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El teléfono del que sabe (I)

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11/08/2017 A A
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El teléfono del que sabe (I)
A estas alturas de la vida ya me ha dado tiempo a vivir casi de todo. Ha habido alegrías, tragedias, muertes, sorpresas, mucha gente increíble, bastantes petardos. La galería de experiencias se aplica también al trabajo, donde en dos décadas largas en redacciones de medios de comunicación no deja uno de abrir los ojos, para bien y para mal. Y los que nos pasamos la vida eternamente sorprendidos nunca dejamos de aprender, afortunadamente.

Reconozco que como periodista puede llegar a interesarme todo, y como este oficio no es de los de 9 a 3, digamos que te pasas la vida preguntando, curioseando, queriendo saber para contar. Porque el periodismo, seamos sinceros, es escribir de cosas de las que no tienes ni idea, así que se trata de encontrar a quién preguntar. Aquello de que lo importante no es saber sino tener el teléfono de quien sabe.

Escribimos con prisas, con ganas, a veces desinformados o intoxicados, o con la frustración de tener que contar de alguna manera lo infumable. Escribimos con urgencia, o sin entusiasmo, o fascinados por una historia y empeñados en no sucumbir a la tentación de demagogias, halagos y vanidades. Ombligos.

Quienes creemos en el periodismo como desvelo, en su función social, quienes tenemos un firme compromiso con el privilegio de disponer de un espacio en un periódico, también sabemos que hay demasiados peligros en esta profesión desprestigiada, mal vista y peor pagada. Que te censuren, te critiquen o refuten lo que escribes forma parte de este ‘chollo’ tan limitado por los partidos, por los poderes, por los de la pasta. No hay línea en que no te la juegues, y el problema llega donde menos te lo esperas.

Al otro lado, los lectores. Leen (ojalá), opinan, juzgan. Ahora también el circo bélico de las redes sociales, tan ingeniosas a veces. Una jungla de debates complejos, tan matizables, a veces desquiciados. Lectores que despellejan, que arrojan bilis sin ningún escrúpulo sobre cualquier asunto, tuiteros que berrean sin piedad, a menudo desde el anonimato.

«La objetividad no existe, pero la subjetividad no se debe confundir nunca con la falsedad», dice Martí Gómez en ‘El oficio más hermoso del mundo’.

Pero ya les cuento el viernes a qué viene esto...
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