Esta web utiliza las cookies _ga/_utm propiedad de Google Analytics, persistentes durante 2 años, para habilitar la función de control de visitas únicas con el fin de facilitarle su navegación por el sitio web. Si continúa navegando consideramos que está de acuerdo con su uso. Podrá revocar el consentimiento y obtener más información consultando nuestra Política de cookies.
ACEPTAR
Publicidad

El oficio de la simpatía

El oficio de la simpatía

CULTURAS IR

Ampliar imagen
Toño Morala | 25/02/2019 A A
Imprimir
El oficio de la simpatía
Reportajes Cerillas y cerilleros, un gran invento por el que se esperó siglos y cayó en decadencia en años, y un oficio cargados de historias, leyendas y anécdotas de quienes lo ejercieron en bares famosos o a la intemperie en las calles
El fuego, el gran desconocido de la vida, el que ayudó a la evolución, y transformó formas culturales muy antiguas. El fuego que recorrió el planeta como la magia y la cura de muchos males, el que alumbraba en las noches de miedo para que huyeran los animales salvajes, el que cocinaba los alimentos y eran mejor digeridos, y de esa manera, el ser humano dio un paso de gigante después de su descubrimiento. El fuego salvador de culpas y atroz con la naturaleza, el que se erigió dios de múltiples mitologías, y como siempre, el espabilado de la tribu, era el dueño y señor de todo, incluido el fuego. Durante décadas, el fuego jamás se apagaba, jamás se dejaba apagar, pues era el bienestar práctico y espiritual de los habitantes de entonces. El fuego puede servir como un ejemplo del desarrollo, no solo cultural y antropológico, sino también como fuente de riqueza en las diversas revoluciones tanto industriales como anteriormente en los diversos tiempos remotos pasados. La naturaleza, la más sabia del planeta, se ofrece al hombre con cuatro cosinas fundamentales para la sobrevivencia: la tierra, el aire, el agua, y el fuego… y todo, parece ser, que se originó debido a la observación; los habitantes de entonces se dieron cuenta que se podía hacer un ciclo de creación o destrucción con los cuatro elementos básicos ya mencionados. Si faltaba alguno de ellos, malo; la muerte se cebaba, y hacía que los habitantes tuvieran que trasladarse a otros lugares; y cómo no, a estos elementos se le fueron asignando propiedades espirituales, mágicas, religiosas, curativas… y de esa naturaleza tan prodigiosa, con un equilibrio más o menos sostenible, aquí llegamos al umbral del siglo XXI, y ya pasamos de los 7000 millones de seres humanos los que poblamos la Tierra. Nuestros ancestros, no lo harían tan mal, para llegar hasta aquí; otra cosa diferente, fue cuando algunos espabilados, crearon el caos y las guerras por el poder y las riquezas, y están acabando con casi todo, maldito dinero y egoísmo.

Desde frotar dos palos... la de siglos que pasaron antes de este invento que apenas ya se usa  Pero vamos a lo que hoy nos toca, la necesidad y evolución de cómo hacer fuego de la manera más rápida y simple, y pasamos de largo del frotar los dos palos, la chispa entre dos piedras, la chispa entre piedra y hierro, y nos adentramos en las cerillas o fósforos. La de siglos que pasaron antes de llegar a este gran invento que apenas ya se usa. Según la historia escrita, leyendas, oralidades, y otros añadidos aparte, parece ser que fue en China, donde se comenzó a usar cerillas; eran palitos de madera impregnados de azufre. Un alquimista de Hamburgo, allá por 1669, llamado Brandt, aisló el elemento fósforo. Pero fue Robert Boyle al que se le ocurrió revestir el fósforo en un pequeño pedazo de papel, hablamos de 1680, y poner azufre a la punta de una astilla de madera, que al ser frotada contra el papel, se encendía. Y ya pasamos al primer fósforo moderno autocombustible. K. Chancel, a su vez ayudante del profesor Louis Jacques Thénard, de París, en 1805, mezcló fósforo con clorato de potasio, azufre, azúcar y goma. Se encendía sumergiendo el extremo con esta mezcla en un recipiente con ácido sulfúrico. Nunca llegó a popularizarse por su alto coste y peligrosidad; ¡menudo invento!; y fue en 1817, cuando un químico francés, demostró ante sus colegas de la Universidad, la magia de su “cerilla etérea” que era una tira de papel tratada con fósforo, que ardía al ser expuesta al aire. Un día del año 1827 John Walker, al remover una mezcla de productos químicos con un palito, observó que en el extremo de éste se había secado una gota en forma de lágrima. Para eliminarla, la frotó contra el suelo del laboratorio, provocando que se encendiera. Así fue inventada la cerilla de fricción… pero tampoco funcionaba bien, demasiados problemas. Unos años después, en 1836, un estudiante de química húngaro llamado János Irinyi, sustituyó el clorato de potasio por dióxido de plomo. Las cerillas así fabricadas ardían uniformemente; se las llamó cerillas silentes. Irinyi vendió su descubrimiento a István Rómer, también húngaro radicado en Viena, quien se hizo rico con la fabricación de estas nuevas cerillas. Aquí el que no corre, vuela. Pero unos años después, fueron prohibidas por su alta toxicidad en gran parte de Europa, así como en América y Japón; ya estamos hablando de principios del siglo XX, hace dos días como quien dice, y un poco más tarde, ya se hicieron las cerillas por casi todos conocidas.

