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El menosprecio de la cultura

El menosprecio de la cultura

OPINIóN IR

14/09/2020 A A
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El menosprecio de la cultura
Yo comprendo que nos preocupe lo inmediato, lo cercano, lo nuestro. Nuestra comida, nuestro salario, nuestro descanso, nuestra salud, nuestra gente. A la luz de la globalización, parece una quimera: todos debemos seguir a los liderazgos que algunos se atribuyen, ya sea por su posición económica o mediática, o por ambas (la posición política es ya, demasiadas veces, una posición mediática). No hay elección, pues el hecho local, como lo concebíamos en el pasado, apenas existe. En contra de esa globalización se han alzado nuevas rebeliones individuales, con un resultado, a menudo, también globalizador: en esencia, nos invitan a pensar como los nuevos líderes, a seguir fielmente las propagandas y a aceptarlas sin rechistar.

Yo soy universalista, pero creo mucho en el localismo verdadero, el del huerto y así. Perdonen el atrevimiento. Una parte notable de la respuesta contemporánea a lo que llaman la dictadura de las elites (y suelen añadir: elites intelectuales, para más inri) consiste en convertirnos en seguidores de la simplicidad, cuando no de la tontería. Algunos líderes han alumbrado (es un decir, porque para alumbrar hacen falta muchas luces) una nueva teoría tan globalizadora como la globalización propiamente dicha, con la que pretenden integrar a todos los que abominan de la profundidad del conocimiento. Los que propagan el encanto que tiene la simpleza para las masas han devenido ahora en globalizadores de la estulticia, o al menos de la simplificación, extendiéndola y sembrándola a manos llenas, con esos artificios tecnológicos tan prácticos hoy en día, las redes sociales. También con algún libro, pero, claro, mucho menos. Los libros son también culpa de las elites intelectuales, supongo, así que mucho mejor dirigir la sociedad a golpe de tuits.

La gran trampa contemporánea consiste básicamente en destruir a esas elites intelectuales, y ya, de paso, poner en cuestión el conocimiento científico. No hay mejores aliados que el miedo y la angustia, que han dominado la vida de los hombres desde que el mundo es mundo. Ahora, aprovechando que se puede llegar con gran facilidad al gran público, se construye un entramado de mensajes que se parece mucho a la propaganda, a la publicidad de cualquier producto. Lenguaje e imagen se alían para suplantar el concepto de profundidad, sustituyéndolo por el diseño mediático. Se dice que Trump siempre ha preferido esa forma de democracia directa, digámoslo con humor, que consiste en llegar al lector sin intermediarios: da lugar a situaciones grotescas, es verdad, a frases risibles, pero para muchos son verdades muy verdaderas, y producen la sensación de que te hablan a ti, personalmente, como sucede, en efecto, con la publicidad. Los anuncios comerciales son para todos, pero para que funcionen deben tocarte de cerca, hablarte como si fueras su único y preferido destinatario. Ya sabemos, claro, que hoy todo está en manos de ‘influencers’, especialistas de márquetin político, etcétera. Hasta los mensajes más simples y banales, como esos que propala la nueva globalidad, están cocinados en el laboratorio.

Mal negocio, por tanto, sustituir una globalidad por otra. Pero si el propósito es conservar el poder sobre la gente, es obvio que no puede ser de otra forma. Sembrar dudas sobre la importancia del conocimiento y la complejidad de la sociedad es un truco efectivo, porque otorga a todo el mundo una sensación de que ha desenmascarado por fin a los que le vedaban el conocimiento verdadero con triquiñuelas culturales o intelectuales, cuando todo es claro y palmario, maniqueo y obvio, bueno o malo, blanco o negro, como parecen asegurar en el colmo de la simplicidad los defensores de esa nueva forma de gobernar el mundo. Es decir, la cultura pasa a ser considerada como enemiga, algo que no es raro, por ejemplo, en los regímenes dictatoriales, salvo por lo que se refiere a aquellos elementos, reales o inventados, en los que esos regímenes se sustentan. ¿Para qué pensar, si ya otros lo hacen por ti? ¿Para qué pensar, si ya nos distribuyen a domicilio las frases correctas, indiscutibles, las verdades absolutas, como se distribuyen hoy tantas cosas, sin que tengamos que hacer prácticamente nada?

Esto último, el ‘no tener que hacer prácticamente nada’, es, creo, el origen del verdadero mal. Las ideas, por superficiales y pobres que sean, han pasado a estar empaquetadas de la misma forma que los productos de consumo, o los mensajes comerciales, y utilizan, además, sus mismos recursos para convencer a la población. Hay una globalización del márquetin, del envase, del eslogan, que pretende adhesiones mayoritarias e inquebrantables, siguiendo, no los parámetros del conocimiento y el análisis, sino el gusto pueril por la coincidencia superficial, la creación de modas mediáticas o necesidades de diseño, la búsqueda de la satisfacción inmediata a través del reconocimiento tan multitudinario como simplista (me gusta / no me gusta), o a través de esa sensación de pertenecer al grupo que sigue ‘lo correcto’, lo que está en la pomada, lo que se reconoce como moderno, etcétera.

En el fondo de todo esto, está lo de siempre. El menosprecio de la cultura. El miedo al conocimiento. La facilidad de manipular nuestras vidas desde la simpleza o desde la banalidad, ese lugar que lo resiste todo. Lo grave es que esta lectura del mundo, aunque felizmente contestada, se multiplica a través de veloces recursos, mucho más veloces, me temo, que la lentitud que exige una buena reflexión. Y, en la batalla electoral, no faltan líderes que descreen de la superficialidad y del pensamiento (es un decir) anticultural, y que sin embargo caen en ellos, a la hora de competir por los votos. Nada diferente a la batalla por instalar con ventaja una marca, o un producto, en el mercado.

En este momento de gran transformación, en el que el tema central es la supervivencia del planeta (todos los demás asuntos son subsidiarios de este gran asunto que marcará el futuro) convendría recuperar el lenguaje y colocar de nuevo la profundidad de pensamiento en primer plano. De no hacerlo, corremos un grave peligro. Esta sucediendo ya. Lo vemos cada día. No sólo la cultura nos da más armas para sobrevivir como país (un país que menosprecia la cultura está condenado a la irrelevancia), sino como seres humanos. La identidad local no se enfrenta a la global, sino que se inscribe en ella. Pero debe hacerlo desde el conocimiento tranquilo, no en el lenguaje hueco que se amasa de forma industrial para el consumo de incautos.
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