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El nuevo viejo Genarín

El nuevo viejo Genarín

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Una ilustración de Antonio Santos que aparece en la reedición del libro de Julio Llamazares. Ampliar imagen Una ilustración de Antonio Santos que aparece en la reedición del libro de Julio Llamazares.
Fulgencio Fernández | 22/03/2015 A A
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El nuevo viejo Genarín
LNC Domingo Alfaguara publica una nueva edición de lujo del libro de Julio Llamazares
Uno de los milagros no reconocidos del santo Genarín es que siendo su biografía una de las más editadas de la literatura leonesa pronto desaparece de las librerías y vuelve a ser tarea de apóstoles localizarla. Es otro milagro no reconocido que el propio biógrafo del santo, Julio Llamazares, no sepa las ediciones que se han hecho de ‘El entierro de Genarín’, que de este libro hablamos. "Ignoro el número de ediciones que se han hecho de este libro desde la primera que se publicó en León hace ya más de tres décadas, pues alguna no llegó a contabilizarse (Ediciones Endymión, que fue la editorial que lo publicó más veces, no destacaba precisamente por su organización)".

Pues aparece una más, a ver si al fin está localizable. Llega esta semana a las librerías de la mano de Alfaguara —"¡quién se lo iba a decir al santo, siempre tan modesto!"—y dice su autor que "ésta es especial. En primer lugar, por lo que supone de resurrección de un libro que había desaparecido prácticamente del mercado junto con la editorial que lo publicaba (Jesús Ayuso, su propietario, se dedica ya hace tiempo en exclusiva a sus colmenas alcarreñas y Jesús Moya, su director y alma, navega, retirado ya de todo, entre las brumas de su vejez) y, en segundo lugar, por las ilustraciones de que se acompaña en lugar de las fotografías de siempre, obra del ilustrador y pintor Antonio Santos".

Y por lo cuidado de esta edición que llega tres décadas después de aquella primera que vio la luz en una pequeña y efímera editora leonesa, Teleno, que sólo publicó este libro y uno de Colinas, Orillas del Órbigo. Del ‘entierro’ llegó a lanzar dos ediciones (de 3.000 y 2.000 ejemplares respectivamente en pocos días. " Se agotaron en solo seis días, los que duró aquel año la Feria del Libro de León, en cuyas casetas se vendieron todos los ejemplares y eso que en un principio algunos libreros se habían negado a acogerlos ‘por su carácter irreverente e irrespetuoso’ con la religión católica del mismo modo en que el Diario de León, el mismo periódico que lo reeditaría años después junto a otros varios libros de autores leoneses para conmemorar su primer centenario, se negó a dar noticia de él porque su director entonces consideró que ‘atentaba contra la Eucaristía’".

Llamazares no quiere aceptar que la razón de esta acogida se debiera a la calidad literaria del libro pero sí reconoce que vio la luz en el momento más oportuno. "Era el año (1981) en el que se recuperaba una procesión profana que había estado prohibida desde los años 50, y la naturaleza del propio libro, en el que, junto a las andanzas y los milagros del popular pellejero, se daba cuenta de los lugares que frecuentaba, que eran los bajos fondos de la ciudad, aquellos humildes barrios del extrarradio leonés donde vivían las putas y sus frecuentadores y de los que los periódicos no solían dar noticia salvo en las páginas de sucesos. La de la muerte de Genarín, por ejemplo, yo la encontré en uno de ellos después de mucho buscarla, pues venía camuflada entre varios anuncios publicitarios".

La acogida, ya se ha señalado, fue entusiasta e, incluso, inesperada para el autor y el editor. Tal vez en ello radique la explicación de algunos hechos ‘extraños’ que el propio Llamazares recuerda, entre los que no se encuentra la anécdota de que acabara de escribirlo el tristemente histórico día 23 de febrero de 1981, cuando Tejero caminaba hacia el Congreso para secuestrarlo. "Tengo que reconocer que el libro, junto a numerosas alegrías me dio bastantes disgustos, sobre todo en los primeros tiempos, cuando en León algunas personas me acusaron de traicionar la confianza de un pobre anciano (Francisco Pérez Herrero) y de robarle su idea, pese a que fuera él el que me animó a escribirla y el que la apadrinó después en su presentación al público, sin que nadie saliera en mi defensa; ni el editor, que conocía la gestación del libro, ni mis compañeros de la Cofradía de Genarín, la mayoría de los cuales permanecieron callados mientras se publicaban cartas en los periódicos insultándome, algunas firmadas por miembros destacados de ella".

Conoció entonces Llamazares lo que él mismo llama, con expresión tomada de Flaubert, "la negra provincia", lo que le llevó a apartarse del rito de Genarín y no se ha vuelto a acercar a él pues, además, cree que el actual entierro está muy alejado de la filosofía original del mismo, la que dio origen a este libro que ahora vez la luz de nuevo y será presentado en la librería Alberti de Madrid el próximo viernes.

Pero reconoce que las alegrías que le ha dado ‘El entierro de Genarín’ pesan mucho más en la balanza que estas tristes ruindades.

Después de aquella experiencia inicial, aquel claroscuro, en Teleno, Llamazares y Genarín saltaron a Madrid, a una singular editorial, Ayuso que con el tiempo fue Endymión, y a un curioso personaje, Jesús Moya. "Esta editorial era conocida por haber introducido en España los textos marxistas fundamentales. De hecho, muchas veces le tomé el pelo a su director, Jesús Moya, veterano comunista y magnífica persona, por la circunstancia de que los dos ‘best-sellers' de su editorial fueran durante años 'El manifiesto comunista', de Carlos Marx, y 'El entierro de Genarín', tan irreverente con la religión como con las ideologías políticas".

Llamazares se mantuvo fiel a Moya pese que no fueron pocas las ofertas para reeditar El entierro de Genarín (como Seix Barral, por ejemplo) y a que jamás le cobró derechos de autor pues veía como aquella pequeña empresa iba languideciendo. "Al no hacer liquidación ignoro cuántos nuevo ejemplares del libro se pudieron sacar, aunque intuyo que fueron bastantes; diez mil o quince mil tal vez. Y eso que la distribución, después de varios desfalcos y deserciones, la hacía el director personalmente o ayudándose del servicio postal de Correos. "Moya me contaba que con los derechos que le rentaba podía editar otros libros que a él le apetecían;pero además, siempre pensé que el lugar que le correspondía a este libro, el primero mío de narrativa y el más peculiar de todos, era la marginalidad, como lo fue el de su protagonista y el de los personajes que se inventaron la tradición y la mantuvieron viva durante medio siglo, incluso en años que no se prestaban a ello".
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