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Divinos comediantes: Avaricia

Divinos comediantes: Avaricia

PECADOS CAPITALES IR

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Azucena Niego | 10/08/2021 A A
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Divinos comediantes: Avaricia
Pecados capitales Marina Díez coordina esta sección de LNC Verano en la que participarán diferentes escritores leoneses en un repaso por los pecados capitales
La avaricia
es de naturaleza tan malvada y
perversa,
que jamás sacia su voraz apetito,
y después de comer
tiene más hambre que antes.


(Dante Alighieri)

De todos los pecados veniales que se practican con asiduidad y de forma indiscriminada, siempre me resultó difícil elegir sólo uno.
No sé si eso se debió a la indecisión o a la avaricia. Me inclino a creer que fue por avaricia.

Diría que he sido por tanto una mujer avariciosa o codiciosa.

¿Y cómo empezamos a codiciar? «Empezamos por codiciar lo que vemos cada día», o eso decía el gran Hannibal Lecter, y he de decirles que es agotador porque hoy en día la publicidad está en todas partes y hay demasiadas cosas inútiles que poseer: robots de cocina, pantallas de TV gigantes, móviles de última generación…Mala época para la avaricia.

Pero os contaré mi historia:
Soy hija única, no tengo hermanos. Nunca tuve que compartir mis juguetes, por tanto, y tal vez por eso, siempre he sido como un pozo sin fondo.

El minimalismo tan de moda siempre me ha parecido una estupidez, ¿una casa con cuatro muebles útiles? Nooooooo, en la cantidad está el buen gusto; cuantas más cosas, mejor.

Olvídense de Mary Kondo y recuerden a los amantes de arte rococó.

Hamlet dudaba entre ser o no ser cuando el dilema universal siempre ha sido claro: Tener o no Tener.

Y la solución al dilema es "Tener, tener mucho, siempre y de todo".ç

Cuando comencé a asistir a la escuela primaria codiciaba tener amigos, muchos amigos, sin un criterio claro salvo el cuantitativo. Cuantos más, mejor.

Pero es difícil tener muchos amigos sin dar nada a cambio. Los amigos exigen un nivel de entrega que a mí me produce un terrible malestar. Así que tras devanarme los sesos encontré en la política el truco perfecto: prometía compartir mis tesoros y esa promesa era suficiente para que me adoraran. Mentía, sí, pero la fe mueve montañas, o eso dicen.

Al fin y al cabo, prometer paraísos, recompensas o dividendos que nunca llegarán ha sido la base que sustenta gobiernos, congregaciones y sectas.

Algunos amigos terminaban por hartarse, pero siempre aparecían otros nuevos que venían a ocupar el lugar de los que se iban. Adeptos, feligreses, clientes de mi engaño.

Tenía un engranaje piramidal que no era, en absoluto, invención mía pero que funcionaba como una maquinaria bien engrasada.
En la universidad, me eligieron delegada de curso y acumular poder resultó el complemento perfecto a mi fondo de armario.
El poder y la avaricia siempre han maridado muy bien.

En el amor también era un tanto avaricioso. ¿Por qué tener uno sólo cuando se podía tener muchos?

Tal vez el poliamor lo inventó un avaro necesitado de tener más y más parejas.

No se equivoquen, no me guiaba la lujuria, solo mi necesidad de acumular. Era casi como un síndrome de Diógenes afectivo.

He de confesarles que nunca he sido feliz. ¿Se imaginan que comen y comen y siempre tienen hambre? ¿O que beben litros de agua y siguen sedientos?

Es una auténtica pesadilla. Mi vacío es infinito.

Y luego está el miedo a perderlo todo, a que te roben, a que te abandonen, a que te traicionen… Es como jugar al Risk, ese diabólico juego en el que mientras conquistas países nuevos, invaden los que ya eran tuyos.

Pero mi perdición fue que me enamoré de un derrochador, de un pródigo, de un manirroto. Y me enamoré sin control, como una adolescente.
El tipo tenía la mala costumbre de comer en los mejores restaurantes, vestía de firma, se inscribía a todas las plataformas de streaming, le gustaba viajar en primera y era adicto a la tele-tienda y a algunas sustancias poco saludables pero caras.

Mis taquicardias, cuando veía cómo gastaba sin control, eran cada vez más preocupantes pero el amor –Eros– es ciego y dicen que hijo de Poros –la abundancia– y Penía –la pobreza–.

Por eso el amor es tan avaricioso, siempre está a punto de saciarse pero nunca se siente satisfecho del todo.

Finalmente, todo concluyó en un infarto de miocardio fulminante, que me ha traído hasta aquí en un suspiro y lo que más me duele es que no me han dejado traerme nada, solo lo puesto y un corazón que ya no me sirve para nada…

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