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El día de las alabanzas

El día de las alabanzas

OPINIóN IR

03/12/2020 A A
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El día de las alabanzas
Dice mi amigo Abraham, guardia civil y jugador de pádel, que a ver cuándo le dedico un homenaje en el periódico. No pongo en duda su valía como picoleto, con la raqueta la verdad es que sí, pero ya le aviso que el modo más efectivo para alcanzar los elogios en prensa suele ser el de pasar a mejor vida. Y es que para ser alabado no hay nada como lo de morirse. Uno puede ser el mayor cocainómano y putero, que no quita para que tu país decrete tres días de luto oficial o para que le pongan tu nombre a un estadio.

Nuestra sociedad, en su cuadro de paciente pluripatológico, ha desarrollado un TOC a los homenajes póstumos y es habitual que los aplausos solo lleguen cuando quien es merecedor de ellos ya no los pueda escuchar. Si ya lo dicen los paisanos de mi comarca: ‘que Dios te libre del día de las alabanzas’.

Si los méritos se hacen en vida, tiene lógica que los reconocimientos a estos también. Especialmente chirriantes son aquellos homenajes con el cuerpo todavía caliente, como ese del estadio del Nápoles a Maradona o, hace algunos años, el del aeropuerto de Madrid a Suárez. Si entramos en el terreno local, por nuestra particular sensibilidad ante el mérito ajeno, harían falta varias páginas para listar a todos esos leoneses ilustres que solo comenzaron a serlo a partir del día de su entierro.

No sé a vosotros, pero a mí cada vez me da más coraje el tsunami de sentidos obituarios que nos inunda siempre que un rostro conocido fallece. Puede uno sentir cierto cariño o admiración por Kobe Bryant, Pau Donés o Sean Connery, por citar ejemplos recientes, pero termina por no brindarles un humilde recuerdo ante la pereza que da esa romería de juglares cantando sus gestas en redes sociales. Por ello, esperando que se retrasen por muchos años sus días de las alabanzas, aprovecho estas líneas para dar un aplauso a Joaquín Sabina, a Irene Villa y al mago Tamariz. También, que nunca se sabe, para declarar mi amor a Ester Expósito y mi devoción a Raúl González Blanco. O, por llevarlo a lo leonés, a Julio Llamazares, Leo Harlem y Pedro Baños.

Ellos y otros muchos. En especial, esos ídolos que todos tenemos camuflados en lo cotidiano y con los que compartimos mesa en el trabajo, en el bar o en el salón. Compañeros, amigos y familiares que se merecen nuestro reconocimiento cuando todavía les tenemos caminando a nuestro lado. También a Abraham, venga... gran guardia civil y pasable en eso del pádel. A todos ellos y a vosotros que estáis leyendo esto: ¡que Dios os libre del día de las alabanzas!
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