismo, ¡qué gran invento!

OPINIóN IR

30/07/2020 A A
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El turismo, ¡qué gran invento!
Este verano está siendo muy raro. Se parece a los veranos del desarrollismo, cuando las playas eran visitadas por cuatro ricos y por los primeros extraterrestres que venían de las regiones hiperbóreas, ricos, cultos y sexualmente liberados. Estoy reproduciendo en el disco duro de la puta cabeza (grande y oronda como un balón de playa de Nivea) aquellas películas protagonizadas por Alfredo Landa, Mariano Ozores, José Luis López Vázquez, José Sacristán y Gracita Morales, donde los machos hispánicos perdían el norte detrás de los cuerpos libres de ataduras de las suecas, de las inglesas y de las danesas (¡ay Dios mío, que liberales eran en aquella maravillosa época en la que descubrieron el sol, la sangría y la paella en los chiringuitos de Valencia o de Ibiza!... Y todo por cuatro perras). Este verano va a ser igual que aquellos, quitando en lo de follar, porque van a venir pocas turistas y, las que acudan, tendrán más miedo que vergüenza a contagiarse del virus ese, de la gonorrea o de la sífilis. Tenemos mucho miedo, y es el mayor error que podemos cometer. El miedo a algo que está completamente al margen de nuestro control nos hace infelices, muertos y enterrados en vida; no en una tumba como dios manda, sino entre cuatro paredes, que nos pesan más que todas las sensaciones de agobio que nos producen las peores pesadillas.

El virus hace y deshace a su antojo. El virus, ese que fuimos incapaces de controlar y que se ha llevado por delante a nuestros viejos, también nos ha dejado sin un euro en el bolsillo y unas perspectivas diabólicas para el otoño y el invierno. Desde el gobierno se nos está diciendo que después de la exitosa tourné de Sánchez por la Europa de los mercaderes (donde, por lo visto, los engañó como a chinos mandarines), nada nos va a faltar: tal es la riada de miles de millones de euros que ha traído como botín. Pero ni por esas. Después de la hostia histórica que va a recibir el turismo, a España no la reconocerá ni la madre que la parió. Se dice, se comenta, que van a cerrar uno de cada tres bares. Pocos me parecen... Además, no sólo está la España costera. Aquí, en León, los bares son la mayor industria de la ciudad. Si no viene nadie a ver la Catedral, San Isidoro o la Plaza del Grano, ¿cómo demonios van a seguir abiertos? Evidentemente, no pueden sobrevivir con el consumo de los indígenas, por mucha fama de borrachos y dinamiteros que tengamos. Además, a la mayoría de los bebedores profesionales se los ha llevado por delante el virus. Sus herederos, nosotros, no somos más que amateurs, y de muy baja cualificación. ¡Ay, aquellas pandillas que llenaban los bares del Húmedo o del Cid, que hacían ‘café torero’ un día sí y otro también, que se juntaban en la venta de Pendón de Baeza para jugar a los bolos o a la rana y que aparejaban una merienda sabrosa y nutritiva (a base de tortilla de patata, cecina en tacos y queso) regada con varios hectolitros de mezcla de ‘Toro y Tierra’! Estos, queridos amigos, son recuerdos, como los de las suecas en biquini, de los años en que, todavía, teníamos esperanza en el futuro, en la humanidad, en los hombres... Esos tiempos, evidentemente, han pasado y nunca volverán. Nos lo impide la rabia que hemos acumulado en el hígado (¿alguno de vosotros sabe por qué?), y que expresamos en las putas redes sociales con la misma inquina que sentíamos cuando pelábamos con los franceses, con los moros o entre nosotros. Hemos llegado a un punto tan crítico que todo el que no piense como yo es un enemigo, un turuta analfabeto, un pobre idiota. Hemos llegado a considerar que luchamos contra el mundo, porque sólo nosotros tenemos la razón y el resto de la gente está equivocada. Buena parte de esta pandemia (y esta sí que es una pandemia realmente peligrosa) que sufrimos se la debemos a nuestros políticos, de un signo y de otro; unos por acción y otros por estar sentados a la puerta esperando ver pasar el entierro del contrincante, pero sin hacer nada, como si la juerga no fuese con ellos. Y también se la debemos a los ‘medios’ y a sus voceros, que parece mentira lo incultos y lo zafios que son. Tengo que creer que a muchos de ellos les dieron el carnet de periodista en una tómbola o en la universidad esa en la que venden los títulos a tanto el kilo... Lo malo es que todas la universidades son parecidas y todas abren la mano para que la gente tenga un título, como cuando el general vivía, que en eso no hemos cambiado nada. En este verano tan atípico, tan surrealista, tan raro, no nos queda otra que volver al pueblo, como cuándo éramos pobres. Allí, entre paseos por la orilla del río, pegándonos con mosquitos del tamaño de un B-52, cervezas en la terraza del bar y meriendas con los amigos, sólo pensaremos en la playa y en las suecas al dormir la siesta, o en el primer sueño de la noche. Cuidado con la parienta, (quién la tenga), no vaya a creer que todavía nos la pone dura. Salud y anarquía.
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