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El fútbol y la vida: instrucciones de uso

El fútbol y la vida: instrucciones de uso

OPINIóN IR

21/06/2021 A A
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El fútbol y la vida: instrucciones de uso
No es que yo sea muy futbolero, ni todo lo contrario, pero comprendo que mucha gente pueda encontrar en ese universo de pelotas una forma de salir de la monotonía, o de la cruda realidad cotidiana, aunque sea a costa de introducirse en otra realidad, mayormente inventada, una especie de planeta particular con sus propios discursos, debates, titulares y noticias bomba. Quiero decir que el fútbol no me parece ni bueno, ni malo, ni mediopensionista, como tantas otras cosas de la vida, sino que está ahí, como diría el otro, lleva ya mucho tiempo, y aunque persiste esa idea de que sólo es un entretenimiento, o el nuevo (no tanto) opio del pueblo, o una versión contemporánea mucho menos cruel del ‘panem et circenses’, lo cierto es que yo respeto mucho el ocio de los demás, pues el ocio ha de respetarse tanto, al menos, como el negocio.

No me parece mal, ya digo, que el fútbol sirva de alivio rápido para las vidas particulares, aunque no saquemos más tajada de ello que una alegría pasajera (y, en el caso de los aficionados de equipos no tan punteros, mucho sufrimiento: aquí en León estamos más que acostumbrados a todo eso).

Por más que sea denostado y glorificado cada día, según a donde mires, este espectáculo fundamentalmente televisivo (es un rito catódico) tiene mucho de parque para adultos, de olvido de los asuntos más graves, de tal forma que es en su ingravidez y supuesta irrelevancia, en ese carácter liviano de lo que no nos va ni nos viene, donde reside precisamente su grandeza, o, al menos, su capacidad de aliviarnos de los dolores cotidianos.

El fútbol puede estirarse eternamente como el chicle. Y todos podemos debatir sobre él sabiendo o sin saber, tanto da, porque es en la refriega y en la inutilidad de ese debate donde reside su capacidad terapéutica. No olviden nunca discutir sobre cosas poco trascendentes: son las que de verdad ayudan.

En general, conviene abandonar tanta severidad. Vivimos un tiempo extremado, como siempre decimos, en el que las redes muestran como se lleva la lucha de contrarios, que flota en la atmósfera a todas horas. Es algo muy agotador, pero parece que tiene éxito. El fútbol no soluciona el mundo y esa es una de sus virtudes. La política, por ejemplo, que también se ha incorporado, al menos catódicamente, a la categoría de los entretenimientos y morbos contemporáneos, tiene en su contra ese elemento de excesiva realidad. Por eso el entretenimiento de los debates políticos es relativo. Terminan afectándonos. Nos tocan, lo que sea, de alguna manera.

Los debates políticos, aunque tantas veces parezcan inútiles o artificiales, no tienen esa levedad que desprende una discusión bizantina sobre el contrato de este jugador o de aquel (ese nuevo arte para marear perdices), o los laberintos de los fichajes, o el porqué del VAR, que nos recuerda que la tecnología dirigirá pronto todos nuestros pasos. Nada se escapa a la mirada del Gran Hermano: si ya no puede ser dudoso un fuera de juego o un penalti, qué nos queda. Si ya no hay lugar para la ambigüedad, dónde está el disfrute.

Ya imaginarán que hago estas reflexiones influido por la persistencia de la Eurocopa, que, haciendo una gran pirueta en sus programaciones, oh fortuna, nos ofrece Mediaset. La casa está invadida por partidos en abierto de las selecciones nacionales, la mayoría muy conocidas (son europeas, o sea) y ese ambiente de decepción que, salvo en lo de Iniesta, tanto nos caracteriza. Sé que aquí estamos curados de dolores y decepciones deportivas: venimos de donde venimos, y mucho me temo que vamos a donde vamos.

La Eurocopa no es el Mundial (otros prefieren la batalla de los clubes, que les parece más divertida) pero al menos habrá alegrado a algunos en el final de la pandemia, si es que es el final de la pandemia. ¡Hasta que llegó Morata!, quizás escucho en este momento a mis espaldas.

No, no es bueno señalar... El fútbol tiene su dosis de azar, como la vida. Y las cosas, también como en la vida, no salen a veces como se quiere. Y lo mejor es que se puede discutir sobre ellas como si fueran trascendentales, sin serlo. No me digan que no es un gran alivio. Lo intrascendente debería estar más valorado, porque no somos Atlas para llevar el peso del mundo siempre sobre los hombros. El fútbol ofrece su planeta para desprendernos de la realidad. Aunque sea por un instante. Aunque sea, también, una impostura.

Estos días he escrito por ahí que hay que aprovechar todo lo que nos distraiga de la crudeza cotidiana. Esa crudeza no deja de aumentar: crece como la maleza de las fincas. Quizás Luis Enrique, subido en su andamio como el dios que dibuja geometrías, nos libere sin pretenderlo, o pretendiéndolo, de todos los males que de verdad importan.

Como dicen los futbolistas (ah, ese inenarrable territorio narrativo de la zona mixta…) lo bueno del fútbol es que te ofrece cada vez una nueva oportunidad: ¡incluso de volver a perder! No hay queja. Es como la vida misma. ¿No es la vida acaso una hermosa sucesión de derrotas? Lo dijo muy bien el filósofo Simon Critchley, al que también me he referido otras veces (es el autor de ‘En qué pensamos cuando pensamos de fútbol’, Sexto Piso): «el fútbol es una mezcla de deleite y asco». ¿No les sirve como descripción de la vida misma? A mí sí.

Hay quien cree que el fútbol va en serio, lo que complica el relajamiento, y que incluso es una metáfora, no ya de la guerra (eso está muy manido), sino de las relaciones políticas y de la diversidad cultural. Bueno, si nos ponemos a analizar… Nunca me olvido de cómo Mandela salvó a su país con el rugby. Los que han leído a John Carlin y conocen ‘Invictus’ saben de lo que hablo. Así que no desdeñen la diplomacia del fútbol, signifique lo que signifique.

Es algo parecido a lo que contaba el sábado el filósofo Wolfram Eilenberger en ‘El País’. Cada vez hay más filósofos hablando de fútbol (y no me refiero a los entrenadores-filósofos, que también los hay…). Eilenberger, como algunos escritores, han metido el fútbol en la alta cultura, al afirmar, como hacía él el sábado, en su recomendable artículo ‘La mejor versión de Europa’, que la Eurocopa (y el fútbol) «encarna la excelencia del espíritu liberal europeo».

No, no se mesen los cabellos. Puede ser cierto: ¿ofrece la política una lectura mejor? «La Eurocopa nos conecta (…) con nuestras fronteras culturales y nuestras artes, (…) subraya la diversidad prenacional del continente y su apertura geopolítica al Este». Háganme caso: valoren esa opinión. Hasta Inglaterra volverá a Europa durante unas horas, con la final en Wembley. Y puede que esa noche se percate de su enorme error histórico. O tal vez no.
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