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El paso previo antes de ir a la discoteca

El paso previo antes de ir a la discoteca

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Carlos del Riego | 03/09/2020 A A
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El paso previo antes de ir a la discoteca
Un verano en la discoteca (X) / Los primeros pubs (I) La principal diferencia del bar de siempre con el pub era la música, ya que en éste sonaba de manera continua, además de su escasa iluminación y su ambiente mucho más juvenil
Un día algunos bares dejaron de llamarse bares y empezaron a ser ‘pubs’, aunque la pronunciación era muy variable según el hablante. Entre ellos los había que preferían decirse ‘bar musical’, puesto que la principal característica, la principal diferencia del bar de siempre con el pub era la música, ya que en éste sonaba constantemente. Pero pronto hubo otras peculiaridades exclusivas del pub, como la poca luz o el ambiente más juvenil, ya que era raro ver clientes más entrados en años por los nuevos locales.

Recién iniciados los años setenta del siglo pasado es cuando comienza a escucharse la palabreja en cuestión. El caso es que ya no eran bares tradicionales, pues además de la música y el ambiente, no solían abrir por las mañanas ni ponían chatos de vino. En poco tiempo los pubs se convirtieron en paso previo y casi obligatorio antes de ir a la discoteca, e incluso no pocas de las pandillas hacían una especie de peregrinación fija que pasaba por este pub, luego este, luego este…y finalmente a la disco.

Uno de los primeros locales que mutaron fue el Leiton (o Leiton 5), que estaba al lado de la Facultad de Veterinaria y tenía unas formas muy llamativas, ya que la barra era perfectamente circular en torno a una gran columna, pasada la cual se bajaban un par de escalones y se accedía a la zona menos iluminada. Frecuentado por jóvenes leoneses un tanto rebeldes (dentro de un orden, eso sí) e incluso a veces poco más que adolescentes, el Leiton se surtía de música gracias a una ‘juke box’, gramola, rocola o sinfonola, una de aquellas máquinas de discos que exigían una moneda para escuchar un par de selecciones. Pero un día la música ya no salía del aparato, sino de un equipo que habían instalado en un rincón al lado de los escalones; como la gramola seguía allí y en funcionamiento, alguien se acercó y preguntó al camarero (quien se encargaba de dar la vuelta al elepé) si se podía poner un disco en la máquina, a lo que el barman respondió que sí, que nada más que empezara a sonar la música ‘de pago’ quitaba la gratuita; con el tiempo la máquina desapareció. Y así se convirtió el Leiton en un auténtico pub; además, a veces había chicos y chicas que se arrancaban a bailar al ritmo de Santana o T Rex, algo impensable en el bar tradicional. En la segunda mitad de los setenta se convirtió en el Castilla, bar de vinos y partidas. No queda ni rastro.

Muy cerca, mirando a la Facultad, abrió hacia el 77 o 78 el David Dustan, que proponía ambiente bastante tranquilo, con música escogida y poco ruidosa; acudían, sobre todo, quienes ya no eran jovenzuelos alocados, y el humo era sólo de Ducados o Fortuna; tuvo momentos en que era lugar de cita y de comienzo de la noche. También por allí se ubicó el Beethoven, todo de madera, muy inglés, muy fino; luego se convirtió en el Century y después en La Hila y Layla. Fuera como fuera, allí siempre se cuidó mucho la música.

Sin embargo, fue el Boy´s el que siempre se presentó como el primer pub auténtico de León, pues con esa idea abrió sus puertas a mediados de los años setenta. Estaba en la calle Cervantes y era pequeño, a la derecha de la entrada estaba la barra y a la izquierda una escalera hacia el piso de arriba, que repetía las formas de abajo. Fue pub desde su apertura y así lo reconocían quienes lo frecuentaban; la música nunca dejaba de sonar y, para no tener que cambiar de disco o darle la vuelta, debían ‘tirar’ de cintas de casete. El camarero (y dueño) se llamaba Isaac, un tipo amable y sonriente. No le faltaba a aquel Boy´s de los setenta su punto de elegancia. Ya en los ochenta cambió de dueños y se reformó; fue el Boy´s hasta 2000, cuando se transformó en El Decano, nombre con el que se reconocía su primogenitura.

Presumía de ser todo un bar musical El Califa (hoy sigue abierto como El Laberinto del Califa). Al igual que el anterior abrió en la segunda mitad de los setenta y tenía sus peculiaridades. Estaba en Oteruelo, en la curva a derechas de la vía que va del cruce de Michaisa hacia La Virgen, saliéndose de la carretera a la derecha y haciendo unos metros por camino. Su ambientación hacía honor a su nombre, pues trataba de imitar las formas y entorno de una casa califal, con amplias estancias y pocos muebles, decoración y arcos con arabescos, asientos corridos de obra junto a la pared, muchos cojines, posibilidad de acomodarse en el suelo… El ambientillo era un tanto hippy, aunque no faltaba la ‘gente bien’, normalmente flotaba una buena humareda y, sobre todo al principio, la música era muy escogida, combinando clásicos y nuevos. Como se precisaba coche para ir y volver, siempre había alguien esperando a que el primero que bajara a León lo llevara. Ha sufrido reformas y cierres desde que lo abrieron los hermanos Miralles, pero tiene el mismo aire.

Muy especial era también el 44. Se ubicó al final de Eras, siguiendo lo que hoy es la avenida Peregrinos adelante (entonces en Eras de Renueva sólo estaban trazadas las calzadas, con sus bordillos y lo que iban a ser las aceras, pero no había ni una sola construcción) hasta que se acababa el asfalto, lo que obligaba a hacer unos cientos de metros por un camino pedregoso que hicieron los coches que iban al ‘Cuatro’. Era una estancia única, amplia y despejada, y tenía al lado una pradera vallada, la cual siempre estaba bien poblada; contaba con futbolín y chimenea, en torno a la cual se sentaban algunos clientes a fumar, actividad muy practicada dentro y fuera... Gustaba mucho Pink Floyd, cuyos discos de los primeros setenta sonaban de principio a fin a pesar de que la ‘nueva ola’ ya reclamaba su sitio. Tino y Miguel ‘Capu’ eran sus propietarios.

En el Húmedo había varios a finales de los setenta. En la plaza del Grano mirando a la iglesia estaba La Tierra, un local muy de “¡qué pasa tronco!, ¿hay buen rollo?”; por allí paraban músicos de grupos leoneses de rock y personal dado al humo; los clásicos del heavy empezaban a sentir la competencia del punk y la ‘new wave’, pero La Tierra seguía manteniéndose firme; tenía su encanto. El Rosales estaba en la calle Caño Badillo y también lo frecuentaban músicos, pero de los de las nuevas tendencias, y sus parroquianos acudían por la buena y novísima música y a veces con atuendos muy… ochenteros. En la calle Matasiete se situó La Ruina, que ofrecía un ambiente duro y tosco para amantes de emociones fuertes.

Los veteranos de la noche leonesa tuvieron que ser habituales de unos u otros. Seguro.
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