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El otro Musac

El otro Musac

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Uno de los laterales del Musac con el cartel que anuncia los cinco tramos de su actual exposición. Ampliar imagen Uno de los laterales del Musac con el cartel que anuncia los cinco tramos de su actual exposición.
Bruno Marcos | 29/01/2020 A A
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El otro Musac
Arte contemporáneo Con motivo del 15 aniversario del Musac, Bruno Marcos analiza la evolución del museo que inaugura estos días cinco exposiciones simultáneas para la ocasión con obras de su colección
Han sido varios los intentos que se han hecho en el museo castellano y leonés de arte contemporáneo por trazar líneas que enlazaran al menos parte de sus más de mil seiscientas obras almacenadas en él, unas líneas con las que dotar a la colección de una vertebración mínima que no acaba de aparecer. La mayoría de las piezas provienen de los primeros años en los que hubo grandes partidas presupuestarias con las que se pretendió cubrir el enorme déficit histórico de las políticas culturales de la comunidad y subirse de golpe al carro de la contemporaneidad inyectando dinero en lo que acabaría siendo, más que una deseable normalización cultural, una operación de imagen.

El plan consistía en partir de cero –ni siquiera se admitieron las casi trescientas piezas que la comunidad había ido adquiriendo a lo largo de las últimas décadas en programas diversos de promoción, sobre todo de artistas de la región– y comprar a toda prisa gran número de obras. Lo que empezó a funcionar sin nada que exponer enseguida se elevó a categoría de museo con aquel eslogan difícil de entender del «museo del presente», que establecía una línea divisoria –poco justificable– en el año de la caída del muro de Berlín. Dicha fecha permitía olvidarse del arte anterior, el de los años ochenta, inasequible económicamente, pero también eliminaba la posible presencia de las neovanguardias de los setenta en las que asentaban sus pies casi todos los comportamientos emergentes de los noventa y posteriores. La inversión, poca para dotar a un museo de una colección que construyera un relato coherente, era sin embargo una fortuna para comprar rápidamente obras recientes aún sin contrastar. El estado de ánimo correspondiente a esa aceleración en el vacío fue la fiesta. La identidad primera del museo se montó sobre una idea de la cultura desintelectualizada en la que la imagen fuera llamativa, colorista, decorativa, aparentemente crítica y las salas de exposiciones espacios con eventos continuos, microespectáculos populares que en lugar de informar de sus actividades en la prensa la bombardeaban.

Todo eso empezó a resquebrajarse por sí solo, seguramente ante la imposibilidad de mantener el tono, para desplomarse luego con la llegada de la crisis y la falta de recursos. El legado de aquella fiesta fue una colección inabordable, dispersa, errática, muchas veces efectista, repetitiva o banal, políticamente previsible o caduca, cuya gran masa de obras corresponde prácticamente a una sola década, la de los noventa, relacionada casi exclusivamente con la escena local de las galerías madrileñas de aquel momento.

En los últimos años la cosa ha sido distinta, ha habido otro Musac. Las adquisiciones han sido escasas dado el pequeño presupuesto pero se ha intentado con ellas cubrir huecos, reconstruir los discursos, dejar huella de la actividad realizada y mitigar una incomprensible marginación de los artistas de Castilla y León en la misma institución que debería acogerlos. Ahora se presentan cinco exposiciones simultáneas que reúnen obras de la colección y materiales del centro de documentación coincidiendo con el décimo quinto aniversario de la apertura del museo. En realidad este quince cumpleaños del Musac es un resumen de las líneas principales de acción de estos últimos seis o siete años en las que encajan, con no poca dificultad, algunas obras pertenecientes a las épocas anteriores en las que, como ha declarado recientemente su actual director, primó un hedonismo marcado por la moda pasajera.

La identidad actual de la institución está pues expresada así en estas muestras que son propiamente el memorándum de la programación que ha desarrollado la actual dirección: El tema del género, la escritura heterodoxa, el postcolonialismo y el trabajo con el contexto del territorio en el que el museo está implantado. De estas líneas es la última la que realmente ha logrado mejores resultados produciendo metodologías inéditas, capaces de aunar las inquietudes locales con las globales en el marco del mundo actual abriendo nuevas vías discursivas y haciendo que el museo no sea ya sólo mediador sino vórtice en el que confluyen expresión, conocimiento y sociedad.
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