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El culto al 'maligno'

EL BIERZOIR

El ‘demín’ de Paraxís es el único demonio en la Península que se venera. Ampliar imagen El ‘demín’ de Paraxís es el único demonio en la Península que se venera.
Marcelino B. Taboada | 19/03/2017 A A
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El culto al 'maligno'
Tradiciones y Leyendas Desde Prisciliano pasando por el 'Demín' de Praxís o la sierpe de Montes, a los rituales del Campo de las Danzas, el Bierzo da para mucho en materia del «maligno» y su historia
En este mes de agosto pasado, precisamente, se presentó en el MARCA de la Villa del Cúa (Cauca, en una de sus múltiples denominaciones antiguas) el libro titulado “Prisciliano del Bierzo”, que ha escrito Aniceto Núñez y al que recuerdo hace años en su calidad de profesor de Filosofía y, a la vez, jefe de estudios (director en funciones en ese justo curso) del I. E. S. Gil y Carrasco de Ponferrada. Si algo caracteriza al personaje sobre el que versa el volumen es su fama de ‘contestatario’, hereje declarado y que sería ejecutado – tras su condena firme – en el año 385 de nuestra era cristiana. Además, ejerció su papel de «azote» de Obispos y Papas corruptos así como de otras altas dignidades o autoridades jerárquicas eclesiásticas.

Situemos, por tanto, la cuestión a tratar: en el período anterior al comienzo de la Edad Media dos tendencias pugnaban en el seno de la Iglesia y se enfrentaban a la única teoría que luego se constituiría en válida: «la salvación por la fe y las buenas obras». Estas dos escuelas se contenían en las conceptualizaciones del gnosticismo y del maniqueísmo. En lo que atañe a la primera se sostenía que, a base del razonamiento y el ansia de conocimiento, se podía acceder y alcanzar la «verdad revelada», incontrovertible pues provenía de la divinidad. La tesis maniquea mantiene, sin embargo, una tensión irresoluble entre los extremos: el bueno, a elegir por motivo de santidad, y el opuesto, que nos lleva a la perdición y a todo tipo de calamidades.

Ambas aportaciones, a través de sucesivos planteamientos, fueron declaradas falsas (es decir, anatemizados). Sin embargo, su influencia relativa persistió hasta nuestros días.

Prisciliano del Bierzo


Fundó un cuerpo de doctrina y sería secundado por un grupo de adeptos incondicionales, no excesivamente numeroso, partidario de todo un compendio de ideas y postulados que contradecían las tesis oficiales. Por ejemplo, consideraba que no era Dios «el exclusivo adjudicatario de todo lo bueno y deseable» o, visiblemente, que el diablo era el responsable de «los acontecimientos meteorológicos que conllevaban peligros o destrucción, o sea, de los adversos». En este último orden de fenómenos atmosféricos cabe referir la tradición de rezar o imprecar a Santa Bárbara, con plegarias determinadas, a fin de librarse de las consecuencias negativas de tales meteoros o, incluso, la necesidad de proceder a sacar a la santa ‘artillera’ de su santuario y aguardar su proverbial protección y su magnanimidad comprobada.

Otra de las acusaciones de las que fue objeto, y por las cuales juzgado, se comprendía en la afirmación de que «las almas y cuerpos humanos se regían, de alguna manera, por los hados». Esta especie de aleatoriedad no era observada con aquiesciencia por el credo vigente.

En el I Concilio de Braga se concluyó –entre otras decisiones y consensos– que eran inadmisibles «ciertas prácticas y actuaciones declaradas no litúrgicas (fundamentadas en la superstición», previendo y disponiendo sanciones procedentes y proporcionales para los casos de contravención. También se desecharon y reprocharían a los fieles y paganos las costumbres de acudir a adivinos, curanderos o santeros. Otras prohibiciones afectarían a la celebración de Vulcanales y Calendas (por ser llevadas a término en antros sospechosos.

