Publicidad
El papa Benedicto, su Santidad de Matadeón

El papa Benedicto, su Santidad de Matadeón

CULTURAS IR

Don Bene caracterizado de su Santidad el Papa Benedicto XVI. Ampliar imagen Don Bene caracterizado de su Santidad el Papa Benedicto XVI.
T. Giganto | 10/05/2020 A A
Imprimir
El papa Benedicto, su Santidad de Matadeón
Los inolvidables Benedicto Fernández Sandoval era para unos el tío Vitor, para otros, Don Bene y para todos, el papa de Matadeón. Veterinario de profesión, regresó a los Oteros cuando se jubiló y allí ha vivido hasta que esta semana murió a los 96 años haciendo gala hasta el último momento del buen humor que siempre le caracterizó
Benedicto Fernández Sandoval fue para unos el tío Vítor, para otros, Don Bene y para todos, el papa de Matadeón. No hay nadie en su pueblo que no recuerde aquel año de las fiestas en el que se convirtió en su mismísima Santidad Benedicto XVI. No le faltaba detalle al atuendo, tampoco al papa-móvil en el que iba hasta escoltado, y lo más importante, la interpretación, que la bordó como nadie. «¡Que todos sois hijos míos!», exclamó a sus vecinos que rompieron a reír gracias al buen humor que siempre caracterizó a este vecino de Matadeón de los Oteros. Esta semana falleció a los 96 años. «Para los últimos días que me quedan de vida, mira qué historia nos ha tocado vivir», le comentó hará algo más de dos semanas a su sobrino Abel Isaí Cabero, conocido luchador de Valdearcos, que le llamó para comentar cómo llevaban esto del confinamiento. Días más tarde falló una salud que hasta ahora había sido de hierro, habiéndole permitido hasta seguir conduciendo. A Don Bene, como solían llamarle en Matadeón, le tocó una despedida poco acorde a su manera de ser. Jocoso, buen conversador, divertido, irónico, ávido lector y un vividor, en la acepción de la palabra que define a quien vive la vida disfrutándola al máximo. «Un bohemio», incide su sobrino ‘Caberín’.

Benedicto nació en Matadeón en el seno de una familia humilde en la que eran once hermanos. No había en casa para que todos pudieran ir a la universidad, un privilegio del que solo pudieron disfrutar él y otro de sus hermanos. Benedicto optó por estudiar Veterinaria y su hermano, Medicina. Este último compartió orla con Félix Rodríguez de la Fuente. Una vez acabados los estudios, Benedicto apostó por opositar y su profesión le llevó a recorrer media España. Valencia, Huesca, Ciudad Real, Jaén, Málaga o Badajoz fueron algunos lugares en los que ejerció como veterinario. Una vez llegó la jubilación, volvió a su tierra, a Matadeón para gozar de una merecido descanso tras haber trabajado durante los últimos años de su vida laboral en un matadero de Badajoz en el que siempre contaba que hacía el trabajo «de hasta tres veterinarios» por ser aquel uno de los más grandes de España. Se decía de sí mismo experto castrador de gochas y un eminencia en la cura de las cojeras de los caballos. Pero lo cierto es que cultivó otros ámbitos del saber como la hipnosis o el sexo, dos de los muchos temas de los que hablaba a sus vecinos en las conferencias que impartía cada año en las fiestas como aquella de 2012 que llevaba por título ‘Cómo nace y cursa el amor y el sexo’.

La vitalidad no abandonó a Benedicto que no tenía como día más importante de la semana al domingo, como podría ser el caso de su tocayo Benedicto XVI. «Para mi los sábados son sagrados y es cuando empalmo la noche con el día», decía él, que por eso lo sábados se levantaba algo más tarde con el objetivo de tener «más fuerza» para abordar la noche más larga de la semana. Y hasta hace pocos años hasta se podía permitir el lujo de viajar en su propio coche para llegar a Barcelona o a Tarifa donde visitaba a sus hijos y nietos. Parecía que no pasaban los años por el tío Vítor, o Don Bene, o el papa de Matadeón. Pero pasaron y Benedicto se fue cuando más feas se han vuelto las despedidas. Deja un grato recuerdo entre sus vecinos. «No lo había más divertido», comentaban muchos estos días al conocer la noticia de su muerte.

Cuenta su sobrino ‘Caberín’ que el tío Vítor mantuvo intacto el humor hasta pocas horas antes de morir. «He comido unos buenos garbanzos en el Hospital, ¿eh?», comentó para dejar bien claro que él si se iba, era con la misma alegría con la que había vivido sus 96 años de vida y con un guiño a su pueblo, Matadeón, tierra de buenas legumbres donde esta semana se han quedado sin un vecino auténtico, de los de verdad. «¡Pero qué grande era Don Bene!»
Volver arriba
Newsletter