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El arte de insultar

El arte de insultar

OPINIóN IR

31/03/2021 A A
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El arte de insultar
Cuando uno comienza a hablar tiene por delante todo un mundo de palabras que interiorizar, millones de términos que aprender a utilizar para ponerle nombre a las cosas, a los sentimientos y a la nada, que esa también hay que llenarla. En nuestros inicios con el lenguaje no tardan en aparecer en escena los insultos, esas palabras malsonantes y cavernarias que nos reprimen por aquello de la educación. Y ahí estás tú, un mocoso que prueba el fondo de armario del arte de insultar: bobo, tonto, idiota, imbécil… Los básicos. Rápido aprendes que con las palabras también se puede hacer daño y que, a veces, duelen más que un bofetón. Tampoco tarda uno en espabilar y en percatarse de la presencia de los «variados bobos» que diría Javier Marías, maestro en golpear con las palabras con la misma clase que lo hacía William Shakespeare. A él llegué esta semana a través de Noemí Sabugal que rescató un brillante párrafo de la obra ‘El Rey Lear’ en el que hace gala de una verborrea hiriente y brillante al mismo tiempo: bribón, empañaespejos, tres trajes, malandrín, canalla o heredero de una perra mestiza, entre otras lindezas dignas de una lengua de trapo entrenada. Cada uno cultiva sus favoritos y en cada pueblo tienen los suyos, como los motes. Los animales sirven para ofender: burro, cernícalo, besugo, cabestro, merluzo, reptil, ganso o gallina. Pero el adobe también se convierte en un objeto arrojadizo a la hora de ofender. Así lo hacen también una buena sarta de palabras compuestas para la ocasión como tuercebotas, meapilas, catacaldos, esgarramantas, chupatintas, cantamañanas, chupacirios, cansaliebres, pelagato, soplagaitas, cierrabares o escornacabras. También otros de más reciente creación como pagafantas o chupapomos. Cuando uno se hace forastero para aprender otro idioma lo primero que aprende es, precisamente a insultar. Me pasó cuando me fui de Erasmus a Italia donde lo primero que afilé fue la navaja de los improperios. Igual les pasa lo mismo a quienes practiquen el rural, esa experiencia en un pueblo que han anunciado como proyecto estrella del Ministerio para el Reto Demográfico. Ese ente que acepta calificativos como espantajo, mameluco, botarate, mastuerzo, chupóptero, mendrugo, haragán, mostrenco, zoquete, tragaldabas, sansirolé, papanatas, adefesio, bodoque, fantoche, zascandil, pendejo, ceporro, mindundi, telarero, facineroso... Se me acaba la linde, pero el tonto sigue. Y el Reto no se acaba.
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