Las brujas y el macho cabrío


Se asimilaba, en primer lugar, al ‘cabrón’, chivo viejo o ‘macho cabrío’ con el demonio, del cual sería un sucedáneo válido. No es extraño que, en las noches de luna llena y con motivo de los aquelarres, este ser fantástico y repelente anime el ‘conciliábulo’ de malvadas mujeres, preferentemente de edad. Otra variante a colacionar, por lo que respecta a influencias maléficas, es su repercusión en torno a los animales o cabaña doméstica.

Por otra parte, se identifica a las brujas con el poder de generar ‘meigallos’ o ‘mal de ojo’. Sus víctimas suelen hallarse entre las personas con una personalidad frágil y con la infancia. Los conjuros de las ‘dañinas’ criaturas no encuentran solución posible, si no es gracias a unos antídotos conocidos puntual y restringidamente por los iniciados o sabios. En este aspecto, es conveniente traer a colación ciertos actos de San Valerio del Bierzo: conforme a la opinión de sus detractores, se dedicaba a satisfacer y favorecer el paganismo del pueblo, realizando danzas obscenas nocturnas u ofreciendo y otorgando prebendas y admoniciones en las cimas de las montañas. Lógicamente, ante la difícil tesitura o conveniencia interesada, la jerarquía religiosa se contentó con denostar al monje y calificarlo de «alma atormentada por un acontecimiento truculento, estigmatizante e inolvidable».

El basilisco


Este dragón goza de mala reputación y es tributario de un temperamento irrefrenable. Su fisonomía se asocia a un gallo de cuatro patas, con corona innata, plumaje amarillo, alas espinosas, membranas en sus patas y espolones y cola de serpiente. Acumuló una historia plagada de terror, material venenoso, andanzas tremebundas y relativa voracidad, consiguiendo el apelativo de ‘rey de las serpientes’.

El ‘Demín’ de Paraxís


Esta mentada aldea, fronteriza con Galicia, es un enclave propicio a la fantasía y a la ensoñación. Aquí, en una recoleta y reducida capilla, se da un hecho anecdótico (exclusivo y no repetido en la Península, según se desprende de los datos obtenidos): una talla de madera, de una factura sorprendente y representando al diablo, es venerada y apreciada por los parroquianos. Se denomina, popularmente, con el apelativo del ‘Demín’ de Paraxís (Balboa) debido a sus pequeñas dimensiones y a su tamaño algo escaso (para lo que se estima habitual).

Llama la atención imperiosamente que acompaña a uno de los Santos Ángeles Custodios (de la Guarda), por excelencia: San Miguel Árcangel. Y, paradójicamente, se obsequia a ambos con un recorrrido – en procesión – el día 2 de octubre de cada año: cuando se honra al patrono de los Ángeles Custodios, que festeja con devoción el Cuerpo de la Policía Nacional.

La narración de este especial episodio es bastante sencilla. En una de las citas gozosas que todavía se recuerdan tres hombres, voluntariamente, se pusieron de acuerdo a fin de llevar al ángel ‘votivo’ hasta su recoleto templo. Mas, mientras tanto y a una altura intermedia del trayecto, la imagen –a pesar de su fácil maniobrabilidad y su limitado peso- fue a parar, sin explicación conveniente o aparente, al río próximo por un desnivel considerable. Ambos creyentes, avergonzados y aturdidos, se conjuraron para devolver el santo a la senda adecuada.

La tarea, en cambio, se convirtió en un rosario constante de impedimentos y obstáculos. Tuvieron que efectuar diversos descansos, puesto que parecía que portaban una talla de plomo o acero. En su ardua labor hubieron de prescindir de las piernas, de las alas y de la cola del ‘endemoniado’ ángel caído (cual un Satán cualquiera).

Otro asistente a esta escena iba tocando y cantando, ‘encabezando’ el cortejo y amenizando gratamente este desgraciado periplo.

