El quiosquero de San Mamés

El quiosquero de San Mamés

OPINIóN IR

23/01/2022 A A
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El quiosquero de San Mamés
Hasta hace pocos años, Pablo Fernández, leonés y actual líder de Podemos en Castilla y León, era un rostro reconocible en el barrio de San Mamés. Por allí tenía un negocio –un quiosco de chuches, que diría Rajoy– lo cual, por aquello del trato continuado con quienes se acercaban al establecimiento, le otorgaba una cierta popularidad entre los vecinos de la barriada. Para la gran mayoría era Pablo el quiosquero. Sin más. Sin retranca alguna ni remoquete peyorativo.

Y Pablo, un día, al ver por la televisión a un tocayo y coletudo Pablo Iglesias, se dio de bruces con la ‘nueva realidad’ que predicaba y sermoneaba –que son cosas distintas– quien llegaría a ser vicepresidente del Gobierno. Y abrazó la nueva fe. Como hiciera Pablo de Tarso ante la visión celestial que le invitaba a cambiar de vida. La diferencia es que, hasta entonces, el de Tarso buscaba la disolución y muerte de los discípulos de Jesús, y el de San Mamés, ajeno –que no alejado– a postulados e ideas radicalizadas, vendía gominolas y demás golosinas. Tres ‘pablos’ y tres historias.

Pues bien, Pablo, el del quiosco, pronto se dio cuenta de que los inescrutables caminos de la política eran su futuro. Y desde el minuto cero, que dicen los modernos y otros culturetas afines, se implicó en la nueva cruzada del comunismo más recalcitrante y demodé, por mucho que se empeñen en lo contrario quienes lo idolatran. Pablo, el de la coleta, era su ídolo. Se había rendido a sus pies.

Pronto se hizo un hueco en el novísimo partido que Iglesias, con la ayuda de Monedero y otros adláteres satelizados, estrenó –decir bautizó podría herir su sensibilidad aconfesional– con el nombre de Podemos, título primigenio que daría paso, más tarde, a Unidas Podemos por aquello del obstinado feminismo que aplican a los demás, que no a ellos mismos. Recuérdese lo de «le azotaría (a Mariló Montero) hasta que sangrase», en palabras del propio Pablo Iglesias, o «chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia; chúpame la minga, Dominga, que tiene sustancia», del polivalente (adviértase la ironía) Pablo Echenique. Otro Pablo más al saco. En ambos casos, un dechado de feminismo.

Pablo, el quiosquero, consiguió, en junio de 2015, ser procurador de las Cortes de Castilla y León por su demarcación de nacimiento, cuando solo habían transcurrido dos años de su ‘romance’’ con Iglesias. Y repitió en 2019. Y en 2022 ha renegado de su terruño y raíces. Se presentará a la Junta por Valladolid. ¿Por Valladolid? ¿Y por qué no por León? ¡Ay, amigo!, porque aquí lo tendría muy jodido por no decir imposible, y los sentimientos no hacen caja. ¿León?, quita ‘p’alla’, que pongan a otro. Y que viva la capitalidad castellana. Un águila este Pablo.
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