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El oro viejo de los del vivir honesto

El oro viejo de los del vivir honesto

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Santiago Gutiérrez Ordás y Matilde guardan la memoria de Benito. Ampliar imagen Santiago Gutiérrez Ordás y Matilde guardan la memoria de Benito.
Antonio Barreñada | 08/09/2019 A A
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El oro viejo de los del vivir honesto
La Sobarriba La Sobarriba y sus gentes llegan a la meta de este repaso estival, quedan muchos paisanos y muchas historias en el tintero, algunas de ellas se apuntan en este repaso final a modo de despedida de estas gentes de vivir honesto
Esta singular comarca situada a pocos metros de la capital de la provincia, una tierra que conserva las tradiciones como pocas, y una tierra desconocida —que muchas veces sólo es el eufemismo de olvidada—…», lo decía el nuestro Ful, de la Sobarriba, a la que llamaba «el vecino desconocido», al reseñar cosa escrita sobre ella, reseña que concluía: «son sólo unos apuntes, de largas historias que se podían recoger, para ayudarnos a entender a aquellas gentes ‘del oro viejo del vivir honesto’, porque el gran activo de esta cercana y desconocida comarca son sus gentes, las que conservan estas tradiciones que los hacen diferentes». Pues eso es, o ha querido ser, esto que durante unas semanas del Verano de La Nueva Crónica hemos querido compartir.

Lo del ‘oro del vivir honesto’ era cita debida a don Mariano Domínguez Berrueta, a quien le prestaron sobremanera aquellos paisanos de mirada seria y capa parda que dieron nota de lo popular y genuino a las Fiestas Isidorianas de posguerra capitalina. Otro oro que el de la condición humana no lo daban «aquellos barros, estos lodos», de los que hizo cuento guapo Paco Flecha en escrito atropado de otro autor que no sabe quién fue (dice él), en el que describía a seminaristas preconciliares: «Los de la Sobarriba… al balón no juegan muy bien. Lo que mejor hacen es luchar a Lucha Leonesa. Son pequeños pero fornidos».

Serio, pardo como la tierra, chaparro y enjuto debió ser al que Santa Teresa describió como «que no parecía sino hecho de raíces de árboles». En Serradilla, en la nuestra Extremadura, donde cuidan lo leonés mejor que en la provincia del norte, Néstor del Barco nos enseñaba un viejo escaño de la casa familiar: «Mira, ahí descansó San Pedro de Alcántara. Que era de La Sobarriba», le dimos cuenta. «¡No jodas!, ¿también?» Legendario vínculo el del asceta y místico franciscano del XVI, ‘Juan Garavito’ de cuna, histórica raíz la de su familia en Villaturiel. Algo cierto fundamentó el que a inicios del XVII tuviera su santuario y cofradía en este lugar, que hasta bien avanzado el XX fueran de gran concurrencia sus ‘novenas’, y que hoy siga ardiendo la hoguera en su celebración. Lo recogíamos en pequeño trabajo hecho con los grandes ‘Búhos viajeros’ Puri y Miguel.

Hablábamos entonces sobre personajes del ‘Tenor de Abajo’ de la antigua Hermandad como Simón Llamero, primer vecino de estos pueblos (de Mancilleros) que ya en 1590 hubo de buscar mejor vida en mundo nuevo, tal como consta en el Archivo General de Indias. Se nos pasó hacerlo de otro personaje excepcional, también nativo de Santiago de Mancilleros: Luis Martínez de Salcedo. En el reino del Perú de los primeros tiempos de la Conquista, desde Cusco, hizo fortuna como mercader con la Península y, sin hijos, la legó en un testamento estudiado como ejemplo de esa otra historia que no acostumbraron a seguir los clásicos.

En 1592, en la capital Inca, Luis, el hijo de Rodrigo Martínez de Salcedo y María Hernández Garavito (de nuevo en la familia), hace ese testamento en el que figuran numerosas donaciones a cofradías, hospitales, monasterios… de aquella ciudad imperial, pero no descuida ordenar una capellanía en su pequeña patria de origen, dotada con rentas vitalicias, como vitalicias son también las que lega para socorro de doncellas, campesinos y pobres de aquel solar de los suyos. Si sería de ley la renta que, en época y a causa de los procesos desamortizadores de mediados del XVIII (1856, doscientos cincuenta años más tarde), en León se resuelve por sentencia judicial litigio a favor de quienes alegan ser legítimos herederos del ‘Patronato y Pía Memoria’ instituidos por el temprano indiano. Son cosas de tener un tío en América.

Y en la ilustre familia seguiríamos, que en el testamento en cuestión nombraba el testador como uno de los albaceas y patrones de la capellanía fundada a su primo Juan Martínez de Villatoriel, nacido en Roderos, formado en el Colegio de Santa Cruz de Valladolid, provisor de Osma y Oviedo, Inquisidor de Zaragoza y obispo de Lérida desde 1586, personaje eclesiástico menos conocido por los locales que su otro paisano obispo, Mariano Brezmes Arredondo, nacido en Marne en 1805, con notable ejecutoria que, desde cura de su pueblo y el de Villaturiel, llegara a obispo de Guadix-Baza y Astorga.

