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El Pirata se llevó el botín de una vida

El Pirata se llevó el botín de una vida

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Juan José Padilla en uno de los lances de sus faenas en las que tuvo que sobreponerse a dos toros sin fuerza ni ganas de darle juego. | SAÚL ARÉN Ampliar imagen Juan José Padilla en uno de los lances de sus faenas en las que tuvo que sobreponerse a dos toros sin fuerza ni ganas de darle juego. | SAÚL ARÉN
Fulgencio Fernández | 24/06/2018 A A
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El Pirata se llevó el botín de una vida
Toros Emotivo adiós de Padilla, al que el público no quiso dejar sin puerta grande en su última presencia en este coso, donde lució la bandera de León
Hay un momento que define la tarde. El Pirata Padilla está brindando un par de banderillas al público y él toro se cae o se acuesta. Baja las banderillas. Mira al suelo, se levanta el toro y reinicia el gesto. Anima a la grada, que responde, siempre responde al que fuera ‘El Ciclón de Jerez’.

Padilla era consciente de que jugaba ‘a favor de obra’ y llenó sus faenas de gestos de buena voluntad  Hay un momento que define la tarde. El Pirata Padilla está intentando arrancar una serie de pases a su quinto toro y éste se queda quieto. Mira al tendido, hace un gesto como de decir «¿qué puedo hacer?» y como un poseso se va a los cuernos del toro, le enseña su pecho, tira la muleta y la espada, uno para cada lado, y a pecho descubierto pone su parche de Pirata en medio de los cuernos. La grada se vuelve loca. Sabe que es el momento. Saca la espada de matar y le mete un estoconazo hasta la cruceta. Los pañuelos no tardan en salir la más de media plaza que acudió a la primera cita. El presidente concede una oreja. Los pañuelos ondean más, los pitos amenazan escándalo, el presidente mira a sus asesores, sonríe: Otra oreja. Dos orejas. Puerta grande para Juan José Padilla en su última tarde en León.

¿La merecía? Hasta los que sacaron el pañuelo sabían que no, como el presidente. Pero nadie protestó, todos sabían que la oreja significaba mucho más, era el último verso de la canción del pirata en León, era el último baile de un largo idilio entre esta plaza y este personaje que va más allá de ser un torero, al que esta plaza adoptó cuando vino a ella después de aquella cogida en la que pudo morir y de la que nadie creía que volviera a los ruedos. Un parche en el ojo recuerda a todos el drama. Un parche en el ojo le regala un nuevo apodo: El Pirata. Ése que pareció elegir el camino de cantar su canción, y de hacer honor a los versos más conocidos de ese ‘Con 10 cañones por banda...’ donde dice: «¿qué es la vida? / Por perdida / ya la di / cuando el yugo / del esclavo / como un bravo sacudí».

Tu trabajo te lleva al lugar de los sabios y con una sonrisa decían, no la merece. Saqué el pañuelo para pedirla, por su historia, por sus cojones y porque de él tuve que escribir mi primera crónica taurina cuando se fue el maestro Perelétegui. Y me lo puso tan fácil día que titulé «Romance del hombre que mató a la muerte» ¿Cómo iba a acabar mal el romance? No lo merece este tipo grande y cercano, que un día fue a hacer el saque de honor de la Cultural y este sábado sacó la bandera de León para su adiós.

No tuvo suerte con su lote. El primero fue imposible. El segundo casi pero se agarró a su canción, «¿qué es la vida, por perdida ya la di...».

Lo tiene todo controlado El Pirata. Tardó mucho en llegar a la plaza pues no le niega ningún autógrafo ni ninguna foto a nadie. No le falta una broma y cuando le llaman «guapo» ironiza, «déjalo en interesante». Va saludando a las cuadrillas de los otros toreros, sabe todo de ellos, les pregunta, les anima... y le brinda el último toro a Gustavo Postigo hijo, el único empresario taurino sin traje, puro y sin afeitar, y que apostó por él tantos años.

¿Qué no merecía las dos orejas? La verdad... sí. Tal vez no por este sábado pero sí por todo el largo romance del hombre que mató a la muerte.

Pero los toros son los toros y, además de la amistad, hay una guerra evidente en cada corrida. Y como ayer el tercero era un torero a caballo a Fandi le correspondía querer ser el nuevo Pirata sin parche de León, heredar el cariño de esta plaza en la que tantas veces ha triunfado pero en la que le falta esa tecla que tan bien toca Padilla.

Y empezó ganándole la batalla. Si Padilla emocionó con las banderillas él casi enamoró y como se dio cuenta pidió un cuarto par (después de tres espectaculares) para hacer el violín, que también había hecho El Pirata. Y si Padilla recibió de rodillas, él también. Y si Padilla dio series de dos o tres muletazos él de cuatro o seis, porque su toro tenía más recorrido. Y si Padilla se había ido con una ovación él se llevó dos orejas... Y otra más que sumó en el último de la tarde, con parecidas armas.

Pero era el día de la canción del Pirata. La plaza estaba ensimismada en el magnetismo de ese parche que atrae las miradas y las simpatías. Y hasta El Fandi lo sabía. Y hasta al Fandi le parecería justo, como sería justo que él pase a ser en nuevo Pirata sin parche en el ojo.

Y con ellos, un niño al que su padre le premia por haber aprobado la Ebau, por sacar buenas notas: Guillermo Hermoso de Mendoza.

Y allí estaba Pablo, su padre, en el callejón, llamando al toro, hablando a la cuadrilla, sufriendo como el padre que va a recoger las notas del niño, dejándole esos caballos de los que el chaval dice: «Son los míticos de la cuadra, pero no torean solos».

Cuando el niño torea con el sombrero de ala ancha que le tapa la cara muchos ven en el ruedo a su padre. Pablo es el mejor, hace cosas únicas, pero cuando un chaval está viendo estas cosas todos los días pasan cosas como las que ayer ocurrieron en la plaza de León, que muchos vieron al padre donde estaba el hijo.

Y cuando el chaval pasea por el callejón todos le quieren dar un consejo. El padre sonríe. Sacó buena nota, le puede dejar torear otra vez.
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