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El Tren de Mediodía

El Tren de Mediodía

EL BIERZO IR

Grgegorio hijo subiéndose al tren en el que trabajaba su padre. Ampliar imagen Grgegorio hijo subiéndose al tren en el que trabajaba su padre.
Gregorio Esteban | 30/04/2020 A A
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El Tren de Mediodía
Opinión
Se nota fresco al entrar en el vestíbulo. No hay cola en la taquilla. Por fuera del austero edificio, la esfera impecable del reloj sobresale de las paredes grises. A su lado cuelga la brillante campana, expectante del jefe de estación. En el pintoresco quiosco se venden chicles de perrona, regaliz, pipas, pirulís, y mis favoritas: unas rosquillas pequeñinas. Huele a briqueta quemada. Retumban los pistones al ralentí: «¡ÚN! — ¡ÓS! — ¡ÚN! — ¡ÓS! — ¡ÚN! — ¡ÓS!» A paladas, el fogonero atiborra las fauces incandescentes de la poderosa máquina tractora.

El ténder lleno de agua y carbón. Bielas, grasa consistente y ruedas, listas para jugar al aro desbocadamente. Tránsito de bultos y mercancías: ásperos sacos, cestos crujientes, baúles, banastas, garrafones, jaulas con gallinas… Las conversaciones son tranquilas bajo los rayos del sol. Hablan sin prisa, se escuchan recíprocamente. Se interesan de verdad. No se atosigan. Todo está dispuesto para arrancar. Los pitidos del factor lo confirman: ¡Buen viaje! El convoy empieza a estirarse. Entrechocan los topes de los vagones.

El maquinista suelta vapor por la válvula superior de la caldera cilíndrica, como si fuera un órgano de tubos curvados, que emite una sola nota: Qué resuene a tope por la cuenca del Sil. Es el Correo que sube a Villablino a cuarenta kilómetros por hora...Cuarenta, sí. Cuarenta años hace que espero en el andén de Ponferrada, con el abrigo puesto, la maleta de madera, el billete de cartón y las manos entumecidas. Miro hacia el final de las vías por si la pomposa locomotora 31 volviera a surgir entre la niebla, una vez más –por favor-; tan presumida con su penacho blanco, sus eufóricos silbidos, su soniquete particular… «¡E-ME-SE-PÉ!-¡E-ME-SE-PÉ!-¡E-ME-SE-PÉ!...»

Pasa un mozo empujando un remolque de tres ruedas, que se va difuminando sobre las aceras desiertas… «¡Adiós Ceferino, adiós!». El 10 de mayo de 1980 dejó de funcionar el tren Correo Ponferrada-Villablino (PV) de la Sociedad Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP). Fue el último que circuló en España con tracción vapor. Prestó sus servicios desde el 25 de julio de 1918. Son 64 kilómetros de recorrido. Ponferrada está a 511 metros sobre el nivel del mar y Villablino a 963. Su vía, llamada métrica, tiene mil milímetros de ancho. Mi padre, el señor Goyo, era fundidor en los Talleres Generales, donde se reparaba el material rodante. Allí los manitas de la madera hacían los modelos perfectos de las piezas a reponer. Después, mi progenitor y sus compañeros las convertían en mecanismos de bronce, aluminio, hierro fundido... Mi abuelo Rufino había sido maquinista del Tren Burra, también de vía estrecha, que circulaba entre Valladolid y Valencia de Don Juan.

(El material defundición que utilizó Gregorio Esteban Sacristán fue donado por sus hijos al Museo del Ferrocarril donde se encuentra expuesto).

Gregorio Esteban Lobato, aficionado a los trenes
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