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El cielo hecho infierno

CULTURASIR

La tragedia que dejó imágenes impactantes y daños irreparables. | FOTOS ARCHIVO CÉSAR G. SADIA Ampliar imagen La tragedia que dejó imágenes impactantes y daños irreparables. | FOTOS ARCHIVO CÉSAR G. SADIA
Fulgencio Fernández | 16/12/2018 A A
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El cielo hecho infierno
Historia El 19 de diciembre de 1980 no se le olvidará fácilmente a los valdeoneses que la vivieron. Una tremenda riada causó destrozos irreparables y se llevó la vida de un vecino por delante, Francisco Guerra
Radio Nacional contactó en directo con León para conocer las dimensiones de la tragedia que habían vivido en días anteriores y un vecino de Posada se lo resume de forma rápida: «Esto es el cielo, usted lo soba, pero se ha vuelto el peor infierno». Y añadió: «A mi que me den la nieve, que este agua no hay manera humana de controlarla».

Todo comenzó el 19 de diciembre de 1980. La tremenda riada —‘El furor del agua’, en acertado titular de La Hora Leonesa — estaba causando graves daños, irreparables, en el valle. Posada, Caldevilla, Soto, Los Llanos y Caín estaban incomunicados por carretera, tampoco temían suministro eléctrico, las paredes de algunas casas se habían venido abajo, los aperos e incluso las primeras máquinas nadaban por las calles... pero la preocupación de los vecinos era la desaparición de un vecino de Soto: Francisco Guerra Guerra, Tío Quico, que había desaparecido en la madrugada y, como todos temían, ya no encontrarían con vida.

La noche del día 19 y todo el día 20 fueron muy duros. Había además mucha incertidumbre pues no se podía acceder por carretera y tampoco había luz ni teléfono. Los periódicos recogían en la zona las noticias que les iban llegando: «Aproximadamente a la una y diez minutos de hoy se sabía que dos vehículos Land Rover, al parecer con catorce niños y tres personas mayores, se encontraban atrapados por estar la carretera cortada cerca de Posada», contaba La Hora Leonesa que en la misma noticia actualizaba la información unas horas más tarde y daba cuenta de que el río se había llevado un puente en Riaño, «enfrente del Parador».

«Hacía calor y hubo un deshielo muy rápido. Llovía pero como tantas veces, tampoco crea que le dimos mayor importancia... pero empezamos a ver que el río bajaba más por las vegas que por el cauce y no paraba y llegaron las preocupaciones. Aquí en Caín nos enriscamos por encima del agua, que a eso estamos bastante acostumbrados», contaban en un reportaje posterior a una tragedia que sorprendió por su violencia incluso a unas gentes tan acostumbradas a los embates de la naturaleza como son los cainejos, vecinos de un pueblo en el que se decía aquello de «los cainejos no mueren, se despeñan».

Pero, como en el caso de Posada, los vecinos de Caín decían aquello de «pero el agua es otra cosa, es muy traicionera. Había momentos que parecía un terremoto porque veías cómo se movía el suelo con los golpes del agua», recordaba Alfonso Gao, vecino de Caín.

Un estudio de los profesores Carlos Morales y María Teresa Ortega, titulado ‘Las inundaciones en Castilla y León’, confirma que lo extraordinario de aquella riada de 1980 fue el rápido deshielo. En un estudio de las grandes inundaciones sufridas desde los años 60 en toda la comunidad van apuntando como causas habituales —al margen de la rotura de la presa de la tragedia de Ribadelago en 1959— las tormentas, temporales de agua y nieve, algún desembalse y el deshielo, en 1960 en el río Adaja y en esta tremenda riada de 1980 en el Cares.

Los vecinos recuerdan el panorama después de la riada, cuando escampó. «Las calles eran un verdadero pedregal, había levantado aceras, había piezas de algunos tractores por la calle, en las praderas cercanas aparecieron las piedras que había arrastrado, que pesarían bastantes toneladas», cuenta Santos González mientras mira las imágenes de la desolación que dejó tras de sí.

El histórico Manuel Valdés resumía la riada para La Hora Leonesa: «Había que llegar en helicóptero. La carretera estaba cortada en los dos kilómetros que hay entre Caldevilla y Posada. Los de teléfonos habían tendido dos de sus escaleras para que hicieran de puente y poder pasar por ellas, que no era nada fácil». Recuerda que era Pedro Vallinas el atrapado con el Land Rover, con sus hijos, que habían venido a pasar el puente. «No había habido víctimas y eso era consolador. Más he aquí que la Guardia Civil, que se hallaba a la búsqueda de un hombre desparecido en Soto, daba al Gobernador la novedad de su hallazgo. Había aparecido, pero muerto, se trataba de Francisco Guerra, de 55 años, viudo, con dos hijos que se hallaban en la capital. Le habían arrastrado las aguas».
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