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El niño que soñaba con ser capitán de la marina... y lo es

El niño que soñaba con ser capitán de la marina... y lo es

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Pablo Fernández pasea por un parque de la capital leonesa vestido de marino, uniendo sus dos pasiones, su trabajo y su tierra. | Mauricio PEÑA Ampliar imagen Pablo Fernández pasea por un parque de la capital leonesa vestido de marino, uniendo sus dos pasiones, su trabajo y su tierra. | Mauricio PEÑA
Fulgencio Fernández | 17/11/2019 A A
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El niño que soñaba con ser capitán de la marina... y lo es
LNC Domingo Pablo Fernández es capitán de Marina, su sueño de niño en Argovejo. En diez años ha trabajado en la Antártida o el Círculo Polar Ártico o la Antártida, ha buscado minas de la Segunda Guerra Mundial, ha encontrado leoneses en medio mundo...
En Argovejo no existen las puertas cerradas, un cartel del viejo Tele Club decía «Entren en sin picar». Es la filosofía de vida de este pueblo. En Argovejo se suceden las anécdotas, hay personajes irrepetibles –de Santiago a El Ministro— que propician sueños en los niños con sus historias. En este pueblo nació y creció Pablo Fernández (1982), entre sueños: «Desde que tengo uso de razón, quería ser capitán de barco. De pequeño, cuando a los guajines nos preguntaban qué queríamos ser de mayores, uno decía que guardia, otro que astronauta, y yo, capitán ¿El motivo?, ni idea. Mi tío ‘Mili’ hizo el servicio en una fragata, y traía fotos, quizás eso me llamó la atención, pero no lo sé a ciencia cierta».

Y el chaval que quería ser capitán de barco... hoy es capitán de barco, desde hace años. «Saqué el título muy jóven, con 29 años. Mi carrera ha sido un poco ‘acelerada’, y creo que es, simplemente, porque me encanta lo que hago, soy muy inquieto, cuando veo una oportunidad ‘me embarco’ (literalmente), y paso mucho tiempo a bordo. En ocasiones, en los días libres generados en un barco, he embarcado en otro, y al desembarcar del segundo, he vuelto al anterior directamente, casi sin pasar por casa». Fruto de ello es que, señala, «puedo decir no sin cierto orgullo que soy el capitán más joven que ha mandado una expedición por la Antártida cuando tenía 32 años, según me confirmaron las autoridades chilenas».

Eran otros tiempos, ahora reconoce Pablo Fernández que hay circunstancias que cambian un poco la situación. «Hice esas cosas encantado, porque tengo la suerte de que me encanta mi trabajo, pero desde que tengo los críos se hace más difícil. Al primero no le vi nacer, y me enteré de que la mujer estaba embarazada del segundo estando de camino a la Antártida». A veces se siente como aquellos pastores trashumantes de su tierra, que no veían a su familia hasta que regresaban de Extremadura, y, además, él hace su trashumancia marina mucho más lejos, a la Antártida, por ejemplo. «Te pierdes muchas cosas importantes, cosas que la mayoría de las personas quizás dan por hechas: Los primeros pasos de los hijos, las primeras palabras... También es muy duro enterarse de problemas familiares (accidentes, enfermedades...) estando a miles de kilómetros de distancia, sin poder hacer nada al respecto y además aprender a no exteriorizarlo con la tripulación, que cada uno tiene sus propios problemas, pero siempre hay que seguir adelante».

De ahí que reconozca la ilusión de los regresos, como el que acaba de disfrutar, «y a ver si puedo volver en enero o febrero, ya ves, las navidades otra vez fuera de casa».
Pero hemos navegado demasiado rápido, como la carrera de Pablo Fernández, que pese a su juventud ya lleva quince años por los mares del mundo. «Empecé como como agregado (aprendiz de oficial) en la entonces potente compañía Trasmediterranea, en un barco que iba de Cádiz a Canarias. Mi trabajo era apuntar las matrículas de los camiones que entraban y salían, y llevarles cafés a los oficiales...».

- Los comienzos siempre son duros.
- No creas. Te puede sorprender, pero me lo pasé tan bien, y disfruté tanto, que después de estar 7 meses metido en el barco, cuando desembarqué, lloré como una magdalena. Me fui con pena, dejaba amigos, casi casi familia podría decir, pero me valió para saber que eso era ‘lo mío’.

Noruega fue el siguiente destino, a terminar la carrera náutica, «y sacarme unas especialidades que no se daban (ni se dan aún) en España, y conocí un tipo de barcos que ni sabía que existían, y en los que he desarrollado desde entonces casi toda mi carrera profesional».

Una carrera llena de nuevos hitos, casi a diario. «Era 2009, ya con el título de oficial bajo el brazo, participo en la construcción de un barco en Noruega, y comienzo como oficial de derrota (el que traza las rutas, prepara las cartas de navegación, etc) en el Mar del Norte», del que añade una bondad muy propia del humor de Argovejo: «Un muy buen sitio para adelgazar por la vía rápida».

