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El año que no existió o que existió demasiado

El año que no existió o que existió demasiado

OPINIóN IR

28/12/2020 A A
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El año que no existió o que existió demasiado
Esta es mi última columna de 2020. Supongo que es una frase que hay que pronunciar con inmensa alegría. No es que las cosas vayan a estar mucho mejor mañana, pero parece que vamos camino de ello, si nada se tuerce. Mañana es, además, un día inconcreto: una frontera, la línea del horizonte, como le gusta decir a Manolo Rivas. Esa línea sobre la que a veces caminamos peligrosamente, como funambulistas. El futuro ha sido postergado, la modernidad puesta en entredicho. Mientras miramos el calendario con dolor, mientras contemplamos el paso de las semanas sin que el virus desaparezca, es posible que estén sucediendo muchas cosas. Emergerán en algún momento y puede que lo hagan con enorme fuerza. Un horizonte de sucesos que nos anunciará un cambio de época, o quizás no tanto.

Muchos han querido despedirse de 2020 con rabia, con rencor, de malos modos. No les falta razón, desde luego. No se trata de un adiós, es verdad, sino más bien de un ‘hasta nunca’. Este año que pintaba tan bien, con esos números tan hermosos, 20/20, como en los ‘roaring twenties’, nos ha decepcionado, nos ha hundido, hasta el punto de que muchos querrían borrarlo de un plumazo. No arrancar una hoja del calendario, sino todas: al menos, desde aquel infausto mes de marzo.

2020, visto desde esta última vuelta del camino, podría ser el no-año, el año en blanco, o mejor, en negro. Y, sin embargo, no falta quien cree que el año, lejos de ser un agujero en el tiempo, lejos de ser un paréntesis, un salto en el vacío, ha existido mucho, demasiado: se ha dejado notar en exceso, de manera insistente, recordándonos siempre lo peor. Los apocalípticos han encontrado en estas desdichas el terreno perfecto para hablar de nuestra fragilidad, de la venganza de la naturaleza, y cosas así. Y los optimistas, antropológicos o no, han concluido que esta es una prueba de la que sólo se sale más fuerte, como corresponde al héroe que tras surcar mares procelosos llega al fin a puerto con su épico halo, con su nueva aureola de divinidad.

Seguramente, ni una cosa ni otra. Ni hemos sido sometidos por el enfado de la naturaleza (entendida como ser romántico, supongo) ni seremos pronto superhéroes camino del supermercado. Claro que a la naturaleza no le faltarían motivos para montarnos un buen quilombo (más allá de los que ya están en marcha). Nos lo ganamos a pulso cada día. Y en cuanto a nuestra condición de especie superior a todas, mejor andarse con cuidado: nos sobra mucho egocentrismo y nos falta comprender y aceptar que somos tan extinguibles como cualquiera, y puede que ni siquiera imprescindibles para la marcha del mundo. Quizás esta es la gran lección que debemos aprender.

Y, sin embargo, es cierto que también podemos hacer grandes cosas. No sé si 2020 es una gran bofetada en nuestra ilustre mejilla o una sacudida de nuestra conciencia en un tiempo demasiado confuso. En general, no creo que se aprenda demasiado de lo malo. Es mucho mejor aprender de lo bueno. Pero lo bueno, ha de construirse. Rara vez sucede por sí solo. No dejo de leer artículos que proyectan esta pandemia hacia el futuro, que intentan adivinar cómo será recordada, cuántas líneas tendrá en los libros de texto (siempre se dice esto, como medida de la relevancia de un hecho histórico). ¿Nos acordábamos de la gripe de 1918? No mucho, me parece. Ahora han vuelto las imágenes, algunas pavorosamente parecidas a las de la actualidad. Creo que nos acordaremos más de las cosas buenas, porque esas son las que el cerebro humano considera prioritarias. Nos protegemos así.

¿Qué grandes cosas podemos hacer? Se nos ha dicho que la gran virtud de los humanos, en coyunturas así, es resistir. La resiliencia, esa palabra. Preferiría un elogio de la alegría y la felicidad, pero es verdad que son estos tiempos oscuros. La vida humana es muy corta como para no tener un poco mas de esparcimiento, ¿no creen? Nos merecemos más, pero eso también hay que ganárselo. Mientras crecía la pandemia, aún con la crisis de 2008 en la memoria y el bolsillo, comprobamos que la realidad se había vuelto simple y maniquea, asistimos atónitos a la política sistemática de la confrontación que montaba su propio decorado, su propia realidad, mientras en el subsuelo de la vida circulaba la vida cotidiana, sometida a olímpicos embates.

Globalmente, el año que termina nos ha dejado una buena colección de egos, de inflados liderazgos, imposturas varias, noticias falsas, una borrachera de eslóganes simplistas, propagandas pueriles, lenguaje intimidatorio y tuitero, elogio estúpido de la ignorancia, desprecio del conocimiento, destrozos diplomáticos, y, por supuesto, como gran símbolo del disparate, el ‘brexit’. Todo puede empeorar, pero diría que es difícil. Los ciudadanos han tenido que construir su realidad a ras de suelo, aislarse en lo posible de todo este gran ruido, de las ingenierías mediáticas, de los sembradores del odio, tan activos, mientras el dolor crecía en las distancias cortas, mientras el luto aumentaba, y también el miedo y esa sensación de orfandad, de acabamiento.

Lo mejor de este funesto 2020 que al fin termina ha sido el regreso de la ciencia. A pesar de vivir en un tiempo gris, en el que algunos liderazgos políticos, por llamarlos de alguna forma, se han empecinado en denostar el conocimiento, la ciencia ha mostrado una vez más el camino. Por supuesto que, como en toda época de crisis, florece el escepticismo y hasta negacionismos de los más exótico, de todo pelaje. Pero es el conocimiento científico el que puede poner cimientos sólidos a estas nuevas décadas que encaramos, no sin dificultad. La pandemia puede ser apenas un recuerdo amargo en unos meses, tal vez, pero son tantas las urgencias de este planeta que no podemos perder más tiempo. Mucho menos en la política recreativa. Reeditar la filosofía y la ciencia como argumentos centrales para el desarrollo de un pueblo es lo que de verdad nos salvará. Abominar de la simpleza y del estúpido maniqueísmo, la única solución posible. A eso debe aplicarse, también, la educación: el territorio en el que se construye el futuro.

Ya ven que terminamos el año con la gran esperanza de la vacuna. La ciencia, o sea. Nunca pensamos que nuestro más codiciado regalo de Reyes podría ser la vacuna contra un virus. Pues aquí está. Las televisiones muestran a los primeros que la reciben con más intensidad que a los agraciados en la lotería. No es para menos. Atrás dejamos el año que no existió, o que existió demasiado. 2021 aún será difícil, pero en la línea del horizonte hay una luz encendida.
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