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Divinos comediantes: Envidia

Divinos comediantes: Envidia

PECADOS CAPITALES IR

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Borja Vilariño Pereira | 20/07/2021 A A
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Divinos comediantes: Envidia
Pecados capitales Marina Díez coordina esta sección de LNC Verano en la que participarán diferentes escritores leoneses en un repaso por los pecados capitales
La envidia no es lo que pensamos. Mansiones, múltiples coches de lujo, relaciones apasionantes, varios millones de euros en la cuenta bancaria y, en teoría, la vida solucionada. Todos estos logros conseguidos con un esfuerzo mucho menor, al menos eso es lo que piensa la mayoría, de lo que un ser mundano necesitaría. Jugadores de futbol, jóvenes y nuevos millonarios, emprendedores de nueva generación… ¿Qué era esto? Para mí, a lo que muchos aspiraban en la vida me resultaba indiferente; se presentaba ante mí cual entelequia surgida de una mente creativa que habla de seres fantásticos, inexistentes.

Miré la hora, apagué el portátil y me vestí a la par que meditaba sobre estas circunstancias. Elegí, cómo no, lo adecuado: ropa interior cómoda, unos vaqueros, camiseta y zapatillas de deporte que combinaran… no podía ser de otra manera; por supuesto, nada astroso. Por un momento casi se me olvidan los auriculares. Me sentía demasiado vivo escuchando música y no renunciaba a ello ni siquiera en la calle.

Me dirigí al centro. Había quedado con unos amigos para beber unas cervezas y llenar el estómago sin mesura si fuera necesario. El día de primavera era agradable, y una suave brisa ayudaba a mitigar el calor. Mientras recorría las calles no pude evitar fijarme, como de costumbre, en alguna pareja. Una en concreto llamó especialmente mi atención; saltaba a la vista que era una relación reciente. Jugueteaban y el arrebol en el rostro de ambos se hacía presente; pero no era de vergüenza. No pude evitar mi desdén ante la situación. Era un comportamiento tan habitual en mí que ya ni me sorprendía.

La cervecería rebosaba de gente, como de costumbre. Menos mal que teníamos mesa reservada. Mis amigos no tardarían en llegar. Instantes después de sentarme, pude apreciar que gran cantidad de las mesas se encontraban ocupadas por parejas. Buena comida y algo de alcohol me quitarían la hiel que me consumía por dentro.

Por fin, mi pandilla llegó. Después de los pertinentes saludos y abrazos, nos decidimos a probar las pocas cosas del menú que no habíamos catado. No escatimamos en nada. El frescor de la cerveza y el buen sabor de la carne recién hecha me aliviaron.

––He pasado la noche con Isabel ―me declaró Lauren, de repente. Casi fue un susurro. Lauren, uno de mis mejores amigos, consiguió que mi último trago de cerveza supiera amargo de verdad.

Isabel era una amiga en común que siempre había llamado mi atención. Desde el principio, y según progresó nuestra amistad, pensé que su interés por mí era patente. Nada más lejos de la realidad. Nunca ocurrió. Sin embargo, ella siempre mostró atracción por otras personas. Eso había provocado pequeños golpes a mi pequeña soberbia. Nada serio.

Lo había capeado demasiadas veces. No obstante, el comentario de Lauren me hizo sentir como un rorro que se las prometía muy felices porque le habían asegurado que le llevarían a jugar a un lugar fantástico. Al final, y sin comprenderlo, no es llevado allí; mientras que, en el extremo opuesto, un amigo suyo le cuenta lo maravilloso que es ese lugar al que quizá pueda ir alguna vez.

Acabamos la velada, y a pesar de la cantidad de comida y alcohol ingeridos, me sentía menos grogui de lo habitual. Me despedí del resto de manera precipitada, interrumpiendo las risas y comentarios finales. Me apetecía andar. Me ayudaba a relajarme y comprender mejor las situaciones.

Mientras regresaba a casa sumido en mis pensamientos, me percaté de que el camino de ida comenzaba a reflejarse en el de vuelta. Igual de agradable que al comienzo de la tarde, el ocaso no había hecho su aparición. Ensimismado en mis propias cavilaciones, y como si de magia se tratara, me cruce con un par de figuras que me devolvieron de nuevo a la realidad. La misma pareja que encontré a la ida. Esta vez, caminaban en silencio y agarrados de la mano, mostrando una complicidad asombrosa. Era algo mucho más profundo y maduro que lo que pude percibir la primera vez.

En aquel momento, no pude estar más equivocado al mostrar mis sentimientos, pero en vez de tener un acto de contrición por mi comportamiento, fui consciente de nuevo: «la envidia no es lo que pensamos». Mordido otra vez sin llegar a ser devorado, el sentimiento me inundó, como en otras ocasiones. En ese momento, ansié tenerlo, mientras la tristeza me engullía.

De repente, pensé en «ella» mientras la brisa me recorría de nuevo el rostro, acercándome un recuerdo que creía olvidado. Ni siquiera tenía que ser ella; era yo. Porque es en esos momentos cuando te das cuenta de lo que es. Los anhelos por algo superficial no muestran las verdaderas pasiones del ser humano; es en las cosas sencillas y vitales cercanas a uno mismo donde se manifiestan las miserias.

Seguí adelante y dejé atrás a la pareja. Ajusté los auriculares a las orejas y alcé la vista hacia la deslumbrante luz emitida por los últimos rayos de sol. Cerré los ojos. El breve instante en el que logré recuperar la cordura fue perturbado por el violento impacto que sufrió mi cabeza. Algo cayó sobre mí. El golpe debió de ser estridente, ya que atrajo a numerosos transeúntes a mi cuerpo desplomado. La última canción finalizó y, devorado al fin, jamás logré que el resto del trayecto fuera plácido.

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