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El mendigo y La Condesa

El mendigo y La Condesa

OPINIóN IR

16/08/2020 A A
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El mendigo y La Condesa
El título de esta columna podría identificarse con uno de esos novelones rusos de principios del siglo pasado, pero sus pretensiones son mucho más modestas. Alude a un conocido centro de salud y a un mendigo madrugador asentado en sus inmediaciones. A las ocho de la mañana, bajo la sombra fresca de los árboles que flanquean el paseo homónimo, no ves a demasiados leoneses, salvo los típicos ociosos, rentistas y funcionarios con cara de malas pulgas. El mendigo, con las manos a la espalda y bien embozado (a diferencia de algunos peatones, que llevan la mascarilla a modo de barboquejo), camina arriba y abajo en un espacio sucinto, mirando de reojo el vaso de papel (a esos niveles ha llegado el minimalismo de nuestros días) donde brillan un par de monedas. Levanta la cabeza para ver a los privilegiados que, por fin, han conseguido cita con el especialista y debe preguntarse para qué tanto operario tomando la fiebre y separando en plan castrense a los ciudadanos. Esperan con paciencia, quizá barruntando quién les tocará en suerte, pues en La Condesa, con su aire de igualatorio franquista, algunos profesionales te exploran con una indolencia desdeñosa, sin entrar en consideraciones sobre su talento ni su humildad. Lo que ignora el mendigo, y seguramente los que guardan cola, es que están siendo testigos, a lo mejor como en un dramón ruso, del fin de una época, esa donde la sanidad española era tenida por la mejor del mundo y sus clientes, fuesen ricos o pobres, eran atendidos con diligencia razonable. Lo que tampoco saben es que de todos esos millones que han prometido desde Europa, a ellos nos les va a llegar ni un mísero duro, porque la mitad habrá que devolverlos con intereses y la otra mitad se perderá en la densa maraña burocrática que, desde Bruselas a los despachos de Valladolid, tiene organizada una Administración inoperante y monstruosa. Por eso, en esta mañana titubeante de agosto, donde ya se insinúa el temblor luminoso de un otoño impredecible, igual era preferible dar al mendigo una ocupación civil, una que consistiese en denunciar a los numerosos gilipollas que pasan sin tapabocas, cinco euros por infractor, porque será la única manera de que ese maná que se supone va a sacar de la miseria a miles de españoles alcance realmente su bolsillo. Respecto a los que velan por nuestra salud, que paguen a los que se lo curren.
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