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El fotógrafo que me hubiera gustado ser

El fotógrafo que me hubiera gustado ser

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| 30/11/2020 A A
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El fotógrafo que me hubiera gustado ser
Tribuna Por Agustín Berrueta
Creo que todos los aficionados a la fotografía, incluso los profesionales (al menos en sus comienzos), hemos fantaseado alguna vez con ser tal o cual fotógrafo famoso al ver sus fotografías en una revista, en un libro o en una exposición. ¿Quién no ha dicho en alguna ocasión: «¡Qué buenas fotos, qué pasada! ¡Cómo me hubiera gustado haberlas hecho!»? Supongo que todos lo hemos dicho alguna vez, al menos, ya digo, cuando empezábamos a hacer fotos. En mi caso, más que ser un fotógrafo en particular, sí que he deseado haber hecho muchas fotografías ajenas, aunque fueran de estilo y temática tan dispares como sus autores. Podía ser un retrato de Richard Avedon o de Irving Penn, un bodegón o un desnudo de Mapplethorpe, una instantánea de Doisneau, una puesta en escena de Helmut Newton, un chiste canino de Elliott Erwitt o un autorretrato abstracto de los que se hace Minkkinen. Durante años estuve abducido por las naturalezas muertas de Tony Catany y, al mismo tiempo y con igual atracción, por los faranduleros personajes de Alberto García-Alix. Me siguen asombrando tanto las fotos costumbristas de Cristina García Rodero como los sofisticados montajes de Chema Madoz. En resumen, ¿a quién no le gustaría haber hecho la foto de los seminaristas jugando al fútbol de Ramón Masats? Pero sí que hubiera querido ser alguno de ellos en ciertos momentos de su vida. ¡Cómo no envidiar los días que David Douglas Duncan convivió con Picasso! ¡O los momentos que Robert Freeman compartió con los Beatles y, encima, firmar la portada de algunos de sus discos! Imposible no desear haber estado en su lugar en esos momentos precisos junto a personajes tan extraordinarios.

En todo caso, puestos a elegir, sí que me hubiera gustado ser un fotógrafo en concreto, aunque no precisamente por las fotografías que hacía; en realidad, lo que más admiro de él es el tipo de vida que llevó. Y no lo digo (sólo) por los lugares exóticos que conoció, los personajes históricos que trató o las bellísimas mujeres con las que se relacionó (que también por todo eso, oye, que uno no es de piedra), sino por su personalidad independiente, por la elegancia natural que desprendía y, sobre todo, por ese toque de artista que lo diferencia de todos los demás fotógrafos de moda, de reportaje o retratistas, que todo eso y más era él. Lo que más me fascina de su obra no son sus fotografías propiamente, sino los innumerables diarios y cuadernos de viaje que, con la técnica de collage, convertía en auténticas y personalísimas obras de arte yuxtaponiendo textos, dibujos, fotos, recortes, plantas, insectos y objetos encontrados, emplastados con trazos de tinta y sangre de animales o de su propia cosecha (cuando le estaban operando le pidió al cirujano que le guardase su sangre en tarros).

Su vida fue una combinación de aventurero intrépido, artista bohemio y playboy con glamour; no por casualidad alguien lo definió como «mitad Tarzán, mitad Lord Byron». Me estoy refiriendo a Peter Beard, y puede que su nombre no sea muy conocido ahora porque, aunque vivió años de éxito y fama mundial, hace ya veinte años que vivía retirado en Montauk, estado de New York, muy lejos de su querida África. En este año de tantas desapariciones, nos llegó la noticia de su muerte, que fue tan singular como su vida: a finales de marzo, en plena pandemia que nos devora, desapareció de su casa y encontraron sus restos, casi irreconocibles, veinte días después en un bosque cercano. Beard tenía 82 años y padecía demencia. Quizá, llevado por un delirio, se adentró en la espesura para enfrentarse otra vez a aquella elefanta que lo embistió y lo envió al hospital más muerto que vivo. Pero a mí me gusta pensar que, al contrario, en un momento de lucidez se escapó para elegir la manera y el lugar donde quería morir, como hizo la anciana de ‘La balada de Narayama’.

Me hubiera gustado llevar la vida de Peter Beard, e incluso su muerte, aunque me temo que cuando me llegue la hora no tendré las fuerzas necesarias para subir a la montaña que amo y donde quiero quedarme para siempre, ya hecho cenizas (hecho polvo ya me quedo ahora cada vez que subo). Tendré que conformarme con esperar sentado en el chiringuito al lado del río y contemplarla desde lejos mientras apuro el penúltimo culín de sidra, cagunmimantu. ¡Salud, Tarzán, gallu!
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