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Diálogos para besugos, hoy

Diálogos para besugos, hoy

OPINIóN IR

22/11/2019 A A
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Diálogos para besugos, hoy
Armando Matías Guiu era un escritor de novelas, teatro y cuentos, periodista y guionista, que durante muchos años trabajó para radios, teatros y editoriales.

Fue en Editorial Bruguera, dueña y señora de montones de publicaciones como El Capitán Trueno, El Jabato o Pulgarcito, Tío Vivo, el DDT, y unos cuantas más.

En esta última revista (y no solamente en ésta), dio a luz, en la página de texto, a sus ‘Diálogos para Besugos’, una columna a caballo del absurdo, el surrealismo y el humor de Groucho Marx.

Siempre era una conversación entre un ciudadano que pedía o preguntaba algo a un vendedor, funcionario o cualquier otro interlocutor y que empezaba indefectiblemente por dos frases, una de cada uno de ellos, frases que han hecho historia y avanzaban lo que inevitablemente vendría detrás:

«Buenos días», decía el primero. «Buenas tardes» respondía el segundo.

Y luego seguía una conversación más o menos así:

«¿Tiene usted sorpresas?» «Sí, ¿Quiere una?» «Sí» «¡No tenemos sorpresas!» « ¡Qué sorpresa! ¿Tiene más?» «Aquí sólo tenemos menos»… Y así sucesivamente

Esta conversación de locos era una pura invención, un despropósito que el autor llevaba al límite y que, aún cuando sorprendía, todos nos veíamos alguna vez reflejados en una situación casi similar e igualmente caótica.

Eso era entonces.

Pero es que, lo tantas veces dicho: las ciencias adelantan que es una barbaridad. Sí, pero la condición humana que tiende a la desmesura, cuando no a la estupidez, va por los mismos caminos. Antes y ahora.

Quién, teniendo que resolver un problema por vía telefónica, no se ha visto alguna vez con un contestador de plástico, una amable (pero irreductible) voz femenina que te marea la perdiz sin que veas manera de llegar a ningún sitio.

Yo también, claro.

Y lo contaré, incluso el final feliz.

Pues hete aquí que por uno de esos avatares de la vida, vime involucrado en una filtración de agua que inundaba un sótano, cosa complicada porque el agua, tan querida y apreciada, tiene la mala costumbre de salir por donde quiere, viniendo de donde le da la gana. Menos mal que tiene sus costumbres, buenas costumbres a pesar de todo, y, de alguna manera, se le puede seguir la pista.

Así que llame a la compañía involucrada. La conversación fue más o menos así

– Diga el motivo de su llamada

– Reparar una fuga de agua en una arqueta en la calle…

– Perdone, no le hemos entendido, repita el motivo de su llamada

– Reparar una fuga de agua en una arqueta en la calle…

– No le hemos entendido, Diga o marque el número de su contrato

– No hay ningún contrato, se trata de repara una arqueta de registro.

– Su contestación no es legible diga SI o NO.

– NO

– Disculpe, su respuesta no se encuadra en aclara el motivo. Diga el motivo de su llamada…

No te voy a hacer pasar, amigo lector, por donde yo pasé, que para muestra, basta un botón, pues la cosa siguió y siguió.

Y en ese momento de paroxismo, de acordarte del padre y de la madre de la empresa, del ejecutivo resolutivo que parió el sistema, de la empresa que lo tecnificó, de la que lo puso en marcha y de cualquiera que se te pueda ocurrir, me vino a la memoria algo que por dos veces me había dado un resultado sorprendente.

Un inciso. Aseguro que hay una luz en el túnel. Palabra de honor que es verdad, que al menos dos veces antes me funcionó, así que… era cuestión de probar, aunque tengo que pedir perdón por el palabro que no es precisamente edificante.

Cogí aire, y con toda la voz que pude dije:

– ¡Váyase a la mieeerda!

Mano de Santo. Ni tres segundos pasaron y una voz angelical (al menos me lo pareció en el momento), dijo:

– Un momento, por favor, le paso con uno de nuestros agentes.

¡Oh, Cielos, había vuelto a funcionar! Y no solamente eso, es que ya todo se desarrolló en buen entendimiento.

Así que, lector amable, no desesperes, que, como en los anuncios, hay salida, no muy ortodoxa, es cierto, pero salida al fin y al cabo.

Y eso que pensábamos que lo diálogos para besugos había sido una feliz idea de Armando Matías Guiu (no olvidemos a cultivadores del juego de palabras como Groucho Marx, Les Luthiers incluso de Tip y Coll). No, existen, vaya si existen, y están a nuestro alrededor y seguirán ahí, porque este es el mundo en que vivimos ¡Ay!

Y para terminar, y puesto que estamos en un diálogo para besugos, sigamos en él con una moraleja:

Esconde la mano, que viene la vieja.
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