De los hombres de iglesia, y de los de las armas, es más fácil tener noticia escrita. Aunque siempre quede oportunidad para el asombro: ¿Quién es ese Juan «condestable de Galizia» cuya lápida sepulcral, desgastado por siglos de madreña reposa a la entrada de la iglesia de Navafría? Entre los de la milicia que esta tierra dio, Sixto Teodoro Muñiz Martínez, del que ya se han escrito hazañas y vivituras. ‘El último de los últimos de Filipinas’, nacido en Villacete en 1874, es figura en la que se reúnen materiales que no sé comprende porqué no han merecido aún relato de gran pantalla. Tras todo lo luchado, su renuncia a hacerlo en la guerra más cruel, por incivil.

El profesor Cordero Campillo hacía memoria sobre el último presidente de la Segunda República en el exilio, Félix Gordón Ordás, y recordaba don Miguel que «la familia materna derivaba de Villavente, en la Sobarriba austera y de limpio cielo, que se empina sobre la ciudad de León, para mirar la cinta añil de las montañas».

Honorio Pertejo, hijo de labradores, fue un alto cargo de Barreiros Diesel, Chrysler, PSAJosé Toribio de Pablo Mangas nació en Siete Iglesias de Trabanco (en la raya de las provincias de Salamanca y Vallladolid), a inicios del año de la Constitución, la de 1812. Como muchos otros de los que trajeron mercancías y acabaron asentando comercio en el León del XIX (tiempos de balanza positiva en lo de la migración), su familia será la propietaria de una tienda-cantina establecida en Villavente que fue referencia obligada para tratantes que por aquel camino viejo, desde el Condado, desde la Montaña, venían a las ferias de León: lo de ‘Doña Martina’. De esa familia y del pueblo de Villavente fueron natales Toribio y Fernanda, quienes (los tiempos empezaban a ser otros) liaron bártulos para irse a la capital, la del Estado. Hija suya, una tal Manuela de Pablo Rodríguez, más conocida por ‘Doña Manolita’, la que en 1904 fundara su primera Administración de Lotería en San Bernardo, la Calle Ancha de Madrid. Tomen nota para lo de diciembre, ¡y que haya salud!

No obstante, no todo puede confiarse a la Diosa Fortuna. Obligados por las carencias y durezas del entorno, las de nuestros pueblos han sido gentes orgullosas de su tradición pero no conformadas en el inmovilismo, luchadores que vencieron dificultades comunes y personales. Muy cerca de la Fragua de Paradilla (y algo supo de ella) creció Honorio Pertejo Aláiz, hijo de labradores, ingeniero y economista, que alcanzaría puestos de máxima responsabilidad en Barreiros Diesel, Chrysler, PSA… y llegaría a ser primer ‘Dirigente del Año de la Industria de Automoción’. Quizás, más allá de los logros profesionales del paisano, quepa recordar que, junto a su hijo Alberto (autor a su vez de novelas históricas en las que no faltan guiños a la tierra de origen), invirtió su propio patrimonio en el primer automóvil del mundo diseñado específicamente para minusválidos usuarios de sillas de ruedas.

A veces, hasta nos supera el ímpetu y la «altura de miras». Como la que llevó a que en el altozano que se dio en llamar «Campo Sagrado», en mayo de 1980, tuviera lugar en La Soba una singular concentración masiva, expectante hacia los cielos, en pos de una «misión extraterrestre». Benito Robles, un emprendedor que había demostrado su valía triunfando en cuantos negocios afrontó, era ‘contactado’ y difundía el mensaje de los emisarios de la ‘Misión Rama’, siguiendo las iluminaciones del peruano Sixto Paz, la misión salvadora de los ‘Guías E. T.’, las instrucciones del ‘Libro de los de las vestiduras blancas’ o el conocimiento de los ‘Registros Thedra’ que Benito se trajo de Tacna.

Aquello sucedió (los de la ‘década prodigiosa’ lo recordarán) en Corbillos, donde el común de los mortales ha acostumbrado a ser de condición más a ras de tierra. O no. A ‘Milio’ Gancedo le provocaba hacer artículo, coincidiendo con unas elecciones, sobre un político ‘no al uso’. No había duda: Santiago Gutiérrez Ordás, de Corbillos. No me consta que el segundo apellido del de insólito ideario en el que se combinaba a San Pablo, la Falange, la URSS y la II República le emparentase con el último presidente de la misma, pero se nos hacía tan necesario Santiago, con sus contradicciones tan nuestras, y con esa sombra de luz que sigue guardando su ausencia, que se llama Matilde. De ellas, de las nuestras paisanas calladas lo escrito es aún menos, a ellas lo debido más. Y, por si no les consta a los neohistoriadores del Levante, Colón nació en Golpejar, de La Sobarriba.
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