El siguiente paso le lleva al que define como el barco más impresionante que he pisado. «Era un barco noruego, con parte de la tripulación española, el Boa Deep C. Estuve cerca de 4 años a bordo de él, y de recuerdo, en León guardo una placa con su ‘matrícula’ (ECDE)». Regresa a España en 2014 para entrar en Salvamento Marítimo, como 2º oficial. «Al cabo de apenas 3 meses asciendo a 1º oficial y le destinan a su ‘buque insignia’, el Clara Campoamor, con base en Cartagena.

En 2016 toma el mando del Sarmiento de Gamboa, el buque oceanográfico del CSIC, donde el leonés participó en uno de los proyectos que le han dejado huella, capitaneó la expedición a la Antártida, «siendo la primera vez que un buque no militar, ‘inaugura’ la temporada de las bases antárticas».
- ¿Cómo fue aquella experiencia en la Antártida?

- Viví cosas muy bellas y otras no tanto, claro, pero dependíamos del CSIC. Entre lo más bonito está la ceremonia de entrega de la bandera a la base Gabriel de Castilla, fue uno de los momentos más emotivos que he vivido laboralmente. Cuando le doy la bandera al comandante de la base, se da por finalizada la fase logística y de aprovisionamiento, y comienza la operativa. Creo que esa bandera sigue ondeando allí.

Soy el capitán más joven en mandar una expedición por la Antártida, cuando solo tenía 32 añosY el último paso, un nuevo destino, está reciente, de 2018, en él sigue, después de un tiempo navegando en buques mercantes por Europa y África. «Me ofrecen tomar el mando del primer buque español de operaciones submarinas. Es un proyecto muy muy atractivo, que no podía dejar pasar. Se trataba de un antiguo barco inglés, recién adquirido. Había mucho trabajo por delante, una remodelación completa, y devolver el barco a ‘la vida’ tras llevar un largo tiempo parado en Inglaterra y ya está plenamente operativo. Hasta el nombre esevocador: Nautilus. Es el barco más potente y capaz que he tenido el placer de mandar».

- ¿Qué hace, que se pueda contar, el Nautilus?
- Diferentes misiones. Por ejemplo, una de las últimas, ha sido buscar minas de la segunda guerra mundial en el Mar del Norte, para indicar por dónde se podría hacer un tendido de cable submarino. Un trabajo muy interesante, que se sale de lo común.
- Y si repasamos su aventura marina; ¿qué lugares han sido los más interesantes?
- Pues los dos extremos del planeta. Con el Boa Deep C estuve en el Círculo Polar Ártico. Tener la oportunidad de ver una aurora boreal allí, aunque estés a -30º, no se paga con dinero. Y la Antártida, claro, es tan, tan bonita, y tan frágil que sólo con mirarla al llegar, a uno se le empequeñece el corazón.
- ¿Algunas misiones?
- En 2010 participé en el sellado de la mayor fuga de crudo del mundo, tras la explosión de la plataforma Deep Water Horizon en el golfo de Méjico. Tras una operación en la que se juntó el mayor número de barcos desde el desembarco de Normandía, fuimos nosotros quien cerramos la fuga. Nos dijeron que si hubiésemos sido americanos, nos hubieran recibido con honores, música y medallas. No lo somos, así que gracias, y a seguir navegando. Y otra recordada fue en apagamos el fuego del ferry Sorrento, que ardió mientras iba en ruta de Palma de Mallorca a Valencia. No hubo ni una sola víctima pese a que el barco se calcinó por completo. Puede resultar curioso, pero pese a contar con toda el agua que quieras, no es fácil apagar un fuego en un barco. Si te pasas con el agua, lo puedes hundir, y ser peor el remedio que la enfermedad...
- Una última cosa, ¿es cierto que siempre aparece un leonés donde menos te lo esperas?
- Seguro. Y lo constato. Por ejemplo, ya que Pedro Mancebo —un saludo desde aquí— me citó en una entrevista que le hiciste yo también le recuerdo en Angola. El ex secretario de la embajada española en Oslo también es leonés, y algo que me dio mucha mucha rabia: Una vez, en un barco, cerca de Dinamarca, oí por radio hablar a otro barco, y se le notaba que el acento era español. Cuando terminó su comunicación, le llamé por radio, y nos pusimos a hablar, y el otro oficial de aquel barco también era leonés. Lo malo, que al irnos alejando, se cortó la comunicación, y no la pudimos retomar. Al menos, pensé: vaya, ¡no soy el único!
- ¿Y Valentín Carrera?
- Un viejo amigo. por mucho que se autodenomine berciano, no puede negar que es un cazurro (en el mejor sentido de la palabra). Le guardo mucho cariño. Después de dejarle en la Antártida, volvimos a vernos en Galicia, y en León capital. Tiene pendiente conocer Argovejo. Díselo, a ver si a ti te hace caso.
- De nuevo Argovejo, ¿qué es para el niño que quería ser marino este pueblo de tierra adentro?
- Mi lugar en la tierra. El sitio donde mejor estoy, donde al salir por la puerta, en vez de ver un felpudo marrón, piso hierba que pisa mi padre, pisó mi abuelo, pisan mis hijos y confío que pisen mis nietos. Donde, si fuera posible, me gustaría vivir.

Si viviera Santiago te ponía mar. De momento cuando regreses te dirán lo suyo: «Entren en sin picar».
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