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Divinos comediantes: Introducción

Divinos comediantes: Introducción

PECADOS CAPITALES IR

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Sara Levesque | 06/07/2021 A A
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Divinos comediantes: Introducción
Pecados capitales Marina Díez coordina esta sección de LNC Verano en la que participarán diferentes escritores leoneses en un repaso por los pecados capitales
Infierno. Purgatorio. Paraíso. Divina Comedia... Ese mordisco lírico de nuestra historia tan esencial y, al mismo tiempo, visceral. Profético y abismal. Poderosamente real. Dante Alighieri así lo dejó plasmado en su imperecedera obra cumbre. Con una profunda reflexión sobre la naturaleza del ser humano y los siete pecados capitales más destacables en los que caemos y por los que nos censuran hasta la muerte –¿por eso serán capitales?–, se adentra en el análisis del amplio conocimiento que poseía sobre ello, repasando con gran maestría desde su fe religiosa hasta sus convicciones morales y filosóficas. Unos espejos en los que cualquiera puede verse identificado.

Tú.
Tú.
Tú…
Yo.

Siete pecados capitales. Cada uno con su propio nivel de censura. Nunca imaginé que la soberbia fuera el más grave. Una soberbia altiva con un poder imperioso de subir nuestro ego sobre una escalera infinita, capaz de cegarnos por creer estar cargados de razón.

Seguida muy de cerca por la envidia, un sentimiento de pelusa más enredado que las que nacen sin explicación en los ombligos de cada pecador. El paisaje ideal para calmar nuestros males es el mítico prado de césped color esmeralda, todos lo sabemos. En el caso de los envidiosos, este entorno tiene la hierba MUY verde y no es, para nada, reconfortante. Hay quien diría que existe la «envidia sana» pero eso es lo mismo que decir «guerra santa». Elementos contradictorios que no me han pasado desapercibidos.
Luego, la ira. ¡Ay! La ira... ¡AY, LA IRA! El viento más huracanado y mortal resulta que no sale del planeta sino de la boca de un ser humano.

¿Será que, después de un ramalazo iracundo, nos sentimos tan cansados que solo queremos tumbarnos en cualquier rincón, agotados? ¿Será por eso que el siguiente de la lista es la pereza? Desgana, desidia, dejadez, apatía, vaguería, gandulería, holgazanería... ¿Cómo se pueden tener tantas cualidades parapetado en un sofá sin mover una sola célula del cuerpo?

¿Qué puedo decir de la avaricia? El siguiente de la lista. Esa codicia ambiciosa de poseer todo lo que tienen LOS DEMÁS, incluso lo que no queremos... El «mi, me conmigo» de toda la vida.

Llegamos a uno de los placeres más gratificantes que puede entregar el mundo. Comer. Curioso que, en exceso, se convierta en un arma letal para el espíritu. Comer es una cosa; cebarse hasta dilatar el estómago es gula. Apetito desmedido por seres insaciables cuyo único aliento en la vida es mantener la boca cerrada a base de llenarla de comida y bebida.
Cada ser humano tiene orificios en su cuerpo en dos zonas. En la superior y en la inferior. La gula compete a la superior. La inferior es propiedad de la lujuria; también se puede llenar y también es insaciable. El más viscoso de los pecados y también el más leve. Si nos centramos en el marco de la moral sexual, el contacto de una piel con otra se convierte en el centro de mando de quien es lujurioso. Una alegría al cuerpo... detrás de otra. El matrimonio (im)perfecto con el perezoso.

Desde un prisma anárquico, la vida es divina, y la vida es comedia.

¿O acaso no nos sentimos divinos cuando nos reímos?

¿Acaso la vida no se ríe de nosotros en numerosas ocasiones y nos sentimos divinos cuando lo aceptamos y compartimos con ella sus carcajadas?

Si la vida es, en general, una comedia divina, la muerte es una gloriosa jarana en la que las almas pueden respirar tranquilas por fin...

O no...

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