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El hilo invisible

El hilo invisible

EL BIERZO IR

El hilo invisible.  | Casimiro Martinferre Ampliar imagen El hilo invisible. | Casimiro Martinferre
Casimiro Martinferre | 29/06/2015 A A
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El hilo invisible
Territorio. Capítulo 39. "Con un amable gesto, la diminuta dueña invitó a entrar, dijo tener remedio para todo tipo de dolores. La enorme cocina estaba atestada de estanterías, cacharros, atados de yerbas"
quella mañana un martilleo atronaba la cabeza, parecía aprisionada bajo el yunque. Supongo estaba liberando las endorfinas, o los estrógenos, o lo que sea de un orujo aborigen, macerado con arándanos, espeso y rojo como la sangre. Para mayor calvario, la pernocta había sido incómoda dentro del coche. Sirvió de almohada la rueda de repuesto, en una atmósfera alucinógena, cargada por un escape de gasolina.

Vagamente, suponía dónde estaba. En el límite del territorio, en algún punto de la divisoria, donde las aguas corren a mares diferentes. El día antes, desde una cumbre, había divisado el arco opalino del Cantábrico. Aquí se respiraba magia, flotaba como polen, se columpiaba en el aire e invadía al espectador. La premonición, los encantamientos, la hechicería, podían tocarse, podían tocarse cuando las emociones desplazaban al juicio.

Un caserón a las afueras, de estructura monolítica, levantado para aguantar veinte generaciones. Indemne al paso de las edades. Lazaba la atención con un hilo invisible que iba atrayéndote a sus muros. Un instante antes de dispararse el obturador, en el pesado portón de madera y fierro asomó una mirada, aún más curiosa que la del fotógrafo. Sin mediar palabra, chirriaron los goznes y el paso quedó franco. Con un amable gesto, la diminuta dueña invitó a entrar, dijo tener remedio para todo tipo de dolores. La enorme cocina estaba atestada de estanterías, cacharros, atados de yerbas. Tomé asiento en el escaño de tablones renegridos, bajo una campana de humos que ocupaba la mitad de la estancia. Se me subió al regazo una preciosa gata blanca, combó el lomo, me lamió la nariz. La risueña anfitriona, de mirada sagaz, ofreció un tazón humeante. Le miré a los ojos, queriendo averiguarles la profundidad, pero bebí sin pestañear. A cada sorbo la jaqueca remitía, iba sustituyéndola el sopor.

Cleopatra también bostezó, después brincó hacia la oscuridad, casi fundiéndose en ella. Sin haberse disipado su blancura, volvió a acentuarse poco a poco hasta reaparecer en forma de muchacha, con la piel más nívea que pueda imaginarse. No recuerdo más.

Salí reconfortado de entre aquellos arcanos paredones, sin el dolor de cabeza, y asimismo sanó una pudenda urticaria heredada un mes atrás. Poco más acude a la memoria, a propósito de la foto. Praderas chorreantes, jirones de neblina en la selva, los restos de una fortaleza, el graznido de las cornejas.

Puede ser una secuela ajena al caso, aunque sospecho lo contrario. No fue hasta bien entrado el invierno que descubrí, ante el espejo, un tenue círculo bajo la piel del brazo. Una especie de antojo en el que nunca había reparado, con forma de serpiente mordiéndose la cola. Y, para contar entera la verdad, hay otro detalle que aún hoy sigue generando pesadillas. Además del bebedizo, me aplicaron pomada, excuso detallar dónde. Por muy curativa que fuera, los miedos nacen de ignorar quién la untó, si la anciana o la pupila.

Bierzo, septiembre de 1989


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