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El penúltimo relojero

El penúltimo relojero

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Isidro Fernández París da los últimos consejos a Juan Carlos, que primero fue su alumno en la academia y ahora le va a suceder como relojero. | SAÚL ARÉN Ampliar imagen Isidro Fernández París da los últimos consejos a Juan Carlos, que primero fue su alumno en la academia y ahora le va a suceder como relojero. | SAÚL ARÉN
Fulgencio Fernández | 05/06/2022 A A
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El penúltimo relojero
LNC Domingo Isidro Fernández París, histórico relojero leonés, acaba de jubilarse a los 74 años pero lo hace feliz pues ha encontrado un continuador en el oficio, Juan Carlos, que fue alumno suyo en los 90. "Es que ya solo quedamos dos"
"Un camino para ser buen relojero es ser hijo de relojero". Lo dice un histórico del oficio en León, Isidro Fernández París, y lo hace cuando acaba de decidir jubilarse, a los 74 años. Y después de explicar cómo se puede ser bueno en el oficio también reconoce otro camino: "Formarse, como en todo en la vida, la formación es fundamental". Y añade la preparación porque por este camino le llega a Isidro una gran alegría en el final de su carrera, y es que quien fuera un alumno suyo hace décadas, Juan Carlos, va a ser quien se quede al frente de la relojería París. "Es cierto que es una gran alegría; me daba mucha pena ver cómo se podía ir acabando el oficio en León, por eso saber que él sigue, y que además fue mi discípulo, me tranquiliza mucho".

- ¿Ya no quedan relojeros en León?
- Yo diría que en la actualidad quedamos dos, artesanos que nos dedicamos al oficio, que arreglamos relojes, negocios hay más, claro.
- ¿Qué ocurre, es cierto el dicho de que ahora cuando un reloj se estropea si tira y se compra otro?
- De todo un poco. De un lado los móviles han sustituido a muchos relojes y también es verdad que hay un mercado de relojes baratos que lleva a tirarlos cuando se estropean.

Pero los relojeros sabemos que hay otros muchos casos, gentes que tienen relojes de oro o similares, caros o cargados de recuerdos, que los quieren arreglar, cómo no.
Y al llegar al momento de bajar la trapa, Isidro posa su mirada en sus inicios, en su tierra natal de Riaño, que le sigue tirando, y mucho. "Soy hijo de relojero, ya lo he dicho, pero también de una familia muy ‘industriosa’, por decirlo de alguna manera, con varios negocios entre los hermanos y familiares. Mi padre, que se llamaba Primo y llevaba cuatro apellidos Fernández seguidos era relojero; pero también era de la familia el recordado Cine París; otro hermano es el autor de la mayoría de las fotos de carnet y similares por toda la comarca. Una heladería y el taller de bicicletas completaban el amplio abanico de negocios de la familia Fernández París". Isidro guarda especial recuerdo, y cariño, del cine, vinculado a tantos recuerdos en la comarca y protagonista de una de las fotografías más recordadas de los derribos en Riaño, en la que se leía el letrero de Cine París y pocos minutos después era un montón de escombros.

Después de trabajar en los negocios de la familia, de disfrutar como proyector en el cine, de aprender los secretos de la relojería obtuvo una beca para cursar estudios de Electrónica Base en Gijón, por lo que acabó trabajando en la siderurgia, en Uninsa.



Pero no era esa la vocación de Isidro y cuando pudo regresó a León y pudo pronto empezar a trabajar como relojero "en Renovelsa, unos almacenes que había en el complejo de Santo Domingo. Era un lugar donde había que ser muy bueno pues, ya me advirtieron, que aquí se arreglan relojes de relojeros, ya tocados. Y en doce años que estuve ninguno marchó sin arreglar", dice con el orgullo de quien sabe que conoce bien el oficio, que la mamó en casa.

Y llegó su larga etapa de relojero, en diversas zonas de la ciudad: "Tuvimos la relojería cerca del Húmedo, después en Maestro Nicolás, y finalmente nos fuimos a la zona de El Corte Inglés. Era mi mujer quien veía las zonas y ‘analizaba’ qué zonas eran mejores para nuestro negocio".

Siempre fue Isidro Fernández París, al margen de un muy buen relojero, un artesano inquieto, que además de volcarse en los relojes también lo hacía en trabajos relacionados con su oficio y la paciencia que requiere. En los años 90 puso en marcha una Academia de Relojería en la que uno de sus alumnos fue Juan Carlos, ahora su continuador en el oficio. Pero también protagonizó varios reportajes en prensa por sus trabajos e inventos. En 1997 creó "una llave inteligente, que solucionaba el despiste de quien no recuerda si ha cerrado la puerta o no., o si ha conectado la alarma o no, pues su invento te lo indicaba". Y unos años más tarde, en 2007, presentó en la Sala Torreblanca de la capital una celebrada exposición de autómatas, que iba haciendo a ratos libres y después mostraba en el escaparate de la relojería, ante la que nadie pasaba de largo". Creó en la sala Isidro un mundo mágico, con una orquesta que empezaba a moverse y sonar, Blancanieves saliendo de su casa... "El único misterio es que los relojeros somos muy precisos y pacientes".

Y lo siguió siendo. Pero todo tiene su tiempo y cuando supo que el oficio tenía continuidad... se va feliz.
- Es que quedábamos dos.
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