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El tren y las cosas

El tren y las cosas

OPINIóN IR

05/12/2018 A A
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El tren y las cosas
Los trenes ya no te mecen con la lentitud del traqueteo, ahora son silenciosos y veloces. Pero viajar en tren conserva el espectáculo de paisajes que, siendo tan cercanos a otros tantas veces transitados, son sin embargo tan distintos, por sus perspectivas y por la amplitud de sus imágenes, más generosas y magnánimas que las que ofrece la conocida carretera. Viajar en tren propone además una disposición del ánimo que, liberado de la inmediata urgencia, de la atención exigida, se desliza hacia una actitud contemplativa.

Viajar en tren también regala un tiempo de condición extraña y deliciosa, como si fuera el tiempo atesorado en una de esas bolas de cristal en las que a veces nieva. Se trata de un tiempo y de una atmósfera que transitan serenos por senderos que te llevan hasta al duermevela, a la lectura o la reflexión ligera que no está obligada a conclusiones.

Regresamos en tren a Madrid desde Orense. León duerme en los brazos de Helena. Al azar abro un libro que me ha dejado Tere (no todas las suegras son tan malas, las hay que te prestan páginas de Borges. Gracias). Al azar, como le hubiera gustado a su autor que lo abriera. Me encuentro con ‘Las cosas’: «El bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura, las tardías notas que no leerán los pocos días que me quedan, los naipes y el tablero, un libro y en sus páginas la ajada violeta, monumento de una tarde sin duda inolvidable y ya olvidada, el rojo espejo occidental en que arde una ilusoria aurora».

Pienso en las cosas, en la imposibilidad de hacer ahora una lista de cosas significativas como estas. Hubo un tiempo en el que las cosas también tuvieron su sentido y significado, se me ocurre ahora un balón de reglamento. Incluso, algunas acompañaban al difunto en su postrer viaje hacia la nada o a la eternidad. Pero ahora, más materialistas que nunca, paradójicamente, hemos despojado a las cosas de todo su valor. Y así vivimos, empeñados en cosas que no valen nada.

Antes de llegar a la estación, termino de leer el poema: «¿Cuántas cosas, limas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos, ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido».

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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