Había cerilleros en bares de alto postín, cabarets, boîtes, clubs, algún que otro gran hotel Y tenemos que escribir algo sobre aquellas cerilleras y cerilleros que andaban por bares de alto postín, cabarets, boîtes, clubs, algún que otro hotel, soportales, y en las esquinas donde más gente transitaba. El oficio de cerillero tiene también su propia historia, así como multitud de anécdotas; y no todos se relacionaban de la misma manera, ni en los mismos sitios, también había cerilleros en bares más bien normales… Se les veía observando las jugadas de cartas, las timbas famosas en cafés de clientes bohemios, muchos de ellos artistas, escritores, pintores, damas de postín que fumaban en boquillas suntuosas; mucho compadreo y mucho fiar, pues ya es sabido que ese gremio casi siempre estaban a dos velas; bien esperaban que alguien les invitara, bien lo dejaban apuntado para cuando cobraran una columna del periódico, con un poco de suerte, algún libro publicado o cuadro vendido… y así ocurría por ejemplo en el famoso Café Gijón, entre otros, de Madrid, donde durante un buen montón de años, Alfonso González, que en su rincón del Café tenía su puesto con cigarrillos, puros, papel de fumar, y por supuesto, cerillas, y también algunas aspirinas y optalidones, periódicos, lotería… parece ser que se le veía casi siempre con su batín azul y con la corbata desaliñada; pero también comentan que era muy culto, autor, agente y alcahuete literario. Cuando falleció hace unos años, los amigos y habituales le encargaron para hacerle un homenaje, a Arturo Perez Reverte, le escribiera unas palabras para una placa, y la misma pone: «Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista». Seguro que era una gran persona del que se ha escrito mucho y que era además muy altruista, dejaba dinero a muchos de los conocidos de hoy en día para timbas interminables, como también les daba el último cigarro de madrugada cuando salían por la puerta sin un duro en los bolsillos. Nombrar a todos los escritores y artistas que el bueno de Alfonso conoció, es imposible con sus más de treinta años en el café Gijón. Y también hubo en nuestro León querido, cafés, restaurantes, hoteles… que también contaban con personajes siempre respaldados por los propietarios; eran personajes secundarios, pero que hacían una labor envidiable en los lugares de tertulia, baile… la socarronería de los parroquianos que eran los habituales dependiendo de muchas cosas, afinidades de todo tipo, y eran confidentes y amigos, entre ellos también había cerilleros, limpiabotas, vendedores de lotería… Los camareros tenían otra forma diferente de tratar con los clientes. Míticos cafés y otros añadidos como el Victoria, El Universal, El Azul, El Bambú, El Hotel París, El león de Oro, El Inglés… y otros muchos que no se quedan en el tintero ni en la desmemoria, pero hay que ir terminando. Y para cerrar, si les parece, lo hacemos con unos versos de Calderón de la Barca, en La Vida es Sueño: “En quien un mapa se dibuja atento/ Pues el cuerpo es la tierra/ El fuego, el alma que en el pecho encierra/ La espuma el mar/ y el aire es el suspiro, en cuya confusión un caos admiro/ Pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento, monstruo es de fuego, tierra, mar y viento…” Cerilleros de grandes bondades y muy humanos.
Volver arriba
Newsletter