Solamente se mantiene con certeza que (de vuelta) los dos infortunados “costaleros” reiteraban, a modo de sentencia condenatoria: «no seré yo el que se vuelva a meter con el demonio». Lo constatable, entonces, era el estado desastroso de las vestimentas de ambos actores: sus ropas destrozadas, su presencia descuidada y fatigada y la estupefacción que traslucían sus ojos perdidos y desorientados así lo manifestaban.

El motivo de la reacción enojada del ‘Demín’ se subsume en la ocurrencia de propinarle una patada en el trasero, en señal de desprecio y ejecutada por uno de los dos porteadores. Tal fue el estado de ofuscación y enfado –en el que se introdujo profundamente el sensible ángel rebelde– que aún se evidencia en una mezcla de aspectos que se detectan y aprecian en su semblante, mediante una mirada penetrante, desafiante e inquisitiva.

Otras leyenda que conocen todos los lugareños de Montes, transmitida por vía oral y que lleva por título «El mito de la sierpe rupiana» es como sigue: En la parte inferior a la ermita de Santa Cruz, en una enorme cueva, se cobijaba un fabuloso reptil con forma de serpiente, al fondo del precipicio y junto al río. Tan larga era que, cuando su cabeza llegaba a la ermita, aún su cola se encontraba totalmente en el interior de su madriguera.

Como su base alimenticia se constituía, entre otros manjares, de personas y ganado y, escaseando este último, el horrible monstruo se vio obligado a satisfacer su apetito con presas, que no eran otras que los monjes cenobitas del cercano Monasterio de San Pedro.

Fue llamado con urgencia San Fructuoso que, después de meditar largamente, urdió un plan para desembarazarse de la sierpe: se trataba de emborrachar o drogar al poderoso animal para acabar con él y sus tropelías. Le dio a comer un gigantesco pan de harina de castañas elaborado y trabajado por los monjes, eso sí aderezado con un brebaje-somnífero a base de esencia de tejo y apio.

Una vez adormilada y anestesiada la sierpe, después de su feroz banquete, se le clavó en su único ojo un madero muy grueso de castaño, que se había afilado a conciencia para la ocasión y calentado hasta estar a punto de arder. Al despertar el temible reptil, emitió tales y tan potentes silbidos y coletazos que se oían por todo el Valdueza e incluso más allá. Al final, pasados varios días, cayó la bestia llena de dolor y con su cerebro abrasado. A este episodio hace alusión una representación en la parte superior de la ermita de Santa Cruz.

El pueblo de Montes nació en torno al Monasterio de San Pedro de Montes, fundado por San Fructuoso en el S. VII, ubicado en este lugar, el cual pertenecía «administrativamente» a la Quintería de Montes. En un cerro, justo enfrente y cercano, en su ladera se conservan unos pocos vestigios de un castro (probablemente prerromano), que en algún momento estuvo habitado.

Cerca del pico de la Aquiana se ubica el Campo de las Danzas, un collado custodiado por montañas, donde varios investigadores entienden que los astures celebraban unos ritos matriarcales de culto y exaltación de la fertilidad. La tradición habla de que, a la luz de grandes hogueras y en los plenilunios, las mujeres astures danzaban imprecando a sus dioses protección para sus maridos a fin de que aumentaran su potencia sexual y, así, conseguir incrementar su fecundidad. Otros estudiosos hasta llegaron a relacionar estos rituales con la brujería.

Del ‘mal’ a la ‘civilización’


Una vez despojada la religión en el mundo occidental de una buena proporción de relevancia y preponderancia, lentamente van ganando espacio e influencia algunos factores singulares que se revelan con una gran capacidad de convicción y desarrollo: en su concreción y en función de los grupos, sectas o asociaciones herméticas, con la nota común de su cripticismo y, sobre todo, explotados en cuanto a su viabilidad económica, publicitaria… Es, tal vez, un signo de nuestro tiempo: carente de espiritualidad.

Son, en consecuencia, los campos esotérico y conspiranoico los que pugnan, principalmente, por cubrir y aprovechar estas necesidades básicas, inaplazables y esencialmente humanas.
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