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El colegio de las monjas

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11/01/2017 A A
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El colegio de las monjas
Salvo las campanadas de la última medianoche del año del reloj del relojero Losada, que se ralentizan intencionadamente para que nadie se atragante con las uvas, los relojes no han variado el ritmo con el que marcan el transcurrir, y un segundo sigue conteniendo la misma cantidad de tiempo: apenas un segundo. Sin embargo, nuestra vivencia de ese tiempo se me antoja cada vez más acelerada, vertiginosa incluso, ya no sólo sin pausa, casi con urgencia. Si para el poeta Virgilio el tiempo huía irreparablemente, en nuestro mundo de hoy en día, dos milenios después, el tiempo escapa, corre como un loco, contagiado de prisas.

Las prisas son el virus que enferma nuestra sociedad. Y junto con las prisas, la vanidad de todas nuestras obras, pasajeras, donde lo nuevo de hoy será obsoleto mañana. Se acerca el día en que no dejaremos reposar ni la manzanilla. Es precisamente por esta vivencia del tiempo devoradora de nosotros mismos, caníbal, por lo que cobra especial relevancia aquello que logra permanecer contra los embistes ciegos de nuestras ansias de velocidad. Mantenerse, continuar, se ha convertido en una proeza en esta sociedad hambrienta de inmediato, y como heroico, debe celebrarse.

Este 2017 se cumplen cien años de la fundación del Colegio de la Divina Pastora de Benavides de Órbigo. Hay centenarios históricos y los hay, como diría Unamuno, que pertenecen a la intrahistoria, es decir, a la historia íntima de cada pueblo, aquella hecha de lo cotidiano y de las vivencias y tratos diarios de sus gentes. El ‘Colegio de la monjas’, forma parte de la intrahistoria de Benavides, pero merece destacarse y celebrarse también como algo histórico.

Durante estos cien años, las madres pastorinas, han enseñado a leer con ‘la cartilla’, a escribir con buena caligrafía, a sumar y a restar y hasta la tabla de multiplicar, a generaciones de niños de toda la Ribera y lo han hecho con cariño y transmitiendo junto con los conocimientos valores de buenas personas. A mí incluso me enseñó la madre Loreto a escribir a máquina copiando El Quijote. Por ello, en agradecimiento, quiero dedicarles hoy este humilde homenaje, felicitarlas por estos cien años y desearles qué cumplan muchos más. Gracias a todas ellas.
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