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El Rey de la cuadra

El Rey de la cuadra

EL BIERZO IR

El Rey de la cuadra. | CASIMIRO MARTÍNFERRE Ampliar imagen El Rey de la cuadra. | CASIMIRO MARTÍNFERRE
Casimiro Martínferre | 14/06/2015 A A
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El Rey de la cuadra
Territorio. Capítulo 37 "Lo encontré en su apartamiento, mascando cuestiones de estado, las orejas tiesas por averiguar"
Bajé del autobús en la Ciudad del Dólar, así apodada por el copioso circulante derivado de la antracita. En la misma estación tomé otro, aún más destartalado. Tuve suerte, el asiento traía un plus de atenciones al viajero: costurón en el suelo con vistas al asfalto. Atestada de pasajeros, la cafetera expulsaba los humos del escape por las ventanillas, abiertas de par en par. La humareda asimismo pudiera deberse a los fumadores, que éramos casi todos. Antes, se consideraba actitud saludable, síntoma de educación o de estatus, contenerse hasta subir al transporte para echar un cigarro. Me apeé poco después, en villa de privilegios. Tenía ésta castillo, conventos, iglesias, casa de perdición, y por metro cuadrado el más elevado índice de frailes, monjas, escritores, pintores, poetas. Toda, en definitiva, gente del aire. Cavilando la causa de tan alta tasa contemplativa, únicamente pude atribuírsela a la proximidad del mucho y excelente vino.

Fue en septiembre, olía a mosto y pólvora. Ya con la mochila a cuestas, visité a un amigo. Regentaba negocio de librería e imprenta, lo mismo endosaba las obras completas de Gil y Carrasco que un lote de santas estampadas, o una oferta de esquelas a tu nombre. Saqué de la mochila un paquetito con libros, se los dejé en depósito; les trazó la señal de Cristo, y efectivamente jamás volví a saber de ellos. Encontrándome más canijo de lo acostumbrado, insistió en ir a coger fuerzas para el viaje. Tan devotamente como si fuésemos a Santiago, llegamos a la mal llamada calle del Agua. Abrimos boca con un bollo preñado, y al acabar el tour de las bodegas parecíamos a un tris de parirlo. El listado de las cien tabernas de esta rúa jacobea, representa el más peligroso escollo del camino, siendo únicos en atravesarla incólumes los peregrinos irlandeses. La cosa de la despedida ya tardaba, le pedí por favor regresase a promover el ejercicio de la lectura, muy falta de atención en todo lo descubierto de la tierra, nos diéramos sin dilación el adiós. Descolgó del cuello un crucifijo, lo traspasó al mío; desencajó del anular la alianza matrimonial, la embutió en el mío, brindando una última advertencia: tomara precauciones mil con las nativas, pues en aquellas altitudes campaban cimarronas. Contento en mitad del empedrado, la calva resplandeciente, daba lástima agitando el pañuelo. Al doblar la primera esquina, quité la alianza, no fuera a estorbarme licencias de soltería.

Salí de la población, entre dos ríos límpidos colmados de truchas. Emboscado en los frescos cánticos de las choperas, en el eterno verdinal, el transcurso de la caminata fue delicioso. Monté la tienda bajo un cerezo, junto a la tapia del cementerio. Qué tendrán estas paredes, imanes del crimen tanto como del placer. Sutilísima frontera la que separa ambas pasiones, tal vez porque en el fondo sean lo mismo. Lugar tranquilo, aunque desaconsejable si en los alrededores hay verbena. En quince minutos la tienda rebosó gente. Había planeado descansar, por si agilizaba el alumbramiento del bollo más los pinchos, pero la concurrencia lo prohibió. Insistieron en que probara la queimada, espeluznante bebida alcohólica a la que prenden fuego. Cantaban, “Si la catas, parar no podrás: con las meigas bailarás, con las meigas bailarás”.

Sobre la tapia se posó un cuervo, más tarde una lechuza. Conversaron acaramelados, él relataba casos luctuosos, ella del porvenir.

Costó despegar los ojos, tenía la mandíbula agarrotada en ellos. Aún abiertos, dudaba si seguiría dormido. Imposible desayunar, en las tripas rebullía un incalificable convoluto gastronómico. Todavía dentro del saco, preparé la cámara para salir a localizar, cuando asomaron dos mozas. Pechugonas, atarzanadas, sobrepasarían el metro ochenta. Auténticas desconocidas, en vano intenté recordarlas, a lo más en un flash mental a una le descubrí un íntimo lunar. Por instinto de conservación palpé la camisa, allí seguía la cruz del librero, si fueran vampiras estaba a salvo. Como apenas sentía las piernas, me transportaron en volandas, hacia un chocolate con sus buenos churros. A cada uno que ingería, iban presentándome a la familia, parecida en número a la del gitano Vargas. Justo al entrar el cura, a quien besaron la mano, tuve un pronto en las ingles, corazonada de nupcias. Busqué en el bolsillo la alianza, muy listo anduve en calzarla delante de todos, sacarle brillos. Entonces por momentos palidecí, sobrevino la crisis. Supliqué la urgencia de un excusado, a lo cual la tatarabuela ordenó condujesen al invitado a los aposentos del Rey. Lo encontré en su apartamiento, mascando cuestiones de estado, las orejas tiesas por averiguar. Con la venia, rompí aguas y di a luz trillizos. De pura vergüenza ajena, el monarca desplomó los pabellones. Quizás el poder de los amuletos, o el espectáculo lamentable de la cuadra, nunca volví a saber de las mozas.

Moñón, septiembre de 1989

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