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El Ferroviario de León: el barrio de los obreros de hierro

El Ferroviario de León: el barrio de los obreros de hierro

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Las columnas que se conservan del vallado de Caminos del Norte. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Las columnas que se conservan del vallado de Caminos del Norte. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 22/03/2019 A A
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El Ferroviario de León: el barrio de los obreros de hierro
Exposición El Barrio Ferroviario de León es la suma de otros, La Vega, el Crucero... el Trasval. El barrio obrero por excelencia al que se rinde homenaje en una exposición en la Casa de Don Valentín y se ‘inauguran’ las dos columnas que se salvaron del vallado artístico de los Caminos de Hierro del Norte
Pocos barrios tendrán el privilegio de haber sido «definidos» por el, seguramente, poeta más premiado de la literatura española, Antonio Gamoneda. El Barrio Ferroviario de León sí pues su vecino el citado escritor, quien recuerda a su madre cosiendo en la máquina Sínger desde el amanecer, a la luz de la ventana, en su modesta casa del Crucero. «De la estación del ferrocarril salían los militares y allí llegaban los presos y eran llevados en cuerdas a San Marcos, que era el campo de concentración leonés. Nosotros, al llegar a León, nos establecimos en el barrio obrero del Crucero. Allí, desde un balcón, mis ojos de niño tenían un observatorio privilegiado». Y desde ese observatorio dibujó su barrio del Crucero, «dentro de una complicada segregación de pequeñas carreteras, vías ferroviarias, huertos y pedregales. Una vecindad de maquinistas, guardafrenos, temporeros de la azucarera y labradores de la Vega».

Un mundo que crecía alrededor del tren y sus obrero, que lindaba con los labrantines de la Vega y que fue recibiendo a las pocas industrias que la ciudad acogió: la Azucarera, Elosúa, Abelló o la jabonera...

Un barrio obrero de manual, al que llamaban El Trasval y era el Barrio Ferroviario pues el tren fue el motor y aquel mismo tren trajo a la ciudad a miles de trabajadores: a los talleres de vagones, locomotoras, servicios auxiliares, maquinistas, revisores... llegó una ingente población, emigrantes de la provincia y de regiones próximas, aquellos obreros de hierro para duros oficios.

El tren impuso su nombre. Se olvidó el Trasval y nació el Barrio Ferroviario, aquel que giraba en torno a una empresa de largo y pomposo nombre: Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, de la que pocos vestigios quedan, entre ellos dos columnas del antiguo «vallados artístico», que han sido restauradas por las brigadas municipales y ahora muestran su nueva cara dentro de los actos de ‘Homenaje al Barrio Ferroviario’, que se completa con una exposición en la Casa de Don Valentín, que inauguró con asistencia de las autoridades municipales y el concejal Eduardo Tocino, que en este caso «es especial» pues tiene sangre ferroviaria y creció escuchando de su padre las historias del lugar, «como cuando los chavaletes pinchaban los fudres de vino que transportaba el tren para tomarse a escondidas unos tragos».

Un homenaje al que fue el barrio obrero por antonomasia, en el que puedes aún hoy oler a hierro, escuchar en bares —como El Ferroviario— hablar del «transportador de grados para las manivelas de las ruedas motrices de las locomotoras de vapor», que te hablen de la azucarera como la empresa que se instaló en la finca de Ramón Calabozo, que los solares de Picón, hacían las veces de campos de fútbol para las niños del Crucero que hacían sus porterías con piedras...

Y es que en el Trasval, detrás de la ciudad, todo tiene nombre y cada nombre remite a una historia. Será muy difícil que no salga a relucir el nombre de Buenaventura Durruti, que fue ferroviario y sigue siendo este sector uno de los más combativos en cuanto a derechos laborales, incluso un descendiente del mismo nombre sigue en el barrio y sigue siendo un activo defensor del mundo del tren; de Gamoneda ya hablamos, también citarán a uno de los ministros que mejor recuerdo dejó después de su paso por el Gobierno, José Antonio Alonso, al que todos llaman Toño...

Pero hay muchas más historias con nombres más comunes: El Plus, que era tornero y monitor de la Escuela de Aprendices lo dejó todo para montar el bar El Pacífico; Julio Fernández, al que todos llaman El Navero, sobrevivió al terrible accidente de Torre del Bierzo para morir atropellado años después por un modesto Seat 600...

Todo tiene nombre en estas historias del barrio de los obreros de hierro, por eso el lugar más apropiado para homenajearlo debe ser la Casa de Don Valentín, aquella que ardió una noche y levantó a toda la ciudad.
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