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Dos días con Julio

Dos días con Julio

OPINIóN IR

16/03/2015 A A
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Dos días con Julio
Acompaño un par de días a Julio Llamazares durante la promoción de su reciente novela, ‘Distintas formas de mirar el agua’. Le digo que ha recuperado su voz de los inicios, pero en seguida pienso que la frase es injusta: esa voz siempre ha estado ahí. ¿Hace falta salir a campo abierto, atravesar los montes y los valles, para recibir con nitidez aquel perfume primigenio de la hierba? Tampoco creo que sea estrictamente necesario. Así que lo que vuelve no es el Julio Llamazares de la novela rural, una simplificación que, aunque habitual, no se sostiene. Lo que vuelve es la novela largamente amasada en el agua del pantano de Vegamián, y, sobre todo, en los pliegues de la memoria. Julio me dice, a pocos metros del Atlántico, que es una novela que quería escribir. Lo que sucede es que resulta difícil hablar de lo que uno sabe que tendrá que hablar, tarde o temprano. La novela del pantano, dicen. Pero, en realidad, es la novela del exilio. La novela de la marcha, de la desaparición, y del regreso sólo después de la muerte. Eso le ocurre a Domingo, el protagonista, que no quiso volver a contemplar lo que hoy es más bien, dice Julio, una especie de lago azul suizo, propicio para el solaz de los turistas. Pero quiso que sus restos en forma de cenizas cayeran sobre el pantano como una lluvia fina para alimento de los peces.

En la sobremesa, Julio Llamazares desmitifica el texto, y lo convierte ante nuestros ojos en una novela desnuda de solemnidades, incluso de nostalgias. Es más la foto de un regreso que tiene un poco de excursión, y, finalmente, una dosis de rendición inevitable ante la tiranía de la historia. La única rebeldía posible consistía en hacer lo que hizo el protagonista: negarse a ver el valle inundado, negarse a mirar el agua. Pero no hay duda de que este libro tiene algo de cuenta saldada con un pasado que, paradójicamente, parece remoto. Todos, finalmente, regresamos. La vuelta a Ítaca, como dice Julio, es el argumento de esta historia, que narra, en el fondo, una odisea local. Pero Ítaca no existe, salvo en la equívoca memoria. Jamás podremos pisar la hierba perfumada del pasado. Soñamos solo con habitar el paisaje que fue nuestro útero vegetal, la tierra primitiva, escuchar los sonidos de la infancia. La patria es el sueño de aquellos días, la percepción de lo que fue, más que lo que fue realmente. «Apenas me acuerdo de aquello», confiesa Julio. Su padre, maestro en Vegamián, los llevó entonces a Olleros de Sabero. Pero la novela nos enseña a mirar desde el presente, aunque la memoria esté ahí abajo, cubierta para siempre por el agua.
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