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El café de Mustafá

El café de Mustafá

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Marta Prieto | 05/05/2020 A A
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El café de Mustafá
El Decaleón (XXII) La docente, columnista de La Nueva Crónica y autora de ‘Leoneses en la Historia’, Marta Prieto, se suma a la amplia nómina de escritores del serial ‘El Decaleón’
El moro saluda al poeta cuando entra en el café: —Buenos días, maestro. El poeta, ya entrado en años y un poco sordo del oído derecho le devuelve el saludo mientras se dirige a su rincón:

— ¿Qué hay, Mustafá?

Mustafá regenta, desde hace poco más de dos años, un pequeño café en una de las estrechas callejuelas que desembocan en la iglesia cristiana de San Nicolás. A eso de las 12, el establecimiento se puebla de trabajadores que se acercan hasta allí para su descanso matinal. Una visita rápida, apenas media hora, la mayoría acodados en la barra sin llegar a tomar asiento.

El poeta no pide nada a Mustafá. Todos los días de dos años son muchos. Más si uno de ellos es bisiesto. Tantos, en cualquier caso, como para que Mustafá le ponga al poeta, sin que este se lo pida, un café con leche, corto de café, ni frío ni caliente. Como deferencia al poeta, Mustafá acompaña el café con un dulce: un pedacito de bizcocho, un pastelillo de higo o dátiles, una pasta de mantequilla.

El poeta agradece con una sonrisa la atención mientras a través de los cristales del local contempla con mirada sorprendida a los grupos de turistas que siguen a un guía con un paraguas abierto a pesar del esplendoroso día que ha salido.

— ¿Tú crees, Mustafá, que esta iglesia nuestra la visita algún cristiano de aquí?

—No sé qué decirle, maestro. Nunca he entendido muy bien esta manera cristiana de rezar solo un día a la semana y tan largo rato.

—A lo mejor es más práctico que lo vuestro. Imagínate que aquí tuviéramos que rezar cinco veces al día. Nos coincidiría siempre con una comida…

Mustafá se sonríe sin contestar.

— ¿Te he contado alguna vez, Mustafá, lo que vi en una iglesia de tu tierra? Una de las cosas más curiosas de mi vida…

Mustafá evoca, sin contestar, las angostas callejuelas calientes y sombrías de El Cairo mientras cobra dos tés con limón, un descafeinado y un agua mineral a unos clientes.

—Fue a finales de un mes de julio. Recorríamos el barrio copto y mi esposa quiso entrar en la iglesia de Santa María. Hermosa iglesia…

Mustafá coloca las cucharillas y los azucarillos sobre los platillos del café.

—Un cura enseñaba matemáticas a los niños en los bancos de la iglesia. Estaban de vacaciones. Repasaban lo aprendido. Mi esposa se quedó conversando con el sacerdote mientras yo recorría el interior de la iglesia atascado de andamios y de polvo. ¡Y de pronto lo vi, Mustafá!

En el café se hace un silencio que el poeta, sordo del oído derecho, no percibe. Tampoco las miradas fijas que buscan el rostro del que salen las palabras misteriosas.

Mustafá se acerca al extremo de la de la barra, al rincón que se forma entre esta y la voluminosa máquina del tabaco.

—Al principio no caí. Pero luego no me cupo la menor duda. Había un cuadro grande y oscuro con ¡un Santiago Matamoros! ¡Un Santiago montado en un caballo blanco, con una gran espada y a los pies del caballo las cabezas decapitadas de los moros!

Mustafá estalla, incrédulo, en una carcajada que secunda con alivio el resto del personal. Y se dirige hacia el extremo opuesto de la barra a atender a una muchacha morena y regordeta que acaba de entrar en el café
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