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El búho en el roble

El búho en el roble

OPINIóN IR

14/06/2021 A A
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El búho en el roble
Disculparán que el cronista hable de asuntos irrelevantes; y es que ayer, (San Antonio de Padua, el de los pajaritos) él cumplió sus ‘primeros’ 80 años de edad, y hace 68 publicó su primer poema en el número 1 de la revista Claraboya, 1963. Firmado en Vidanes el 2 de julio de 1963, que se titula ‘Cantaba el búho’.

¡De todo hace ya tanto tiempo! Pero, qué puede motivar a un joven veinteañero y pueblerino a hacerse preguntas tan trascendentes a una edad en la que el personal suele estar pendiente de otros asuntos. La educación, sin duda, es la respuesta. El contacto con el pensamiento y la literatura. «¿Por qué cada cosa ha de llamarse por su nombre?» Esta pregunta de Rómulo Gallegos le llevó a plantearse, a sus 22 años recién cumplidos, el oscuro enigma de la vida. Y escribió: «En mitad de la montaña / me separé del sendero/ Cantaba el búho en el roble». Pero la suerte le tenía preparada una sorpresa que consistió en toparse con un grupo de jóvenes que, como él, habían depositado todo su entusiasmo en transformar el mundo, y para ello habían elegido la palabra como principal herramienta defensiva. «¿Por qué, en medio de mi vida/ a mí se me hizo de noche?» «¿Por qué, en aquella montaña / el búho cantó en el roble?»

Que no iban de farol lo supo él y lo sabrán ustedes cuando diga sus nombres: Agustín Delgado, Luis Mateo Díez Rodríguez, Ángel Fierro, José Antonio Díez Rodríguez, Higinio del Valle, Javier Carvajal,, Bernardino Martínez Hernando… El texto de Delgado, inaugural e introductorio, la primera declaración de intenciones de los hoy llamados ‘claraboyos’ en aquel primer número no deja dudas: «¿Qué poesía hace falta hoy? ¿Qué poesía no hace falta? ¿Es que la poesía le ha hecho falta alguna vez a una determinada época? ¿Para qué? ¿Para evadirse de los crímenes cometidos y cantar la belleza de la flor en primavera?» Y se respondía (nos respondíamos): «Aquí, en la portada, no tenemos más que un deber: la claridad. Y, aunque no tenemos más que ese, nos tomamos otro por cuenta y riesgo personales: la libertad».

Hoy, ya casi al final del trayecto, las inquietudes y las preguntas no varían. Se pregunta J.M. Coetzee en ‘Los días de Jesús en la escuela’: «¿Para qué servimos estando solos, esos viejos solos, cansados y gastados que somos?» Una buena cuestión para unos provincianos leoneses que, como Goethe, son: «del linaje de aquellos que de lo oscuro van hacia lo claro». Claridad y libertad. Y era eso lo que cantaba el búho en el roble.
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